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Opinión
Ana Bernal-Triviño

Ana Bernal-Triviño

Profesora de la UOC y periodista.

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La final que Trump nunca quiso

No hay respuesta más contundente a los discursos del odio que un estadio entero celebrando los goles de los hijos de la inmigración

Archivo - Arxiu - El president d'Estats Units, Donald Trump

Archivo - Arxiu - El president d'Estats Units, Donald Trump / Europa Press/Contacto/Mehmet Eser - Archivo

Habrá quien piense que España se juega un Mundial. Es más. Es la final que Trump nunca quiso. Es el presidente de España y el presidente de Estados Unidos en el mismo palco. El peso simbólico y geopolítico es enorme. Frente a una final en español estará el Trump que eliminó la lengua española en la web de la Casa Blanca. El Trump que dijo que los españoles son “mala gente” estará en un estadio rodeado de todos ellos. El Trump que telefoneó al presidente de la FIFA para levantar la sanción a un jugador norteamericano verá en el césped a un equipo español que ha llegado por méritos propios, sin trampas ni llamadas. El Trump que convirtió la persecución de la inmigración irregular en bandera de su presidencia, verá a jugadores españoles con historias de superación y diversidad. Por cierto, el mismo que acaba de pagar la semana pasada 5,6 millones de dólares por abuso sexual a una escritora. El adalid de políticas antifeministas que sabe que, también España, tiene como campeona del mundo a su selección femenina de fútbol.

Hay finales que enfrentan a dos selecciones. Esta enfrenta dos relatos del mundo. Cuando Trump mire al terreno verá aquello contra lo que ha construido buena parte de su proyecto político. Verá a Lamine Yamal, que levanta la bandera de Palestina, hijo de un padre marroquí y de una madre nacida en Guinea Ecuatorial. Verá también a Nico Williams. Sus padres cruzaron el Sáhara, caminaron kilómetros de desierto con los pies quemados, y su madre estaba embarazada cuando saltó la valla de Melilla. No hay respuesta más contundente a los discursos del odio que un estadio entero celebrando los goles de los hijos de la inmigración. Y a kilómetros de allí, los gazatíes despreciados por Trump y Netanyahu irán con España, en un instante de evasión frente a la devastación.

16 años después de la primera victoria es también un Mundial marcado por la ironía de la historia. La hemeroteca nos devuelve a niños que decían entonces preferir que se acabara el paro en nuestro país antes de que ganara España. Aquella era una época de drama económico en muchas casas. Hoy esa angustia se redujo bastante. En 2010 necesitábamos olvidar la crisis. En 2026 necesitamos recordar quiénes somos. Junto a los recuerdos de quienes estuvieron en aquel mundial y ya no. Junto a la alegría de compartirlo con quienes están.

Lo que no cambia es que en partidos como este, las mujeres que tienen a su lado un agresor machista están más expuestas. Solo en los masculinos, nunca en los encuentros femeninos, ojo. Ojalá que, igual que están campañas de prevención como “si bebes, no conduzcas”, los medios recordaran en directo campañas contra la violencia machista en máxima audiencia.

Quizá España no gane el Mundial. Pero ya ha ganado algo mucho más difícil: demostrar que una nación puede ser más fuerte cuando no alimenta el miedo. Hay partidos que se ganan con goles. Y hay derrotas que ocurren antes de llegar al encuentro. Algunas finales no las decide el marcador. Las decide la historia.

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