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Opinión | Educación
Pilar Rahola

Pilar Rahola

Periodista y escritora

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Niubó en la diana

El intento de la 'conselleria' de vender el fiasco como un problema técnico es sencillamente inaceptable. Al contrario, es evidente que ha hecho falta una cadena de errores para que se produjera el desastre

Illa descarta el cese de Niubó tras el error que invalida las pruebas PISA: "No se trata de cargarle el muerto a nadie"

Leonard Beard

Leonard Beard / 5

De vez en cuando sería bueno que nos hiciéramos una pregunta, la respuesta de la cual tendría que estar instalada en el subconsciente colectivo, pero que la realidad demuestra que está olvidada: ¿qué es un político? Según el diccionario, se trata de un “individuo que se ocupa de los asuntos públicos y de la toma de decisiones en grupos humanos”. O, dicho de manera menos académica, se trata de un personaje que, por sus cualidades, los ciudadanos decidimos que se dedique temporalmente a la 'res publica', es decir, a los asuntos que nos atañen a todos. Nosotros lo ponemos y lo sacamos y, por el camino, solo hay que esperar que haga el trabajo de gestión que le hemos otorgado. En resumen, un político no tiene 'el derecho', sino el honor de serlo, es un funcionario de alto rango, un encargado, un administrador, incluso un líder, pero no es ni un mesías, ni un reyezuelo. En consecuencia, cuando un político no sirve para el cargo que le hemos otorgado, tiene que irse a casa, tal como lo haría un alto dirigente de un consejo de administración. Y al hacerlo, dignifica el cargo, el sistema y la sociedad que lo había escogido.

Cuando, al contrario, el político convierte su cargo en sueldo mensual, se aferra a la silla con furiosa persistencia, ignora las señales que marcan su ineptitud, y permanece en el cargo sin asumir la responsabilidad, entonces el sistema se daña seriamente y la sociedad que lo escoge deja de creer en él. Es aquí donde la antipolítica hace mella y los mercaderes de la demagogia hacen su agosto. No hay cosa más terapéutica para la democracia que una dimisión responsable, como no hay nada más insano que una permanencia irresponsable en el cargo.

El ejemplo de la consellera Esther Niubó es de manual. En menos de dos años, ha sido el centro de tres escándalos políticos, la mala gestión de los cuales ha derivado en una situación preocupante y/o conflictiva. El primero, el caos en la adjudicación de plazas de maestros, justo hace un año, que derivó en la paralización total del proceso y la obligación de reiniciar la adjudicación de las cerca de 57.000 vacantes. Su mala gestión perjudicó a miles de personas. La segunda polémica, el enorme follón del curso escolar de este año, a causa de su incapacidad para respetar a los sindicatos mayoritarios y llegar a los acuerdos pertinentes, cosa que significó su reprobación en el Parlament. Nuevamente, pues, miles de personas (entre maestros y familias) fueron afectados. Este follón, por cierto, está abierto y promete continuar con la reanudación escolar. Y ahora nos enteramos de la tercera polémica, el escándalo de las pruebas PISA. Un escándalo que empeora con la mala praxis de esconder la información durante meses (la OCDE lo había comunicado al Ministerio el mes de marzo), por puro tacticismo político.

No hay cosa más terapéutica para la democracia que una dimisión responsable, como no hay nada más insano que una permanencia irresponsable en el cargo

A partir del conocimiento público del escándalo, el intento de la 'conselleria' de vender el fiasco como un problema técnico es sencillamente inaceptable. Al contrario, es evidente que ha hecho falta una cadena de errores para que se produjera el desastre. Sabemos, por ejemplo, que hace décadas que las pruebas PISA tienen unos protocolos muy específicos, e incumplirlos solo se puede producir de manera deliberada, cosa que deriva en una pregunta delicada: ¿ha habido la intención de maquillar los resultados excluyendo a los alumnos más flojos? ¿Por qué la Generalitat excluyó al 23% de los alumnos de la muestra, si la OCDE marca un máximo del 5%? ¿Y por qué hicieron una selección que incluía un porcentaje superior al normal de centros de alta complejidad? ¿Y por qué no saltó el filtro del 5% y se envió la muestra a la OCDE que, inevitablemente, la rechazaría? ¿Nadie de la conselleria verificó la muestra antes de remitirla? ¿Cómo es posible que enviaran la muestra con 1.909 alumnos, cuando la exigencia es llegar a los 2.500? Y así, hasta agotar las interrogaciones ... y la paciencia.

Ha sido un literal desastre, el tercero que acumula una consellera que, sin duda, ha llegado al límite de su capacidad en un tiempo récord. No solo estar quemada como responsable de la 'conselleria', sino que ha conseguido el triste título de ser la peor consellera del ramo en la historia democrática. ¿Por qué se mantiene en el cargo, si ha demostrado sobradamente su ineficacia? Es aquí, justamente aquí, donde nace la antipolítica: cuando no es percibida como un servicio para la sociedad, sino como un plan de pensiones.