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Ni garbanzos negros ni bandas criminales

¿Fallan los controles a la corrupción o falla la ética de las personas y de las organizaciones?

El expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, a su salida de la Audiencia Nacional tras declarar como investigado el pasado 17 de junio.

El expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, a su salida de la Audiencia Nacional tras declarar como investigado el pasado 17 de junio. / José Luis Roca / EPC

La corrupción atenaza ahora al PSOE. Pero al PP le costó también salir de mala manera del Gobierno con Mariano Rajoy. La antigua Convergència tuvo que cambiar de nombre y de líderes. El PNV es el partido que acumula más condenas por corrupción de España. Esta lacra atraviesa todo el arco político. Otros partidos quizás no han sufrido casos porque no han llegado a gobernar lo suficiente. La corrupción llegó incluso a mediados de la década pasada a los aledaños del anterior jefe del Estado. Ante este panorama es lógica la pregunta que se hace hoy EL PERIODICO: ¿Fallan los controles o falla la ética de las personas y de las organizaciones? Seguramente la respuesta no es unívoca pero la gravedad del problema, y su impacto en el crecimiento de los populismos -ahora el de la extrema derecha- obliga a no dejar de hacerse la pregunta y a seguir buscando respuestas desde la radicalidad democrática.

La corrupción forma parte, como tantas otras conductas, de la condición humana. El Estado mueve muchos recursos y la tentación de acceder a esos fondos de manera ilícita es comprensible. Además, la continuidad entre la administración de la dictadura y la que ha gestionado la democracia, que es una de las claves del éxito de la transición, ha hecho que determinados circuitos por los que penetran los corruptores solo hayan cambiado de protagonistas, pero ahí han seguido o se han ampliado. A esta base anterior a la Constitución del 1978 se suman algunos mecanismos de impunidad que han marcado la aproximación de los partidos al drama de la corrupción amparándose mutuamente en determinadas prácticas o controlando instituciones que deberían ser claves en el control del gasto público como es el caso del Tribunal de Cuentas. Finalmente, la necesidad de financiar los partidos por algunas lagunas creadas en los primeros momentos del retorno de la democracia explica que, junto a los casos de personas individuales sin escrúpulos, hemos asistido a algunas tramas asentadas en las mismas organizaciones políticas. Hasta aquí los elementos estructurales que pueden explicar la magnitud del problema de la corrupción en España, aunque también hay que decir que la justicia ha funcionado y contamos con condenas ejemplares en casi todos estos ámbitos, aunque la sensación de mucha gente es que solo son la punta del iceberg.

El resto se explica por la falta de ética a nivel individual. Y no solo de los políticos sino también de los empresarios que van a buscar a los garbanzos negros hasta encontrarlos. A veces por falta de entereza moral, a veces porque son vulnerables por algún tipo de adicción. En este sentido, el reciente caso francés en el que se ha expedientado a varios altos funcionarios tras un control sorpresa de consumo de drogas es un camino para explorar también en España. Y también debería serlo el que las empresas que aparecen involucradas reiteradamente en sentencias de corrupción dejen de acceder a la contratación pública además de endurecer la pena a las personas directamente implicadas. Porque las bandas criminales solo pueden existir cuando políticos y empresarios conciertan sus actuaciones para pasar por encima de las normas y también de los controles.