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Opinión | Conocidos y saludados
Josep Cuní

Josep Cuní

Periodista.

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Fernando Grande-Marlaska, un clásico

El titular de Interior es ya el decano de quienes han ejercido el cargo más ardiente. Una odisea, si tenemos en cuenta que en su dedicación no hay día sin sorpresa ni noche sin llamada

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Definitivamente agosto tampoco es lo que era. Como casi nada. Atrás quedan los tiempos de cierre por vacaciones, ciudades desiertas, ausencia de declaraciones políticas… como sucedía cuando las horas se aletargaban a la espera de recuperar su ritmo en septiembre. Paulatinamente.

La mayoría de las noticias se consideraban serpientes de verano. Eran poco menos que rumores potenciados o globos sonda para tomarle el pulso a la ciudadanía sobre próximas medidas impopulares. Los famosos eran pocos y sus veraneos envidiados. La radio imponía sus códigos musicales. No había tantos festivales o grandes acontecimientos. No había liga y el fútbol se limitaba a torneos de pretemporada donde se lucían fichajes y se compactaban aficiones confiadas en que aquel año, sí.

De todo esto no hace tanto tiempo. Pero sí el suficiente como para mantener vivo un recuerdo que, queriéndolo fresco, lo erosionamos nosotros mismos con la ayuda inestimable de las nuevas tecnologías. Las que nos permitirán a partir de hoy seguir conectados para saber al momento el avance de los nuevos incendios, los estragos de otra ola de calor y la llegada de más migrantes. Todo con sus correspondientes tensiones y el rédito que la derecha le intentará sacar. Las facilidades informativas ampliarán las controversias buscadas por los políticos de guardia de cada partido, insistiendo en que el mundo del otro se acaba como si esto fuera novedad y hubiéramos olvidado su mantra repetido a diario, desde hace años. Y ahí siguen. Mejorando o empeorando en las encuestas, pero activos en el manejo de la propaganda y defendiendo la democracia como un bien externo que poco practican de puertas adentro.

Lo mejor del verano es que los escándalos saben a menos y lo peor que los turistas son más. El éxito de la temporada volverá a medirse por el récord de visitantes mientras su industria insistirá en que la calidad debe imponerse a la cantidad. Así lo lleva haciendo desde hace medio siglo, pero el tiempo de espera se reduce y la impaciencia aumenta: las protestas de la ciudadanía se extienden y sus necesidades se multiplican, sin que nadie sepa cómo ponerle el cascabel a otro gato tan incómodo como necesario, porque las arcas públicas también se nutren de un impacto que sirve para mejorar la economía y reducir el paro. Por una razón u otra, esa amalgama de casos y cosas acaba en la mesa del ministro Fernando Grande-Marlaska Gómez (Bilbao, 26 de julio de 1962).

El titular de Interior es ya el decano de quienes han ejercido el cargo más ardiente. Una odisea, si tenemos en cuenta que en su dedicación no hay día sin sorpresa ni noche sin llamada. Acostumbrado a la tensión constante que conoció como magistrado, Grande Marlaska encaja los envites de la oposición como ha tenido que hacerlo con los del destino. De haber llegado al CGPJ de la mano del PP a ser reprobado dos veces por este partido. De haber encarcelado a Arnaldo Otegi a conciliar con Bildu. De estrenarse en la cartera negociando con Marruecos soluciones a la crisis migratoria a sortear la penúltima y recuperar el orden en Ceuta, cerrando la frontera de Melilla. De ser leal al presidente del Gobierno a tener bajo su responsabilidad a la UCO, cuyos informes tanto alegran a algunos jueces como contrarían a Pedro Sánchez.

Ante tantos frentes abiertos, no es extraño que el ministro se haya tatuado “Sapere Aude”.

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