
Periodista y escritor
En agosto nos vemos
Gabriel García Márquez nos enseñó, en la escuela y en su propia escritura, que nadie, ni el mejor periodista, puede contar lo que sabe sin saberlo de veras

Gabriel García Márquez, al Palau de Pedralbes, el 2005. | JULIO CARBÓ
La primera vez que vi a Gabriel García Márquez fue cuando vino a Madrid a conocer los talleres de 'El País', cuando allí seguía, como presidente, José Ortega Spotorno. En ese momento no había otros directores de alto rango en la casa, pero Gabo tampoco lo necesitaba.
Él estaba entonces tratando de hacer, para su país, Colombia, un periódico que supliera lo que según él eran fallas en el uso de lo que siempre se creyó que era el mejor oficio del mundo. Él creía, en efecto, que el periodismo era el mejor oficio del mundo, aunque cabe pensar que entonces él también venía de ser, quizá, el mejor periodista del mundo.
Gabo convirtió este oficio que ahora yo mismo estoy ponderando en una de las grandes noticias periodísticas del mundo. Él mismo era una noticia de periodismo. En aquel viaje que hizo pasar por 'El País' Gabo se obligó a dar algunas lecciones del oficio a alumnos que ya formaban parte de la escuela abierta en el periódico. Alguna de esas veces en las que se metió en un coche para llegar al sitio donde se producía aquel aprendizaje me pidió que le ayudara a dormir.
Gabo no era solo el personaje que fue. Al contrario, la persona que encarnaba era un ser humano preocupado por aquellos a los que tenía cerca, pero también por los que, pareciendo alejados de su relación, formaban parte de sus preocupaciones. Ocurría con cubanos o, por ejemplo, con chilenos perseguidos, por uno u otro lado de las vidas de entonces, y se guardaba de explicarle al mando, o a nadie, de lo que sabía acerca de esas gestiones.
Era, además, y lo fue desde muy pronto en su fama, un hombre preocupado por lo que le pasara al oficio, cuya escuela, anclada en Cartagena de Indias, forma parte hoy, años después de su muerte, de un ejemplo de lo que es el cuidado de un oficio que es, antes que nada, una especie de hospital de lo que mandan 'Los elementos del periodismo' (Ediciones El País), que escribieron para el mundo Bill Kovach y Tom Rosenstiel. Gabo jamás dejó hacer, ni en broma, cualquier cosa con esos elementos del periodismo, los suyos y los de Kovach y Rosenstiel.
Él nos enseñó, en la escuela y en su propia escritura, que nadie, ni el mejor periodista, puede contar lo que sabe sin saberlo de veras. Era un jurista del periodismo, cuya manera de dedicarse a lo que es hoy el oficio no ha cambiado un ápice desde que él o Eugenio Scalfari, el gran periodista italiano, se empeñaron en explicar a los jóvenes que nadie sabe que el que pregunta.
Ese texto de leyenda que pusieron en marcha, en aquellos buenos tiempos del oficio que proclamaban Rosenstiel y Kovach, siguen diciéndolo así: “La primera obligación del periodismo es la verdad. El oficio debe lealtad ante todo a los ciudadanos. Su esencia es la disciplina de la verificación. Debe mantener [el periodista] su independencia con respecto a aquellos de quienes informa. [El periodista] debe ejercer un control independiente del poder. Debe ofrecer un foro público para la crítica y el comentario. Debe esforzarse por que el significante sea sugerente y relevante. Las noticias deben ser exhaustivas y proporcionadas. Debe respetar la conciencia individual de sus profesionales”.
He contado muchas veces este dicterio profesional, he tratado, como es natural, estar cerca de lo que significan estos mandatos, y últimamente, en honor a Gabo, a Kovach, a Rosenstiel, a Scalfari y a todos que luchan o han luchado por este gran oficio al que nos debemos, me doy cuenta de que, en este país, en otros países (¡el territorio de Trump, el ámbito de Milei, tantos lugares del periodismo hecho trizas!), es cada día más difícil de romper la tentación de la mentira, del juego político, de la especulación que rompe el periodismo para que los propios periodistas se dediquen a especular como vulgares seguidores de los políticos que se engañan engañando.
Este es un momento muy peligroso, en el que se contempla a diario cómo se rompen las reglas que quedan abiertas más arriba. Ahora peligramos por Trump, por ejemplo, o por los que entre nosotros están burlándose a diario de los elementos del periodismo; los que se vanaglorian hoy de romper las reglas son los que, además, sienten que deben saltarse todo a la torera, solo por romper las reglas del juego y, después, elevar a categoría de oficio lo que es, simplemente, patraña.
Antes del verano que nos viene, yo quería dedicarles un libro que fue el último de Gabo, 'En agosto nos vemos', que termina así: “No te asustes –le dijo--. Ella lo entiende. Más aún, creo que es la única que ya lo había entendido cuando decidió que la enterraran en la isla”. Es un libro hermoso, quizá mal leído. Cualquier cosa que él tocó fue, en todo caso, una lección, y también una lección de amor a la escritura y al periodismo. Gabo, el mejor periodista del mundo. En agosto, pues, nos vemos.
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