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Opinión | Violencia machista
Ana Bernal-Triviño

Ana Bernal-Triviño

Profesora de la UOC y periodista.

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¿Por qué un Mundial moviliza más que tres feminicidios?

El fútbol plantea un conflicto simple. Los problemas sociales, dilemas morales. Y no todo el mundo quiere cuestionarse

La Guardia Civil investiga el asesinato machista de una mujer en Mairena del Aljarafe

La Guardia Civil investiga el asesinato machista de una mujer en Mairena del Aljarafe / Rocío Ruz - Europa Press / Europa Press

¿Por qué moviliza más un partido de fútbol que cualquier tema social? ¿Por qué salimos masivamente a la calle para festejar un Mundial, pero no para denunciar esta semana tres feminicidios en un solo día? Es nuestro cerebro. Y, en gran parte, nuestra cultura.

Uno. Nos movemos por emociones y sentimientos de pertenencia. Aquí, un país. Y en el deporte están las dos. En los noventa minutos de partido desaparecen las diferencias que nos separan. Somos parte de un grupo al que sentimos pertenecer. Por eso decimos "hemos ganado el Mundial", aunque no pisemos el campo. El fútbol plantea un conflicto simple. Los problemas sociales, dilemas morales. Y no todo el mundo quiere cuestionarse. El gol entra primero por la emoción. Las causas sociales requieren primero razón y solo después emocionan, si el relato transforma una cifra y un prejuicio en un rostro humano.

Dos. El cerebro busca recompensas rápidas. Un partido de fútbol tiene reglas claras y un final. Las causas sociales son largas y complejas. No se resuelven en 90 minutos, requieren años. Y nuestro sistema de motivación funciona mejor con resultados claros. Por ejemplo, ante el nuevo pico de crímenes machistas en verano, preguntamos qué falló, pero nadie asume responsabilidades. Sin respuesta es más complicado transformar la indignación en acción colectiva.

Y tres. En un partido o concierto, la gente se abraza, canta o llora, sentimientos básicos. En las causas sociales hay tristeza, indignación o miedo. Y no podemos vivir siempre así. Por eso, ante noticias de guerras, violencia o catástrofes, nuestro cerebro se protege para no colapsar emocionalmente. Pero hay también una construcción social y cultural. Estos años, la colectividad de muchos movimientos sociales, incluido el feminismo, se ha dinamitado desde fuera y desde dentro. Hablar de estos temas puede acabar con estigmas o cancelaciones. Y estas causas se han deshumanizado en un mar de opiniones. Y así, la falta de empatía gana por goleada, con un “esto no va conmigo”. Y más en violencia machista, donde aún se piensa que no es un asunto estructural sino algo privado.

Denunciamos el leve interés informativo de los últimos feminicidios. Pero los estereotipos se pueden combatir desde otros espacios. Entre otros, el deporte. Miles de niños han visto en el campo que el liderazgo también consiste en confiar en otro. Que un equipo funciona si todos se unen por encima de las diferencias. Y han visto algo valioso en una época de retorno del 'macho': que la mayoría de los españoles no respondían ni a empujones, a entradas duras o a la tensión. Eligieron jugar antes que convertir la violencia en espectáculo. Y en una época tan carente de valores, hay que aferrarse a estos gestos.

El fútbol demuestra que sabemos construir un 'nosotros'. El verdadero campo de juego nunca está en el césped. Está siempre en la forma en que elegimos mirar al otro. Al final, lo que nos define no es a quién derrotamos, sino a quién somos capaces de reconocer como iguales.

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