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Opinión | Ágora
Hugo Dosil y Clàudia Sureda

Hugo Dosil y Clàudia Sureda

Hugo Dosil es socio de EY Business consulting, responsable del sector Life Sciences en consulting y Clàudia Sureda es directora de Life Sciences & HealthCare en EY

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Las personas en la otra transformación de la industria farmacéutica

En salud, quizá más que en ningún otro ámbito, transformar significa escuchar, coordinar y comprender mejor

La industria farmacéutica se erige como motor de innovación en España

La industria farmacéutica se erige como motor de innovación en España / Novartis

La industria farmacéutica vive una transformación profunda. A los avances científicos, la medicina personalizada y la digitalización se suma un contexto exigente: una población que envejece, necesidades de salud más complejas, presión sobre los sistemas sanitarios y pacientes más informados, que quieren participar en decisiones sobre su salud.

Ante esta realidad, las compañías aceleran la incorporación de datos, inteligencia artificial y nuevas capacidades digitales. Estas herramientas permiten investigar mejor, anticipar necesidades y abrir caminos para tratamientos más precisos. También cambian la forma en que las organizaciones trabajan y acompañan a los pacientes.

Sin embargo, conviene recordar algo esencial: ninguna tecnología transforma nada por sí sola. Su valor aparece cuando las personas la entienden, confían en ella y la incorporan a su práctica diaria. Un algoritmo puede ayudar a detectar antes a un paciente que podría beneficiarse de un tratamiento, pero el verdadero impacto no está en el algoritmo. Está en que una persona reciba una respuesta, llegue antes a la atención adecuada y tenga una oportunidad mejor de cuidar su salud.

Ahí se juega una parte decisiva del futuro del sector. Durante años hemos hablado de transformación como sinónimo de tecnología, automatización o eficiencia. Todo ello es necesario. Pero en salud, quizá más que en ningún otro ámbito, transformar significa escuchar, coordinar y comprender mejor. Significa reconocer que detrás de cada dato hay una biografía; detrás de cada tratamiento, una expectativa; y detrás de cada decisión clínica, una persona que necesita sentirse acompañada.

Pensemos en alguien que recibe el diagnóstico de una enfermedad grave. Su vida puede quedar atravesada por consultas, pruebas, especialistas y decisiones difíciles. En ese recorrido, tener más información no siempre significa sentirse mejor orientado. A veces, lo que más se necesita es una mirada integrada, una comunicación clara y una atención que reduzca la incertidumbre. La tecnología puede ordenar esa complejidad, pero solo será transformadora si contribuye a hacer la experiencia más humana.

Por eso, cuanto más avanza la inteligencia artificial, más valor adquieren capacidades que no se pueden automatizar: la confianza, la empatía, el criterio, la colaboración y la capacidad de conectar soluciones con necesidades reales. Las tecnologías pueden comprarse, adaptarse o replicarse. Más difícil es construir culturas capaces de convertir esas posibilidades en impacto tangible.

La industria farmacéutica tiene delante una oportunidad extraordinaria. La innovación científica y digital ampliará las fronteras de lo posible, desde el descubrimiento de nuevas terapias hasta la manera en que pacientes, profesionales y organizaciones se relacionan con la salud. Pero el liderazgo no dependerá de quién incorpore antes una tecnología, sino de quién sepa integrarla con propósito y sensibilidad humana.

Las compañías que marcarán la diferencia serán aquellas capaces de combinar escala, especialización y capacidades digitales con una comprensión profunda de las personas a las que sirven. Porque la otra gran transformación del sector no será solo tecnológica. Será cultural, relacional y humana.

En una época marcada por la IA y la automatización, quizá el factor más difícil de replicar siga siendo el mismo de siempre: nuestra capacidad para comprender a las personas.