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Opinión | Bloglobal

Albert Garrido

Albert Garrido

Periodista

El culto a la personalidad de Trump avanza sin parar

Donald Trump saluda a Pedro Sánchez antes de la final del Mundial de fútbol.

Donald Trump saluda a Pedro Sánchez antes de la final del Mundial de fútbol. / Octavio Guzman | EFE

La pretensión de la Administración de Donald Trump se desmantelar el Tribunal Penal Internacional (TPI) “ladrillo a ladrillo”, según declaración sin ambages y matices de Marco Rubio, secretario de Estado, es un camino directo a la impunidad, a la institucionalización de facto de la ley del más fuerte, a la inmunidad sean cuales sean las circunstancias del comportamiento de la Casa Blanca, de los estadunidenses y de aquellos de cualquier parte del mundo favorecidos por la protección de la superpotencia. El mismo presidente que de forma grosera quiso salir en la foto de la celebración de la selección española alzando la Copa del Mundo de fútbol, pretende invalidar lo que en 2002 se entendió como un gran paso en la persecución de los delitos de lesa humanidad, empezando por el genocidio y siguiendo por cuantos son fruto de la arbitrariedad de los gobernantes, de los poderosos, de quienes se creen por encima del bien y del mal. El peso de los 120 países que reconocen al TPI frente a los Estados Unidos de Trump tiene una limitada capacidad de consolidación del tribunal ante los recursos que previsiblemente pondrá a contribución de la causa el presidente para dejarlo sin aliento o demediarlo en su capacidad de llevar ante los jueces a quienes, dicho en corto, son una amenaza para el género humano.

Hay en la disposición de Estados Unidos de llevar el TPI al debilitamiento o al bloqueo el propósito de dejar fuera de juego a jueces internacionales independientes en episodios tan dudosamente legales como la persecución y hundimiento de lanchas en el Caribe presuntamente relacionadas con el narcotráfico, el inicio de una guerra contra Irán el 28 de febrero o el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa el 3 de enero. Hay también el propósito de asentar el principio según el cual nadie debe someterse a una instancia judicial no perteneciente a su país y radicada en él, un enfoque que pone en duda todo el derecho universal derivado de un precedente tan determinante en la historia del siglo XX como los juicios de Nuremberg. Y hay asimismo la pretensión de consagrar el criterio de Donald Trump como la única vara de medir legitimada para fijar los límites entre lo legal y lo reprobable.

Anida en todo ello un aliento cada vez mayor de culto a la personalidad, de exaltación de quien, en función de su poder fáctico, debe aparecer siempre como el sumo hacedor de todo, como el titular de un poder omnímodo, inabarcable y que no se somete ni acepta ningún control. Un perfil o característica de los autócratas que, además de Trump, con sus características y condicionantes específicos en cada caso, vulneran el concepto de legalidad, las convenciones más asentadas y las normas escritas, y establecen un ejercicio irrestricto del poder. Así Xi Jinping, Vladimir Putin y Recep Tayyip Erdogan, entre otros muchos, con un margen ilimitado de maniobra, enemigos acérrimos de la democracia liberal, como es obligado subrayar.

Llama la atención, por ejemplo, que Estados Unidos se disponga a firmar un pacto con Arabia Saudí para poner en marcha un programa nuclear, se supone -es mucho suponer- que con finalidad estrictamente civil al mismo tiempo que niega a Irán -un régimen tan moralmente indefendible como la monarquía saudí- la posibilidad de disponer y desarrollar su propio programa. No cabe la menor duda de que están justificadas todas las cautelas en el caso iraní, pero no hay ninguna garantía de que el programa saudí derive en el futuro en uno de naturaleza militar con el correspondiente calendario de enriquecimiento de uranio. La diferencia es que Arabia Saudí, con Israel y Egipto, forma parte del trío de tenores de Estados Unidos en Oriente Próximo, mientras que la abyecta teocracia iraní y su influencia en la región es el gran espantajo para justificar todas las tropelías posteriores al ataque terrorista que Hamás perpetró el 7 de octubre de 2023.

Ha iniciado Trump una escalada sin freno para asociar su imagen a cualquier acontecimiento relevante y dar su nombre a cuanto se le antoje, para aparecer como el único capaz de ejercer el poder más allá de los controles establecidos por la Constitución, del contrapeso del Congreso y de las disposiciones de los tribunales, una estrategia harto estudiada por los politólogos y exenta de riesgos mientras la oposición carezca de la mayoría y complicidades necesarias para pararle los pies. Es esa una diferencia esencial entre él y otros autócratas, asimismo entregados al culto a la personalidad, pero sin competidores en el horizonte. De ahí la necesidad imperiosa del presidente de poner en duda desde ya la limpieza, transparencia y garantías de las elecciones del próximo noviembre; de ahí su empeño en preparar el terreno para exagerar hasta donde haga falta el control de las votaciones. Lo que más importa a Trump, aquello que constituye su necesidad vital primera, es evitar una victoria de sus adversarios o desacreditarla si se concreta; cómo conseguirlo y cómo adulterar el proceso tiene una importancia secundaria, incluso si los tribunales se cruzan en su camino.

Peter Baker, corresponsal de The New York Times en la Casa Blanca, sostuvo en febrero en un largo artículo que Trump “ha emprendido una campaña de autoglorificación inédita, creando un personaje mitificado y sobrehumano, convirtiéndose en una fuerza ineludible tanto en su país como en el resto del mundo”. “Aunque Trump ha pasado toda su vida promocionando su marca personal -añadía Baker-, poniéndole su nombre a hoteles, casinos, aviones, e incluso filetes, corbatas y agua embotellada, lo que está haciendo en su segundo mandato se acerca más a un culto a la personalidad que nunca antes se había visto en la historia del país”. Cabe añadir que es este un fenómeno que se extiende por doquier e impregna el quehacer y el comportamiento de los gobernantes depositarios de superpoderes políticos, reales o sobrevenidos; es un fenómeno que en el caso de una vieja democracia como la estadounidense la desnaturaliza o corrompe.

En la mitología de la llamada con bastante razón América mesiánica la misión de difundir la democracia liberal en todas direcciones ha sufrido una suplantación a través de la voluntad de imponer un diktat: está justificado todo cuanto hace posible que Estados Unidos imponga su voluntad e intereses, aunque sea con grave daño para terceros, incluidos los aliados. Ha prescindido Trump de todo compromiso ético y se ha rodeado de un entorno -su Administración y los tecnoligarcas- que comparte ese enfoque. De modo que no debe sorprender a nadie que el presidente pretendiera el último domingo ser tan importante como los campeones del mundo y acompañarlos en la gloria de la victoria. Los peligros asociados a tal conducta van aumento.