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Opinión | Humanidad herida

Emma Riverola

Emma Riverola

Escritora

Al menos, recordar

El ejército israelí levanta una barrera de arena que divide Gaza y ya ocupa más del 60% de la Franja

Una niña palestina en la ciudad de Gaza.

Una niña palestina en la ciudad de Gaza. / Europa Press/Contacto/Rizek Abdeljawad

Gaza. El nombre ya suena a conflicto antiguo. Evoca a ese conocido afectado por una cruel enfermedad que hasta duele llamar. Sabes qué ocurrirá en esa conversación. Él seguirá anclado en su sufrimiento y tú cerrarás los ojos y suspirarás al colgar, abatido al constatar que nada ha mejorado, que quizá ya nunca lo haga. Por eso cuesta la llamada. Por eso quizá empiezas a espaciar el tiempo entre cada comunicación. Y llegará una noche en que descubrirás que llevas días sin pensar en él. Entonces, la pena se manchará de remordimiento.

Gaza sigue ahí. Cada vez más menguada, cada vez más exhausta, cada vez más atrapada. Los duelos se acumulan y ni siquiera hay espacio para llorarlos. El ejército israelí está construyendo un gran muro de arena de varios metros de altura que divide Gaza. La barrera separa la parte que controla Israel y la que quedó en manos de Hamás tras el alto el fuego del pasado otoño. Se llama Línea Amarilla, por los bloques de hormigón pintados de ese color que la delimitan. También podría denominarse roja, por la sangre palestina que cada día sigue derramándose. O negra, por su futuro. Israel no deja de superar el límite marcado. Hoy, ya ocupa más del 60% de la Franja de Gaza. Cada metro ganado es un metro de desolación y abandono forzado para los palestinos. Tras el muro, se hacinan dos millones de personas.

Durante dos años, vimos -porque lo vimos- todos los horrores posibles. Bombardeos inclementes, infraestructuras y barrios residenciales derrumbados, hambruna provocada, centros de salud y profesionales sanitarios atacados sistemáticamente, asesinatos masivos de periodistas, detenciones arbitrarias, torturas generalizadas y juegos perversos: éxodos forzados y continuados a la nada, ataques en puntos de reparto de comida, las cabezas de los niños convertidas en dianas…. Un genocidio atestiguado por múltiples organizaciones, desde organismos de la ONU hasta Amnistía Internacional, Human Rights Watch o Médicos Sin Fronteras. Entre la indignación, las excusas, la indiferencia o la complacencia vimos la grotesca y humillante fabulación de Trump para el futuro de esa tierra que agoniza: una Gaza renacida y convertida en un resort de lujo. Los niños gazatíes de hoy podrán servir de camareros o limpiadores en las tierras de sus ancestros. Niños gazatíes... ¿cuántos sobrevivirán? Habitan un área fantasmal superpoblada de cuerpos consumidos, escombros, plagas, con el sistema sanitario colapsado y sin apenas medicamentos, alimentos ni acceso al agua potable.

Llega agosto, mes vacacional por excelencia. Acabamos un curso en el que hemos aprendido que un Estado que alardea de su democracia está cometiendo un genocidio con el consentimiento de buena parte de las democracias del planeta. Ese muro que no deja de extenderse y alzarse está formado por la arena de los juegos rotos de la infancia, por el derrumbe de la justicia internacional contra el genocidio y por el sueño de un mundo encaminado hacia la paz. Sobre ese muro se eleva la barbarie, y quizá ya sumamos noches sin ni siquiera recordarlo.

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