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Opinión | Periodismo
Miqui Otero

Miqui Otero

Escritor

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El traductor que predijo el final del Mundial

Hay quien intenta explicar el mundo como si fuera un partido (la simplicidad bicolor, el enfrentamiento enconado, el veredicto numérico) y quien sabe ver un partido cómo si estuviera observando el mundo (personajes contradictorios, azar loco, derrotas hermosas)

EAST RUTHERFORD, NEW JERSEY - JULY 19: Ferran Torres #7 of Spain celebrates scoring his team's first goal during the FIFA World Cup 2026 Final match between Spain and Argentina at New York New Jersey Stadium on July 19, 2026 in East Rutherford, New Jersey. David Ramos/Getty Images/AFP (Photo by David Ramos / GETTY IMAGES NORTH AMERICA / Getty Images via AFP)

EAST RUTHERFORD, NEW JERSEY - JULY 19: Ferran Torres #7 of Spain celebrates scoring his team's first goal during the FIFA World Cup 2026 Final match between Spain and Argentina at New York New Jersey Stadium on July 19, 2026 in East Rutherford, New Jersey. David Ramos/Getty Images/AFP (Photo by David Ramos / GETTY IMAGES NORTH AMERICA / Getty Images via AFP) / DAVID RAMOS / Getty Images via AFP

El lunes 15 de junio, segundos después del empate contra Cabo Verde, mi móvil parpadea. “El resultado de España es el típico del equipo que va a ganar el Mundial. Recuerda mis palabras. Por cierto, ¿qué tal tu nueva novela?”, me dice mi traductor italiano. Yo le prometo que si su profecía se cumple, escribiré una columna para celebrar su don visionario.

A partir de ese día, Pierpaolo Marchetti me escribe tras cada victoria. “Acuérdate. Lo prometido es deuda”, teclea el 6 de julio. “Desconfiado...”, añade el 14. “Siempre hay que escuchar a los traductores”, se reivindica el 14. Y así hasta el domingo de la final: “Yo ya hice lo mío. Ahora te toca a ti: escribe”.

Que los traductores son escritores es una obviedad, pero normalmente esperan a que la historia esté escrita. En este caso, Marchetti prefirió dejar narrado el final cuando apenas se había descorchado el arranque. Pero eso es porque no estamos ante un traductor cualquiera.

Así como la calidad de una novela puede medirse por el brillo de sus secundarios, astros más allá de la órbita familiar o íntima, lo mismo sucede con la de una vida. Uno puede tasar el interés de una existencia a partir del carisma no histriónico y la sabiduría no resabiada de colegas como Marchetti. De esos que te escriben durante un torneo del que su país ha quedado excluido.

Hay quien intenta explicar el mundo como si fuera un partido de fútbol (la simplicidad bicolor, el enfrentamiento enconado, el veredicto numérico) y quien sabe ver un partido de fútbol como si estuviera observando el mundo (personajes contradictorios, azar loco, derrotas hermosas). Marchetti es de los segundos, como lo es el personaje más célebre de Richard Ford, el de 'El periodista deportivo', ese escritor que sacrifica su vocación de novelista por la crónica atlética. Y que, gracias a su oficio, llega a la conclusión de que “en la vida, como en el deporte, no hay nada trascendental: las cosas siempre vienen y se van”.

Antes de ser uno de los mejores traductores literarios de su país, Marchetti era también periodista deportivo. Nacido en Pescara en 1962 (asumo que la primera nana de su madre pudo ser 'Sapore di sale'), 'Il Messaggero' lo envió a cubrir Italia 90. Le tocó seguir a las selecciones española y uruguaya, así que empezó a chapurrear el castellano. Cuando el Mundial acabó, siguió leyendo en nuestro idioma, incluso traduciendo a Delibes o a Rulfo.

Le conocí cuando tradujo 'Simón' y debatimos largo sobre cómo italianizar mis giros coloquiales, algo curioso porque son las expresiones populares (los tacos) lo primero que uno aprende si accede a una cultura con conversaciones de bar y abrazos de gol. Luego cenamos en Barcelona en el Bar Ramón, donde conocí a su estupenda esposa, con la que compartí entrecot con 'foie' y pelis de Marco Bellocchio. Allí también se habló de amigos. “¿Cuál es la medida real de la amistad?”, escribió Ford, “Es la cantidad de tiempo que uno desperdicia con las calamidades del otro”.

Si la calidad de una novela (y de una vida, y de un equipo) puede medirse por sus secundarios, la virtud de estos puede entenderse (incluso formularse) a través de sus amigos. Nacidos a 2.000 kilómetros y dos décadas de distancia, no era probable que el traductor y yo compartiéramos uno. Y, sin embargo, pronto salió el mejor nombre posible: Santiago Segurola. Siempre he soñado con acabar un texto con el talento ilustrado y la precisión en el toque de nuestro mejor periodista deportivo. Así que por qué no cerrar este con lo que me dijo ayer por teléfono, cuando le hablé de la profecía de Marchetti, a quien conoció en el Mundial de Italia y con quien le une una amistad triangular (el tercer vértice, Jorge Valdano) cuajada en gloriosas sobremesas, que pueden ser mejores que una cena, tal y como una crónica puede ser mejor que el partido. Sobre todo, si la remata Segurola. He aquí el traductor traducido: “Marchetti, prudente y sabio, representa lo mejor de una sensibilidad italiana quizá no predominante, pero sí exclusiva de lo mejor de su cultura. Una finura en el comentario, una calidez en el trato, una comprensión del mundo, un elogio de lo hermoso... que viene de siglos”.

Ahora, para subir un poquito la calidad de nuestras celebraciones, solo falta que Pierpaolo traduzca, al castellano y al rojo, 'Azzurro'.

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