Opinión | Miel, limón & vinagre
Albert Soler
Marine Le Pen, la pulsera electrónica como gancho electoral
Ni al más avispado jefe de comunicación se le habría ocurrido una campaña tan genial, una promoción política de este calibre solo puede superarla un tiro en la oreja del candidato durante un discurso

Marine Le Pen, aspirante a la Presidencia de la República francesa.
Marine Le Pen podrá presentarse a las elecciones presidenciales francesas de 2027, y ya tenemos a media Europa temblando porque —de nuevo— viene el coco. Cabe la posibilidad de que deba hacerlo, eso sí, llevando en la muñeca la pulsera electrónica que —a la espera de recurso— está obligada a utilizar durante un año, según la pena a que fue condenada el 7 de julio, cosa que lleva a algunos analistas políticos a augurar que sus opciones de triunfo serán mínimas.
Tengo para mí que dichos analistas políticos no saben nada de política, por lo menos de política actual, y que Marine Le Pen va a usar ese artefacto precisamente como gancho electoral. Presentarse a los mítines mostrando al público la pulsera que le obliga a llevar la justicia francesa será una buena manera de iniciar el discurso y de caldear el ambiente, será como decir —sin decirlo— que la querían fuera de la política pero no van a conseguirlo, eso da siempre resultado, miren a Pedro Sánchez, a Puigdemont y a otros tantos. Más adelante, será cosa de poner en circulación camisetas, gorras, posters y pins con la imagen de la pulserita. Hasta se venderán pulseras de imitación entre los simpatizantes de Agrupación Nacional, para que se reconozcan ente ellos sin necesidad de hablar y la muestren orgullosos. Será como gritar "Marine Le Pen soy yo", como hicieron en su día los colegas de Espartaco, éstos sin brazalete electrónico. La pulsera de Marine Le Pen va a ser la gran triunfadora de las próximas elecciones francesas, ni al más avispado jefe de comunicación se le habría ocurrido una campaña tan genial. Una promoción política de este calibre solo puede superarla un tiro en la oreja del candidato durante un discurso, pero ese sistema ya está patentado.
Como todas las cosas buenas que han llegado de Europa —desde la minifalda al champán, pasando por el adulterio— la moda de hacer campaña electoral en libertad vigilada mediante brazalete electrónico, pronto va a extenderse al sur de los Pirineos. Parece increíble que, con la de cargos de confianza y asesores que mantenemos en España entre todos, hasta ahora a ninguno se le haya ocurrido usar este método, y no será porque aquí nos falten políticos a los que poder condenar a arresto y pulsera.
El propio Pedro Sánchez, que ya ha demostrado que le importa bien poco tener condenados judicialmente a amigos, exministros y familiares, además de investigados a otros cuantos de cada ámbito, debe de estar ya relamiéndose con la posibilidad de que algún juez obligue a su señora, a Ábalos, a Zapatero o a cualquier otra persona de su entorno, a usar pulsera electrónica. Anda que no iban a quedar hermosos y votables esos políticos españoles en los debates televisivos, con un brazalete colocado ahí por orden judicial. El propio Jordi Pujol, si estuviera todavía para esos trotes, volvería a conseguir la mayoría absoluta en Cataluña, solo con que salieran él y toda su prole luciendo en la muñeca una pulsera judicial, cuatribarrada en su caso.
No será fácil que ocurra. En Francia son más quisquillosos con el código penal que aquí, baste señalar que Marine Le Pen ha sido condenada a un año de arresto y uso de pulsera por malversar fondos de la Unión Europea, una minucia que en España nos tomaríamos a risa, porque sabemos que esos fondos sirven precisamente para ser malversados, qué utilidad tendría la UE si no. Además, como buena populista de ultraderecha, Marine Le Pen es euroescéptica, con lo que en los mítines y en los debates de las presidenciales, además de mostrar orgullosamente el brazalete impuesto por la justicia —recuerden que a la salida del acto pueden ustedes adquirir su propia pulsera de imitación—, podrá ufanarse de haber desviado fondos europeos, la 'grandeur' también se demuestra así.
Hasta Mariano Rajoy, desde su nuevo empleo de columnista deportivo, presiente el ascenso de la Agrupación Nacional de Marine Le Pen, y quiso hacerle un guiño escribiendo hace unos días que la selección francesa de fútbol "tiene un altísimo nivel, aunque, eso sí, sin franceses". No pareció gustarle a Marine el comentario de Mariano, y el portavoz de su partido calificó la palabras de Rajoy de "vergonzosas y lamentables", además de acusarle de creer que el color de la piel y el origen lo determinan todo. Como buen español de copa y puro, Rajoy quiso ser más papista que el Papa, olvidando que la derecha francesa, por más extrema que sea, es más nacionalista que racista. Para que nos entendamos: en Agrupación Nacional tiene mucho más futuro un negro francés que un registrador de la propiedad gallego. Y más que cualquiera de los dos, una candidata con brazalete electrónico.
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