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Opinión | Bajas laborales
Anna Grau

Anna Grau

Periodista, escritora y exdiputada en el Parlament

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Salud, dinero y amor

El derecho al bienestar y el derecho al trabajo serán, son ya, cada vez más difíciles de conciliar en una sociedad laboralmente atomizada y precarizada

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No es, no suele ser, cuestión de sensibilidad social o de derechos. Suele ser cuestión de números. ¿Saben por qué costó tanto, tantísimo, adecentar mínimamente las pensiones de viudedad, mientras las de los niños de la guerra salían solas? Porque había muchas más viudas que niños. Cuando la administración que decide la pertinencia de una prestación es la misma que tiene que responder, todo son remoloneos.

Pasó y pasa con los fármacos oncológicos de última generación, esos que pueden conseguir el milagro de que a una persona casi desahuciada por la enfermedad de repente le 'regalen' dos o tres años más de vida -y de buena vida- durante los cuales cabe esperar otro milagro, el de la curación.

El cáncer afecta a tanta gente, mueve tantos recursos, que sin duda ha devenido una industria impresionante. Acaso temible. Eso tiene su inevitable traslación a la política. Los enfermos oncológicos hacen suficiente bulto como para que Gobierno, patronal y sindicatos se los tomen en serio. Más en serio que a las víctimas de un ictus o de una fractura ósea grave, que ya se ve que han quedado fuera de este borrador que hoy desmenuza EL PERIÓDICO. Cuestión de prioridades. Se llega donde se llega, o donde se quiere llegar.

No es que yo no me alegre del progreso de facilitar una reincorporación laboral gradual para quien sale del túnel del cáncer. Así sea, porque yo misma me he tenido que enfrentar esta primavera a un diagnóstico oncológico, felizmente muy precoz y ampliamente superado en el momento en que escribo estas líneas. He tenido suerte, la operación y el posoperatorio me han pillado en “vacaciones”, entre comillas, por aquello de ser autónoma. Algún ingreso he perdido, alguna colaboración he tenido que dejar caer, pero no me he tenido que enfrentar a una incapacitación que en mi caso, ay, ni con este flamante acuerdo tripartito me habría solucionado gran cosa.

El derecho a la salud y el derecho al trabajo serán, son ya, cada vez más difíciles de conciliar en una sociedad laboralmente atomizada y precarizada, donde los sindicatos se me antojan en ocasiones como los leones del Congreso, imponentes figuras de adorno, flanqueando una solemne puerta que no se abre casi nunca. Sin duda está muy bien que una persona enferma pueda irse incorporando gradualmente a trabajar media jornada, cobrando jornada entera. Ah, pero si la mitad de ese gasto sale de las empresas, adivinen lo que va a pasar: ¿se atreverá alguien a decir que ha sobrevivido a un cáncer cuando vaya a pedir empleo? Por no hablar que la otra mitad, la que se supone que pone el Estado, no perdamos de vista que no la podrá poner mientras no haya presupuestos. ¿Se acuerdan de lo que pasó con las ayudas a los enfermos de ELA? ¿Cuántos murieron esperando?

Se pueden empedrar infiernos enteros de buenas intenciones. No digamos de buenas intenciones regateadas calculadora en mano, 'ni pa ti, ni pa mí'. Ya lo dice la sabiduría popular: salud, dinero y amor. Por este orden.

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