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Opinión | Conocidos y saludados
Josep Cuní

Josep Cuní

Periodista.

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Giovanni Infantino: fútbol, pasión y dinero

En los diez años que lleva presidiendo la FIFA, el Mundial de fútbol se ha multiplicado como aquellos panes y peces del Evangelio

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Habló Zapatero y no convenció. No lo tenía fácil, pero como hacía dos meses que él mismo se había comprometido a dar explicaciones públicas y el alcance creciente de su caso, acompañado de un silencio alargado, perjudicaban al Gobierno, la presión le llevó a buscar a un interlocutor que le hiciera las preguntas de rigor de las que pudiera zafarse con la excusa de que es ante el juez donde debe explayarse. Y así fue como, hablando mucho, apenas dijo nada.

El expresidente está preocupado. Así lo admitió y es lógico. El frente judicial se le ha puesto difícil con la delación de su amigo Julio Martínez, cuya mención le provocó el único resquicio emotivo que intentó superar con el disimulo de quien hace creer que tiene tos y cuando se le empieza a romper la voz, carraspea. Pero, como recordó, la presunción de inocencia le acompaña y no como un acto de fe sino como un derecho que obliga a quien acusa a probar lo que incrimina.

Aun así, en la calle nada de esto tiene valor legal. En consecuencia, buena parte de la población ya le ha condenado sin remisión, porque la imagen de corrupción que acompaña a la política pierde su origen en la historia de la humanidad. Y, al final, uno ya no puede confiar ni en sí mismo. Y ahí entran en escena las joyas convertidas en el baremo que inclina la balanza popular. Lo demás, esa misma ciudadanía da por sentado que lo hizo. Y aplicando el sentido común retóricamente se pregunta qué padre no se presta a ayudar a sus hijas, qué expresidente no descuelga un teléfono para sugerir que se atienda a un amigo o qué alto cargo reconvertido en consultor no usa su agenda para facturar, consolidar la empresa y mantener el ritmo de vida al que la oficialidad le acostumbró.

Poco importa que las alhajas fueran un regalo personal sin uso ni destino, como ZP repitió. Allí estaban, en una caja fuerte donde no se guardarían si no tuvieran valor. Como si, escondidas, evitaran el remordimiento de haberlas aceptado y la tentación de poder lucirlas. No en vano, la llegada de la cortesía sin procedencia explicada coincide en el tiempo con el código ético que decretó él mismo como decisión ejemplar de presidente recién estrenado.

Siempre se nos insiste que el dinero lo corroe todo, cuando eso lo hace la codicia por conseguirlo. A pesar de ello, su mala fama no ha impedido que mueva al mundo. Al contrario. Convertido en parámetro del éxito, la condición humana empuja a luchar para obtenerlo y la especulación financiera premia a quien más acumula. Vean, si no, la proeza conseguida por Giovanni Vincenzo Infantino (Brig-Glis, Valais, Suiza, 23 de marzo de 1970).

En los diez años que Infantino lleva presidiendo la FIFA, el Mundial de fútbol se ha multiplicado como aquellos panes y peces del Evangelio. En número de selecciones y partidos, en tiempos de descanso e hidratación, en polémicas políticas y amistades peligrosas, en escándalos y politización, pero sobre todo en contratos comerciales y recaudación. Los 13.000 millones de dólares de ingresos totales de la edición ganada por España, hablan por sí solos, marcan un hito y demuestran la habilidad de un personaje que se ha garantizado la renovación. Eso, si antes Donald Trump no le impone como el secretario general de la ONU que quisiera que Infantino fuera. Mientras, los candidatos oficiales exponían en un simulacro de debate sus buenas intenciones.

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