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Opinión | Mundial
Ernest Folch

Ernest Folch

Editor y periodista

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Fútbol de ultraderecha

Los incidentes de Rosalía o de Bardem son solo mínimas muestras del peligro de que todo este juego de los estados derive en una insoportable ola de supremacismo y xenofobia

Los argentinos estallan contra Rosalía: sus fans piden devolver sus entradas para el concierto en Buenos Aires después de la que ha liado en redes

La cantante española Rosalía reacciona durante una presentación este jueves, en Bogotá (Colombia).

La cantante española Rosalía reacciona durante una presentación este jueves, en Bogotá (Colombia). / Paula Cabaleiro / EFE

El Mundial de fútbol presuntamente ya finalizó, pero sus ecos siguen reverberando como una pesadilla interminable. Ese dios menor llamado algoritmo nos sigue bombardeando, muchos días después, con nuevos ángulos de la salvada de Cubarsí, la arenga de Messi o la reacción al gol de no sé qué 'youtuber'. Se trata de que nuestro cerebro no descanse jamás o quizás simplemente de que el presente sea infinito y no termine nunca de convertirse en pasado. Quizás por eso la ola de consecuencias de la fenomenal maquinaria de la FIFA parece no tener límite, y arrastra a todo el que haya intentado surfear sobre ella.

La última en verse engullida por la polémica mundialista ha sido Rosalía, que al repostear una 'story' sobre una de sus canciones, generó el bulo de que estaba insultando a los argentinos. La consecuencia ha sido una reacción virulenta en redes, que ha provocado llamadas a boicotear sus conciertos, que ha llevado a su vez a algunos organizadores a empezar a cancelar actuaciones suyas. Javier Bardem se ha visto obligado a matizar unas declaraciones sobre la afición argentina, y se suceden estos días en redes múltiples piques cruzados y subidos de tono sobre todo tipo de teorías conspiranoicas.

Todos estos incidentes tienen en realidad un denominador común, que es el de continuar en redes el partido que se jugaba en el césped, y alargar hasta el infinito, para generar clics, la patética batalla de nacionalidades y nacionalismos, que es en realidad de lo que va un Mundial de fútbol. Porque, efectivamente, el campeonato como tal lo ha ganado merecidamente España, quizás porque es la única selección que se tomó en serio lo de montar un equipo e intentar jugar al fútbol lo mejor posible. El resto de equipos parecían más bien Amigos de Messi, de Kane o de Mbappé, colectivos inconexos reunidos alrededor de una estrella para servir al propósito superior de exaltar a una nación y de paso ganar mucho dinero.

Los incidentes de Rosalía o de Bardem son solo mínimas muestras del peligro de que todo este juego de los estados, los unos contra los otros, derive en una insoportable ola de supremacismo y xenofobia, que es lo que ya estamos viendo en nuestros teléfonos. Por mucho que a algunos trogloditas les cueste creer, los argentinos no son mejores que los españoles ni los españoles que los franceses, ni el gol de Ferran es la prueba de ninguna cualidad étnica, sino simplemente un espectáculo derivado de una contienda deportiva. Enfrentar a la gente de distintas nacionalidades es una perversión que le interesa a la FIFA para ganar dinero, a las tecnológicas para generar tráfico y a la ultraderecha mundial para recoger los réditos de su repugnante ideología. No es casualidad que, por ejemplo, un personaje abyecto como Milei haya aprovechado todas las polémicas para proclamar que "nos tienen celos". Al revés de lo que se nos cuenta, el fútbol es, por supuesto, un artefacto esencialmente político, y lo que deberíamos evitar es que caiga definitivamente en el lado oscuro de la historia. Es urgente que este Mundial termine ya de jugarse en nuestros móviles y recuperemos la paz. O quizás, simplemente, lo que tenemos que hacer es tirarlos al mar y disfrutar de una vez del verano.

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