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Opinión | Verdiales

Inés Martín Rodrigo

Inés Martín Rodrigo

Periodista y escritora

Madrid

Para qué sirve el mundo

Ojalá durante estas semanas de descanso estival sea capaz de escuchar lo que el paisaje que me rodea, el mismo mar de todos mis veranos desde hace ya dos décadas, tiene que decirme

'La campiña romana' (1639), del pintor francés Claudio de Lorena.

'La campiña romana' (1639), del pintor francés Claudio de Lorena. / Claudio de Lorena / Met Museum

El 21 de abril de 1819, John Keats le escribió una larga carta a su hermano George, que había emigrado a Estados Unidos, en la que le decía: “Llama al mundo, si quieres, ‘El valle de la formación del alma’. Entonces descubrirás para qué sirve el mundo”. En la misiva, que también iba dirigida a su cuñada Georgiana, el poeta inglés reflexionaba asimismo sobre el dolor y el sufrimiento, la necesidad de experimentarlos: “¿Acaso no comprendes lo necesario que es un mundo de dolores y tribulaciones para educar la inteligencia y convertirla en alma? ¡Un lugar donde el corazón debe sentir y sufrir de mil maneras diferentes!”.

Había leído la poesía de Keats, tengo en casa la edición bilingüe, en formato de bolsillo, que Alianza Editorial publicó hace ahora diez años con poemas seleccionados y traducidos por el malogrado escritor Antonio Rivero Taravillo. En cambio, a su extensa correspondencia, de la que se conservan algo más de 240 cartas que constituyen, en palabras del poeta y crítico Ángel Rupérez, “uno de los documentos literarios más fascinantes de la literatura inglesa reciente”, no me había acercado hasta ahora.

Lo he hecho gracias a otro libro, como tantas veces sucede con la literatura, ese es uno de sus milagros, el hallazgo inesperado, cuyo título, ‘Eva está dormida’, se inspira en ‘El paraíso perdido’ de John Milton, que, para cerrar el mágico círculo narrativo, fue una de las mayores influencias de los poetas románticos. En esa novela, publicada en España por Periférica, Francesca Melandri hilvana pasado y presente de una parte de la historia de Italia, la del Alto Adigio, en el Tirol italiano, a través del viaje en tren, de una punta a otra del país transalpino, que la Eva del título emprende para ver por última vez a Vito, el “único hombre que me ha hecho sentirme en casa. Que no fue mi padre, pero casi”.

En un momento de ese trayecto, tras abandonar la estación romana de Termini, mientras observa el sorprendente comportamiento, completamente ajeno a la belleza de “un paisaje extraordinario que en cualquier otro lugar del mundo merecería un viaje exprofeso: la campiña con las ruinas de los acueductos romanos”, de dos veinteañeras estadounidenses que están haciendo el Interrail, Eva cuenta, rememorando su efímero matrimonio con un profesor de literatura inglesa de la Universidad de Indiana, que el espíritu romántico “está convencido de que los paisajes tienen algo que decirle; de que siempre están a punto de revelar algo que los seres humanos que los habitan no saben, han olvidado o consideran irrelevante; de que la geografía, en realidad, es un libro escrito en alguna lengua que desconocemos, pero cuyo significado, algún día, quizá nos será revelado”. Es entonces cuando cita a Keats, esas dos frases de la carta que, el segundo día de la primavera de 1819, escribió a su hermano, “Llama al mundo, si quieres, ‘El valle de la formación del alma’. Entonces descubrirás para qué sirve el mundo”.

Termino la novela de Francesca Melandri con un deseo: que durante estas semanas de descanso estival sea capaz de escuchar lo que el paisaje que me rodea, el mismo mar de todos mis veranos desde hace ya dos décadas, tiene que decirme. Seguramente sus palabras no me desvelen aún la utilidad de este mundo que habito sin ser consciente de su finitud, pero lo harán, algún día, estoy segura, estaré atenta.