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Opinión | Experiencia humana

Agnès Marquès

Agnès Marquès

Periodista

La duda ofende

La pausa parece pensamiento; la vacilación, prudencia; el "déjame ver”, rigor" Quien contesta demasiado deprisa da la impresión de no haber pensado nada, aunque sepa perfectamente de qué habla.

Las cadenas de pensamiento artificial y humana son semejantes en algunos puntos.

Las cadenas de pensamiento artificial y humana son semejantes en algunos puntos. / Crédito: Steve Johnson en Unsplash.

Mi inteligencia artificial, el chatbot que utilizo para buscar cosas en internet, ha cambiado de personalidad en los últimos días sin avisar: ha empezado a dudar. Es puro postureo, claro, pero a cualquier cosa que le pregunto, la tipa —tiene voz femenina— me suelta: "Ummm, déjame ver…", y deja una pausa dramática como si estuviera volcada sobre una enciclopedia centenaria, recorriendo un texto con el dedo hasta encontrar la respuesta adecuada. Una de las veces hasta soltó: "Ajá, sí, lo tengo". El tono es profesional, de asistente perfecta: eficiente, humana, resolutiva siempre. Será embustera. Le digo: "¿Qué haces dudando?", y entonces se disculpa. De locos.

Pienso en la mente que programa a la bicha y que ha considerado que es mejor que haga ver que duda. ¿Para qué es mejor? ¿Qué intenciones —oscuras y retorcidas, seguro— hay detrás de ese cambio? ¿Y si a mí me gustaba una inteligencia artificial robótica, fría, sin respiraciones impostadas ni vacilaciones? Alguien ha creído que es mejor para su negocio representar la duda. Y probablemente tenga razón.

La pausa parece pensamiento; la vacilación, prudencia; el "déjame ver”, rigor" Quien contesta demasiado deprisa da la impresión de no haber pensado nada, aunque sepa perfectamente de qué habla. Quien tarda un poco parece haber sometido la respuesta a un examen interior.

Un estudio presentado en 2025 sobre agentes de voz lo confirmó. Sesenta y un participantes interactuaron con dos versiones: una fluida y otra que introducía vacilaciones como uh y um. Después de la conversación, el agente que vacilaba fue percibido como más competente y fiable que el que hablaba de manera perfectamente fluida. Curiosamente, no pareció significativamente más humano. Pareció, sobre todo, más solvente.

Así que no le han enseñado a dudar. Le han enseñado el efecto de la duda en nosotros. Han convertido una experiencia humana compleja en una técnica de persuasión.

Estos días, mientras mi inteligencia artificial ha empezado a fingir que duda, el viejo termómetro del Portal de l’Àngel de Barcelona se ha quedado sin números, “sólo” llega a los 40 grados. La primera máquina no para de adaptarse para parecer más humana; a la segunda no ha dudado jamás hasta verse vencida por una realidad extrema no imaginada, no alcanza a mostrar lo que ya está pasando.

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