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Opinión | Daniel Ortega
Andreu Claret

Andreu Claret

Periodista y escritor. Miembro del Comité editorial de EL PERIÓDICO

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De revolucionario a tirano

Hacer lo que sea para no perder. Robar si es necesario. Es lo que vienen haciendo el presidente nicaragüense, su mujer y sus compinches desde hace muchos años

Estados Unidos advierte que no se quedará "de brazos cruzados" ante el anuncio de Daniel Ortega de abolir las elecciones en Nicaragua

El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega durante un encuentro en el Centro de Convenciones Olof Palme en Managua, Nicaragua.

El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega durante un encuentro en el Centro de Convenciones Olof Palme en Managua, Nicaragua. / Europa Press

No es la primera, ni la última vez, que un revolucionario se viste de tirano cuando llega al poder. Sin embargo, el caso de Daniel Ortega, que suma 30 años como presidente de Nicaragua, presenta rasgos únicos, que suponen un aldabonazo para mucha gente de mi generación. Entre el Ortega de hoy, que acaba de anunciar el fin de las elecciones en su país, y el de 1985, hay un trecho que cuesta entender y, sobre todo, digerir, para quienes vivimos la llegada al poder de los sandinistas cómo un acto de justicia poética y cómo un soplo de aire fresco en un mundo pintado en blanco y negro por la guerra fría. Aquellos revolucionarios llegaron a Managua envueltos en una áurea de autenticidad y frescor que suponía una esperanza para una América Central saqueada por dictadores. No hacía falta ser de izquierdas para contemplar con cierto optimismo el futuro de Nicaragua. Ortega no era un marxista. Tampoco lo era Fidel Castro, que ya entonces había alineado La Habana con Moscú, con la vana pretensión de superar el cerco. El Frente Sandinista era antiimperialista, por supuesto, y tuvo en Cuba una retaguardia para preparar la caída de Somoza. Pero también contaba con el apoyo de poetas como Cardenal, o escritores como Gioconda Belli o Sergio Ramírez, un demócrata convencido que llegó a la vicepresidencia.

¿Cuándo se fastidió aquella revolución que tantos anhelos levantó entre quienes pensamos que se puede ser, a la vez, enemigo de Somoza, poco amigo del imperialismo americano y partidario de la democracia? Fue un proceso de causas diversas; no hubiese triunfado de no ser por la convicción de Ortega y de muchos de los suyos de que eran los salvadores de la patria y los demás eran todos reencarnaciones del viejo despotismo. Todos, incluida Violeta Chamorro, que le ganó las elecciones a Ortega en dos ocasiones. Tuve el privilegio de estar en Managua cuando ocurrió por primera vez y pude ver el origen del mal. Nunca olvidé mi encuentro con Tomás Borge, el comandante con más prestigio entre los sandinistas, la noche electoral. Era ya casi de madrugada y los primeros datos insinuaban una victoria de la oposición. Le pregunté qué iba a suponer para ellos. En la respuesta que me dio estaba el germen de lo que ocurre ahora: “Nosotros no podemos perder, porque sería el fin del mundo”. Cuando salía del ministerio que ocupaba Borge para mandar esta declaración a la agencia Efe, un funcionario abandonaba el edificio con un ordenador en brazos. Le pregunté qué carajos hacía. “Me lo llevo para que no se lo queden los gringos”, me dijo. Lo añadí a mi crónica. Hacer lo que sea para no perder. Robar si es necesario. Es lo que vienen haciendo Ortega, su mujer y sus compinches desde hace muchos años. Aquella noche me sirvió de advertencia. Sin libertad, las mejores intenciones derivan en actuaciones que ya no responden al bien común. Es una lección para todos. También para quienes piensan, hoy, que la democracia ha dejado de ser útil.

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