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Opinión | FP
Anna Grau

Anna Grau

Periodista, escritora y exdiputada en el Parlament

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Alto jornal

Ahora resulta que la eterna cenicienta de los estudios secundarios empieza no solo a sacudirse la caspa y las telarañas sino a ganar prestigio

Alumnado del Institut de Gastronomia de Barcelona, otro de los 'hub' de FP de la ciudad.

Alumnado del Institut de Gastronomia de Barcelona, otro de los 'hub' de FP de la ciudad. / Ferran Nadeu

Dicen que los que tienen -tenemos…- la suerte de que nuestra devoción coincida con nuestra obligación, es decir, de ejercer un trabajo más o menos vocacional, somos más felices que el resto. Mucho más. Sobre todo si la felicidad se mide por horas.

“¡Pos haber estudiao!”, así se solían zanjar no hace tanto las quejas de quien se lamentase de lo dura que es la fábrica o el andamio, o ser reponedor en un súper, o lampista. España fue un país masivamente, dolorosamente analfabeto, hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. Entonces era cosa de ricos, o de pobres muy listos y muy sufridos, llegar a ese Shangri-La que era la universidad, no digamos salir de ahí con el título de abogado o de médico, los más codiciados por las madres españolas durante generaciones. La vida era o parecía entonces muy simple: el que valía, a estudiar, y el que no, a buscarse un oficio.

Quién nos ha visto y quién nos ve, sobre todo tras leer atentamente el tema del día que trae hoy EL PERIÓDICO. Ahora resulta que la eterna cenicienta de los estudios secundarios, la FP, empieza no solo a sacudirse la caspa y las telarañas sino a ganar prestigio. Ya no se considera la última salida del torpe sino, vete tú a saber, la primera del espabilado.

Ciertamente no siempre coinciden prestigio social de y buena remuneración. Mucha gente se sorprendería si supiera lo que cobran profesionales muy glamurosos, mientras circunspectos operarios, con pretensiones las justas, facturan el triple. Supongo que no es casualidad que la primera vez que mucha gente se diera cuenta de esto al mismo tiempo coincidiera con el revolcón económico de 2008. Cuando se quebraron muchas cosas, entre ellas, la ilusión de que el progreso es una flecha perpetuamente ascendente, sin marcha atrás.

Antes la FP era una salida para quien no podía aspirar a otra, ahora puede ser una puerta más grande que la mismísima universidad, tan degradada y devaluada.

Yo siempre he admirado mucho a los que tienen un oficio y lo tienen de corazón. Tener un oficio (o una vocación) es lo más parecido a lo que los japoneses llaman 'ikigai': un propósito que colma de sentido cada pequeño gesto de la vida cotidiana.

Claro que no hace falta ser japonés. Se puede ser perfectamente de Zamora, como el poeta Claudio Rodríguez, autor del bellísimo poema 'Alto Jornal'. Que dice así:

“Dichoso el que un buen día sale humilde/y se va por la calle, como tantos/días más de su vida, y no lo espera/

y, de pronto, ¿qué es esto?, mira a lo alto/y ve, pone el oído al mundo y oye,/anda, y siente subirle entre los pasos/el amor de la tierra, y sigue, y abre/su taller verdadero, y en sus manos/brilla limpio su oficio, y nos lo entrega/de corazón porque ama, y va al trabajo/temblando como un niño que comulga/

mas sin caber en el pellejo, y cuando/se ha dado cuenta al fin de lo sencillo/que ha sido todo, ya el jornal ganado,/

vuelve a su casa alegre y siente que alguien/empuña su aldabón, y no es en vano”.

Amén.

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