Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | El 'procés'

Emma Riverola

Emma Riverola

Escritora

De Ítaca a Waterloo

Junts es un partido atrapado por un hombre atrapado en Waterloo. En los tuits destemplados de Puigdemont y el verbo ofensivo de Míriam Nogueras se intuyen el reflejo de la parálisis.

El presidente de Junts per Catalunya, Carles Puigdemont.

El presidente de Junts per Catalunya, Carles Puigdemont. / Glòria Sánchez - Europa Press - Archivo

Puigdemont es un hombre atrapado en Waterloo. Su espacio no está acotado por muros ni vigilado por cámaras, pero su pensamiento, sus palabras y su pertenencia están a más de mil kilómetros. Doce horas en coche. Ocho años y ocho meses de distancia. Durante este tiempo, Catalunya ha pasado de un gobierno independentista a uno socialista sin grandes aspavientos. El ‘procés’ ya es pasado. Esa inflamación emocional que sumó multitudes a la causa soberanista en tiempo récord ha quedado reducida a memoria u olvido para quienes la vivieron. No así el independentismo. La aspiración a una Catalunya constituida como Estado no nació en 2012 y prosigue como legítimo anhelo sumando o restando adeptos según la concepción de España de los gobiernos centrales de turno.

Junts es un partido atrapado por un hombre atrapado en Waterloo. En los tuits destemplados de Puigdemont y el verbo ofensivo de Míriam Nogueras se intuyen el reflejo de la parálisis y la impotencia del desubicado, también un sueño de grandeza atragantado. Su discurso, con una sobredosis de acritud, apenas tiene nada que ver con la imagen institucional, moderada y solvente que CiU se esforzó en transmitir durante décadas. Si queda algún votante que aún se identifica con esos valores, difícilmente se sentirá a gusto. Por el contrario, quien ha acompañado a Junts en la deriva, tiene otro espacio más atractivo donde habitar.

En el ADN de Aliança Catalana (AC) está el discurso más desacomplejado de Junts, pero con una hoja impoluta de servicios. No hay promesas incumplidas en su currículo, tampoco fracasos. Galopa ofreciendo la imagen de caballo ganador (por encima de su realidad) permitiéndose el lujo de señalar traidores a diestro y siniestro. Al mismo ritmo que crece su ambición, también diversifica el discurso. Su independentismo identitario se refuerza con un discurso desinhibido antiinmigración, especialmente islamófobo. Mientras, hace equilibrios entre la palabrería en defensa del pueblo (catalán, por supuesto) y el neoliberalismo con aire de Milei.

La línea ascendente de AC y la descendente de Junts no hace más que sumarse a una tendencia global: la derecha tradicional absorbida o arrinconada o mimetizada con la ultraderecha. El caso particular de Junts es que nació con una intención aglutinadora (además de indefinida: cada uno podía interpretar su ideología a su complacencia) y se ha convertido en una máquina de desgaste y vacíos, también para sí mismo.

La aritmética electoral ofreció a Junts (y a Puigdemont) la posibilidad de combatir la irrelevancia. La ley de amnistía es la evidencia de que así ha sido, pero el exceso de virulencia e histrionismo ha abierto otras vías en ese buque que un día prometió a los independentistas arribar a Ítaca y se quedó en Waterloo. De la posibilidad de alcanzar el ideal de un hogar propio derivó a la representación mental de la derrota. ¿Podía haber sido diferente? Quizá una reflexión honesta hubiera servido de antídoto para aventurerismos peligrosos. Ahora, ya no lleva el timón.

Suscríbete para seguir leyendo