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Opinión | La Calle Nueva
Juan Cruz Ruiz

Juan Cruz Ruiz

Periodista y escritor

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Sentarse con el que no te quiere

Ahora se ha abierto una puerta a una nueva posibilidad. Europa la ha puesto en marcha, Catalunya, España, la tienen ahora que consolidar con quienes quieren que volvamos a hablarnos sin reticencias

La justicia europea avala la ley de amnistía y abre la puerta al regreso de Puigdemont

El Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) dicta sentencia sobre la Ley de Amnistía, a 16 de julio de 2026, en Luxemburgo

El Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) dicta sentencia sobre la Ley de Amnistía, a 16 de julio de 2026, en Luxemburgo / Julien Warnand / Europa Press

Fue muy duro, quizá lo sigue siendo, aquel tiempo inolvidable y difícil en el que los que querían la independencia de Catalunya y los que se oponían a ella dejaron de hablarse y también de quererse. Ahora aquel escalofrío es historia, pero es también una realidad presente, se ve en las Cortes, por ejemplo, y se observa en lo que pasa en la conversación española y en la mirada que persiste en Catalunya. Claro, el clima es ahora otro, más abierto, es sin duda un diálogo que también acepta a los que, en los años de la reconciliación imposible, no se querían ver ni en pintura.

Viví como periodista, y también como ciudadano que desde chico ama Catalunya, las dificultades que hubo de un lado y de otro de estas penínsulas que entonces parecían romperse. Fue un tiempo difícil, no lo quisiera nunca de nuevo. En una de las escaramuzas más terribles de las que tengo memoria, triste memoria, es la que ocurrió cuando la ruptura nacía de la decisión del Gobierno de España de acabar con el Gobierno de Catalunya e instalar en Barcelona un gobierno que venía de Madrid.

Fue mucho más que un instante difícil. Parecía que el mundo de la amistad y de la vida se rompía del todo, porque era muy difícil explicar, de un lado y del otro, que lo que pasaba no era tan solo una despedida sino una ruptura de amistades, de cultura, de amistad o de futuro. En uno de aquellos días en que el Gobierno de la Nación había decidido instalarse en Barcelona, con un éxito que se recuerda como un fracaso civil, me llamó a mi casa de Tenerife un gran amigo de antaño. Me lo dijo con todas las palabras de la vida de entonces, tan duras, tan bien puestas para que no se olvidarán nunca: a partir de ahora, me dijo, jamás vuelvas a llamarme, tú estás en ese lado y yo estoy en este. Adiós.

Simbólicamente, ese era el principio de una despedida que rompía años de encuentros. Días después fui convocado a Girona, a un coloquio literario. Fue solo literatura, pero se notaba en el ambiente que dentro de aquel encuentro latía, en cierto modo, lo que me había dicho el amigo: se había acabado el futuro. Hablábamos todos como si estuviéramos quitándonos del medio a la vez que escuchábamos por dentro lo que de veras ocurría: el desencuentro, ese modo de despedida que poco a poco se fue haciendo como una bola del dolor que no se decía.

Es muy difícil recordar aquel tiempo, que aún no ha acabado, a pesar de que todo lo que ocurre dice que el armisticio está a punto de ser no solo la amnistía que viene, sino el perdón, los perdones, la mano abierta de nuevo para ser no solo amigos de los que se fueron yendo sino, otra vez, parte de la vida que nos juntó. Fue un clima muy difícil, lleno de palabras que entonces forman parte del horrible silencio: cárceles, fugas, silencio… La palabra reconciliación nunca estuvo entre los vocablos que se dijeron (y se dicen) desde los años 18 de este siglo…

Ahora a la palabra amnistía, que nació hace algunos años y que regresa como una balsa de aceite, ha sido tomada como el final de la tristeza, una reforma civil que mejorará lo que queda de ruindad entre los de un lado y de otro de nuestros mundos, de nuestros respectivos mundos.

Por las razones que sean (los que quieren pactar para volver a sentarse cerca en las Cortes, por ejemplo), el partido de la oposición se ha inclinado por aceptar el resultado que ha dictaminado Europa, y eso ha sido, parece, una razón para pensar que quizá la amnistía llegue a ser, también, en este lado, el principio de un cambio en España, en las Españas que hay antes, después y con Catalunya.

Lo cierto es que en ese armisticio que nace más allá de nuestro país, en Bruselas, irrumpió con su ceño enfadado el que fue presidente de este país, José María Aznar, que por cierto fue aliado de Pujol, y no tan solo: también sintió que los peores enemigos de España, la Eta, eran parte de un ejército vasco…

Ahora se ha abierto una puerta a una nueva posibilidad. Europa la ha puesto en marcha, Catalunya, España, la tienen ahora que consolidar con quienes quieren que volvamos a hablarnos sin reticencias y aquellos que, sabiendo que es difícil el camino, estén seguros de que hablar es lo mejor que se puede hacer mientras seamos los que, queriéndonos, un día nos encontramos sin palabras.

Hubo tiempo en que dejamos de sentarnos juntos. Ahora es tiempo, ojalá, de sentarse también con el que no te quiere o con el que no te quiso.

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