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Opinión | Desperfectos
Valentí Puig

Valentí Puig

Escritor y periodista.

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Ascensión de Zapatero

El expresidente fue un director de orquesta que se demoraba concierto tras concierto en un 'allegro' juguetón y fraternal, para no complicarse la vida en los pasajes dramáticos

Zapatero afirma que no ha hablado con nadie de la Sepi ni del Gobierno del rescate de Plus Ultra y niega ser un corrupto

Archivo - El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero

Archivo - El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero / César Vallejo Rodríguez - Europa Press - Archivo

La reconversión de Zapatero en faro moral se va a estudiar en las escuelas de arquitectura y en los talleres de ilusionismo. Hubo siempre algo frágil en su tránsito político. Queda corroborado por lo que se llama su legado, construido con elementos de ficción: nuevos derechos, final de ETA, crisis de 2008, buenismo y Alianza de Civilizaciones, ley de memoria histórica, intensa acogida de inmigrantes, LOE, segundo “Estatut” catalán, política económica evasiva, más de cinco millones de parados. Solo le salva argumentar que su principal aportación ha sido legitimar el sanchismo con su elocuencia de tribuno que sonríe a casi todos. Su segundo mandato quedó roído por la crisis económica de 2008, que su gobierno negó y que todavía colea.

La caída de Rodríguez Zapatero ha extremado las contorsiones del PSOE que, hasta estos momentos, se niega a creer las investigaciones de la UDEF y las imputaciones del juez Calama. Después de Santos Cerdán y Ábalos lo que quedaba del cortafuego de Ferraz se consumió en unas horas cuando aparecieron las joyas en la caja fuerte de Zapatero. Aun así, quedan socialistas que apelan al faro moral, como seguidores de un cisma por ausencia de pontífice, lo que viene a ser un déficit de liderazgo por parte de Pedro Sánchez.

Tras la dimisión de Almunia en el año 2000, ni el más atinado de los augures pudo prever que, aunque llevase años en su escaño y ajardinando el PSOE leonés, aquel diputado desconocido pudiera trastocar el transcurso evolutivo del PSOE y convertirse en el agente de un desmoronamiento económico general. Al PSOE le hacía falta una voz renovada y Zapatero pareció pasar a ser eso. Pero con él llegó el zapaterismo, un estadio político que se alejaba de lo previsible en la renovación un partido todavía encarrilado en la socialdemocracia.

El Zapatero gobernante fue un director de orquesta que se demoraba concierto tras concierto en un “allegro” juguetón y fraternal, para no complicarse la vida en los pasajes dramáticos. Quizás confiaba en una suerte de pacto fáustico para seguir así, pero ni los mercados, ni el Banco Central Europeo o el FMI le secundaron, ni los sindicatos -a los que nutrió de dosis desproporcionadas de paz social-. Haber anunciado las reformas tarde y mal fue solo la primera parte: en la segunda, las reformas no se especificaban, faltaba concreción y lo advertían la OCDE y la eurozona.

Con estos antecedentes, para convertir Zapatero en un farol habría que esperar a la llegada de Pedro Sánchez a la Moncloa. Puesto que el felipismo no apoyaba a Sánchez, la solución consistiría en darle una descarga de megavatios a Zapatero para que acompañase al sanchismo con su luz moral. Entonces se aficionó a China y al chavismo.

Alguien, de forma inadvertida, le depositó unas joyas fastuosas en la caja fuerte de su despacho. Eso incomoda tanto que lo mejor es negarlo. Le queda a Zapatero un recurso mágico: en la medicina de brujería de hace siglos se consideraba que ingerir piedras preciosas pulverizadas tenía efectos curativos. Los efectos colaterales son un riesgo pero, para no dejar de ser faro moral, hay que hacer algún sacrificio.

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