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Opinión | Crisis migratoria

Sergi Sol

Sergi Sol

Periodista

La Catalunya lepenista

La explosión demográfica del continente africano y la miseria que impulsa la migración amenazan con acentuar la presión sobre Europa

Flotadores y migrantes tras traspasar la frontera entre Ceuta y Marruecos, a 31 de julio de 2026, en Madrid (España).

Flotadores y migrantes tras traspasar la frontera entre Ceuta y Marruecos, a 31 de julio de 2026, en Madrid (España). / Marcos Moreno - Europa Press

La facilidad con la que se concentraron decenas de miles de personas a las puertas de Ceuta contrasta con la dificultad para reaccionar de las autoridades marroquíes y españolas. Que Marruecos estimulase o no la marea humana es una cuestión que todavía está por dilucidar. Ahora bien, históricamente el Reino de Marruecos ha utilizado a su población como avanzadilla o carne de cañón frente a España. Así ocurrió con la Marcha Verde, que precipitó que la España franquista perdiera el Sáhara Occidental. El monarca alauí es un sospechoso habitual, con el presidente Trump aprovechando la situación y el israelí Netanyahu sonriendo por lo bajo.

Por otra parte, la presión migratoria va en aumento y España es especialmente vulnerable al mantener dos bastiones en África. El de Melilla, a 400 kilómetros al oeste de Ceuta. Y el de Ceuta, qué paradoja, justo enfrente de Gibraltar. El peñón peninsular cuya soberanía reclaman los futbolistas más apasionados de la selección española, del mismo modo que los argentinos reclaman las Malvinas.

En pocas palabras, la multitud que asaltó por tierra y mar Ceuta huye de la miseria. De una África que va de mal en peor, pero con una población que no deja de crecer. El fenómeno es imparable. En 25 años el continente africano ha pasado de 830 millones de habitantes a 1.550 millones. Con la excepción de los países del Magreb, que crecen a un ritmo más moderado, la explosión demográfica africana amenaza con convertir al continente más pobre en el más poblado del planeta. Y, visto cómo evolucionan las cosas, esto solo puede acentuar la presión migratoria sobre una Europa que tiene en España una de sus principales puertas de entrada y en Catalunya la región europea -ni mucho menos la más rica- que más inmigración ha recibido en los últimos años.

Que Catalunya lidere este ranking no es una cuestión menor. No se trata aquí de juzgar los motivos que hacen que sea así. Ahora bien, lo que no vale es responder a un desafío extraordinario -que pone en jaque la cohesión social- detrás de una pancarta invocando los derechos humanos. Porque quienes obtienen beneficio de la tragedia son opciones políticas que amenazan con lograr unos réditos electorales que empujan a Catalunya a convertirse en un calco de la Francia lepenista.

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