
Director ejecutivo de Circular Bioeconomy Alliance y Chief Nature Officer en Lombard Odier
El color del dinero
Se necesita una bioeconomía circular que atraiga inversión, empleo e innovación al mundo rural para que pueda ejercer todo su potencial para generar bienestar y prosperidad
España ya supera las 207.000 hectáreas quemadas por los incendios: cuatro veces más que la media de los últimos 15 años

El clima agrava el riesgo de incendios forestales en el sur de Europa, pese a un descenso en el número de incendios. / Crédito: Fachy Marín en Unsplash.
Mientras Nueva York, el centro financiero del mundo, ve como sus cielos se tiñen de gris por el humo de los incendios que arrasan los bosques de Canadá, en España ya han ardido más de 153.000 hectáreas calcinadas, seis veces más que en el mismo periodo del año anterior, el cual terminó siendo el peor ejercicio en tres décadas, no solo en España, sino en toda Europa.
No deja de ser una metáfora que el centro financiero del mundo vea en sus cielos, como si de un espejo se tratara, el verdadero color del dinero. En un mundo donde la economía ha superado los límites de resiliencia del planeta, las llamadas externalidades negativas de nuestra economía (cambio climático, pérdida de biodiversidad, degradación de nuestros paisajes) se convierte en llamas cada vez más intensas y el humo que estas generan se hace visible allí donde más incomodan. Cada vez es más difícil ignorar lo obvio. Las externalidades económicas desembocan en riesgos ambientales (sequía, inundaciones, incendios forestales, olas de calor) que a su vez retornan como un bumerán en forma de pérdidas económicas cada vez mayores. La economía se cuece a sí misma a fuego cada vez más alto… Como comenté en el Foro Económico y Social del Mediterráneo, en los últimos cinco años las pérdidas mundiales de las aseguradoras debidas al cambio climático se han doblado en relación con los diez años anteriores. En Europa, las pérdidas económicas debidas a eventos extremos como inundaciones, incendios o sequías han crecido a un ritmo de 10.000 millones de euros cada doce años, en las últimas cinco décadas.
Estos eventos extremos y su impacto económico son los síntomas, como la fiebre lo es de ciertas enfermedades, de un sistema económico que está padeciendo una crisis multiorgánica. Dicha crisis es el resultado de seguir, durante más de un siglo, una dieta a base de recursos fósiles. Los recursos fósiles se extraen, no se regeneran, y nuestra economía ha extrapolado esta relación extractiva a todo lo que la rodea, incluyendo la infraestructura angular que regula nuestro planeta y, por lo tanto, también nuestra economía: la naturaleza. Los recursos fósiles no solo han sido nuestra fuente de energía, sino que han penetrado todos los sectores de la economía: agricultura (e.g., fertilizantes y pesticidas), moda (poliéster), química y farmacéuticas, construcción (acero y hormigón). Su uso, al no ser un recurso renovable que puede regenerarse, no solo ha modificado el clima del planeta, sino que también ha desvinculado nuestra economía de la ecología del planeta. Economía y ecología son dos palabras que provienen de la misma palabra griega 'Oikos', que significa nuestro hogar común, nuestro espacio compartido de vida. Ecología (del griego 'logos') significa 'entender' nuestro hogar común. Economía (del griego 'nomos') significa administrar nuestro hogar común. No podemos administrar lo que no entendemos. La era fósil nos ha desenchufado de la red biológica que da sentido a nuestro planeta: la naturaleza.
Volviendo al problema de los incendios forestales. Obviamente, como son un síntoma de una economía 'enferma', la solución no puede venir a través de invertir en medios de extinción (sirve solo para tratar los síntomas y no las causas). Pero la solución tampoco vendrá a través de medidas de prevención, solamente. El problema es más profundo, ya que no podemos modificar el territorio a escala sin modificar el modelo económico que lo ha creado. Es importante recordar que el sistema económico basado en recursos fósiles ha resultado en dos grandes transformaciones estructurales que nos han llevado a la situación extrema actual:
Cambio de la física de la atmósfera: hemos de ser conscientes que, por cada grado centígrado que el clima se calienta, la atmósfera contiene un 7% mas de agua (se explica desde las leyes de la termodinámica). Lo cual quiere decir que, en las estaciones secas, la atmósfera va a absorber más agua de nuestros suelos y paisajes, haciendo las sequías y los incendios forestales más frecuentes e intensos. Por otro lado, en la estación de lluvias, la atmósfera va a devolver más agua en forma de lluvias torrenciales. Sequías, incendios e inundaciones, paradójicamente, son diferentes caras del mismo problema.
Cambio socioecológico de nuestros paisajes rurales y urbanos: por otro lado. La economía fósil ha resultado también en paisajes cada vez más simplificados y degradados y, por lo tanto, menos resilientes al cambio climático (en un momento en que los eventos extremos juegan un papel determinante). Más simplificados porque en muchas zonas del mundo hemos reemplazado ecosistemas naturales con alta biodiversidad (biodiversidad=resiliencia) por grandes monocultivos que dependen en gran medida de insumos sintéticos (fertilizantes y pesticidas) que degradan suelos y erosionan biodiversidad, que son los garantes de la resiliencia de nuestros paisajes (suelos sanos almacenan mucha más agua en contexto de sequía e inundaciones). Por otro lado, en otras zonas del mundo, como pasa en muchas regiones de Europa, la simplificación ha venido de la mano de un abandono del mundo rural y una concentración sin precedentes en las zonas urbanas que ha llevado al abandono de la economía rural y a una pérdida general de los vínculos que nos conectan con la naturaleza y sus ciclos biológicos y ecológicos. Lo que eran paisajes mosaico donde bosques, dehesas, ganadería y campos agrícolas convivían se ha transformado en paisajes con una gran continuidad de biomasa, sin ningún tipo de gestión. Dicha simplificación entre lo urbano y lo rural ha creado 'interfaces' urbano-rurales mas complicados de gestionar (e.g, urbanizaciones) en un contexto de emergencia climática.
Llegados a este punto de inflexión debemos recordar las palabras de Albert Einstein: “No podemos resolver nuestros problemas actuales con la misma manera de pensar que teníamos cuando los creamos”. Y eso es justamente lo que necesitamos ahora, un nuevo marco mental, como base de un nuevo paradigma económico.
Un paradigma donde la prosperidad económica tenga lugar dentro de los límites ecológicos de nuestro planeta. Una economía ajustada a la ecología del planeta, una bio-economía: bio significa vida, donde la vida, y no los recursos fósiles, sea el motor y razón de ser de nuestra economía.
Una bioeconomía circular que atraiga inversión, empleo e innovación al mundo rural para que pueda ejercer todo su potencial para generar bienestar y prosperidad y, al mismo tiempo, resolver las causas estructurales (cambio climático y degradación de los sistemas socioecológicos que caracterizan nuestras zonas rurales) detrás del problema de los incendios y otros riesgos ambientales. Este cambio de paradigma requiere superar las grandes dicotomías que han caracterizado la era industrial: ecología y economía, mundo rural y urbano, progreso y la naturaleza.
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