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Opinión | El mar alrededor

Carol Álvarez

Carol Álvarez

Subdirectora de El Periódico

Del aire acondicionado al fuego

El país ya suma 130.000 hectáreas quemadas en lo que va de año, un patrón que se consolida ante la inacción climática

Equipos de aire acondicionado en una vivienda particular.

Equipos de aire acondicionado en una vivienda particular. / Agencias

Las altas temperaturas que encadenamos en España ya no son una anomalía. El desastre natural que sacude Madrid y Ávila —con decenas de miles de evacuados y más de 6.000 hectáreas arrasadas— deja de ser una excepción para convertirse en síntoma. España ya suma este año 130.000 hectáreas quemadas. No es una cifra: es un patrón.

De los incendios se aprende, dicen. Aprendemos a confinarnos, a mirar con naturalidad el móvil cuando salta una ES-Alert, a seguir instrucciones de Protección Civil como quien asumió en su día el toque de queda o la mascarilla. Hemos incorporado la emergencia a la rutina con una rapidez inquietante, solo que el coronavirus pasó, y el calentamiento global solo va a seguir.

Ayer era el viento lo que amenazaba con convertir el incendio en un megaincendio de tres cabezas. Hoy son los reventones térmicos, ayer desconocidos y ahora casi familiares, los que conviven con granizadas exprés, tormentas eléctricas y lenguas de polvo sahariano.

En paralelo, Barcelona se prepara para simular dentro de un año un episodio de calor extremo y avanza en medidas como subvencionar en un plan de cuatro años la instalación de aire acondicionado en unos 20.000 hogares que ahora no tienen ese confort climático. Sobre el papel, suena a política útil, aunque en la práctica nos hace mirar a un parque inmobiliario rígido y un mercado del alquiler donde quien tiene el peso de la responsabilidad y las decisiones no es el inquilino, el que sufre el calor.

Porque esa es otra lección incómoda: la ventilación cruzada ya no basta. Cuando el aire es fuego, los expertos recomiendan cerrar, bajar persianas, aislarse del exterior. Exactamente lo contrario de lo que durante años entendimos como sentido común climático.

La pregunta, entonces, ya no es si estamos preparados para lo que viene, sino si asumimos de una vez que lo que viene ya está aquí. Y que adaptarse no puede ser solo resistir mejor el calor, sino repensar cómo vivimos, quién paga esa adaptación y a quién deja fuera.

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