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Opinión | Nuestro mundo es el mundo
Joan Tapia

Joan Tapia

Periodista. Miembro del Comité Editorial de EL PERIÓDICO.

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Julio del 36: el gran fracaso

Los golpistas fueron los grandes culpables, pero el intento fue posible porque la IIª República, con Azaña en la presidencia, estaba lejos de haberse consolidado

Reunión del Consejo de Ministros presidido por Manuel Azaña en los primeros meses de 1936.

Reunión del Consejo de Ministros presidido por Manuel Azaña en los primeros meses de 1936. / Propio

Hace 90 años, el 18 de julio de 1936, un golpe de Estado intentó acabar con la IIª República e inició una terrible guerra civil -con muchos muertos- que solo acabó tres años después con la dictadura del general Franco, un régimen autoritario de derechas, apoyado por la Alemania nazi y la Italia fascista, y con muchos republicanos en la cárcel o el exilio.

Fue un día negro. E inició una larga etapa negra. Hoy estamos lejos. La democracia -pese a todo- está asentada. El crecimiento ha enterrado la miseria. El Ejército ya no hace política y en la calle no hay grupos políticos armados. Incluso el terrorismo ha desaparecido.

Pero es bueno estudiar el pasado. Los golpistas fueron los grandes culpables. Pero el golpe pudo darse -y no ser aplastado- porque la IIª República estaba en baja forma. Los líderes republicanos, que en 1931 pusieron fin con entusiasmo a una monarquía periclitada, se enfrentaron y dividieron. Y la división impidió la consolidación. Todo lo contrario de lo que pasó con la IIIª República Francesa, que duró desde 1880 hasta la invasión de Hitler, en 1940.

Cierto, los años treinta, tras la crisis de 1929 y el ascenso del fascismo en Europa, no ayudó a la incipiente democracia. Pero la división republicana -pongamos nombres, aunque fue más profundo- entre Alejandro Lerroux y su histórico partido republicano radical, el primero tras los socialistas en las elecciones del 31, y Manuel Azaña, el líder de la entonces joven Acción Republicana (luego Izquierda Republicana), les restó fuerza. Y unos (Lerroux), quedaron prisioneros de la derecha no republicana (la CEDA) y los otros (Azaña), tributarios de unas izquierdas contrarias a la democracia burguesa. Incluso el PSOE de entonces, donde los socialdemócratas de Indalecio Prieto no eran mayoría y Largo Caballero lo inclinó al radicalismo.

La división se inició en 1933, cuando cae el gobierno Azaña, Lerroux no consigue un gobierno alternativo y el presidente de la República, Alcalá Zamora, disuelve las Cortes y el primer partido resulta ser la CEDA, que condiciona los sucesivos gobiernos. Después vino la revolución de octubre contra el gobierno de derechas de la República. Una tragedia.

Pero avancemos. Mi generación -que llegó a la universidad en los sesenta- y las posteriores, han tenido una actitud algo reverencial ante Manuel Azaña, un liberal que apostó por la izquierda, que fue el segundo presidente de la República y murió, dimitido y desconsolado, en el sur de Francia, al poco de acabar la guerra. Azaña merece todo el respeto intelectual. Pero su opción de separarse de los otros republicanos y privilegiar la alianza con un PSOE que no aspiraba a gobernar sino a condicionar a los gobiernos “burgueses”, fue una equivocación.

La división de los republicanos entre Lerroux, que quedó atrapado en la derecha, y Azaña, que soñó con una inexistente mayoría coherente de izquierdas, debilitó a un régimen que acababa de nacer en un mundo convulso

Tras ser elegido presidente quiso nombrar primer ministro a Indalecio Prieto, lo que habría asentado una república de alianza de liberales y socialistas. Pero eso fue fruto de su soberbia intelectual. La mayoría izquierdista del PSOE no quiso colaborar con los partidos burgueses y Azaña acabó recurriendo a su amigo Casares Quiroga, un político muy discutido. Fue votado por 236 diputados, casi todos los del Frente Popular, pero los socialistas y otros grupos no eran solidarios y el Gobierno solo tenía el apoyo (y poco firme) de unos 160 escaños (sobre 473).

Era un gobierno débil y minoritario, con una oposición de derechas radicalizada que había perdido las elecciones por menos de un 1%. Y unos grupos a su izquierda que le exigían más. Con Azaña medio paralizado en la presidencia de la República, mientras la Falange crecía, varios capitanes generales conspiraban y había gran agitación social. Y el líder de la oposición monárquica, José Calvo Sotelo, fue asesinado por policías afectos al Gobierno.

El Gobierno Casares era sólo una pequeña barca en un Oceano Pacífico desencadenado. No pudo sobrevivir. Y parte de la culpa pudo ser de Azaña, que apostó por una república de izquierdas -sin mayoría coherente detrás- rompiendo el republicanismo original.

Lerroux era el pasado, pero Azaña se equivocó al priorizar una república de izquierdas a su consolidación. Optó por un sueño que se demostró imposible -y fatal- en vez de 'trabajar' un régimen con orden. Tanto en la calle como en los cuarteles.

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