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Opinión | Amnistía
Ernest Folch

Ernest Folch

Editor y periodista

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Puigdemont, ¿salvación de Sánchez?

Ninguna táctica dilatoria puede ya esconder lo más trascendente que sugiere el texto del TJUE, y es que el célebre 'procés' catalán nunca debió resolverse en la judicatura, sino en la política

La justicia europea avala la ley de amnistía y abre la puerta al regreso de Puigdemont

Archivo - El presidente de Junts per Catalunya, Carles Puigdemont

Archivo - El presidente de Junts per Catalunya, Carles Puigdemont / Glòria Sánchez - Europa Press - Archivo

Aznar dijo que España estaba "en proceso de destruirse" y Felipe González que "es intolerable porque hace desaparecer el delito". Feijóo juró que era una "cacicada" y Ayuso aseguró que era "un ataque al Estado de derecho". Son solo algunas de las innumerables perlas que provocó la amnistía a cambio de legislatura que pactaron en 2023 Sánchez y Puigdemont. La realidad es que el TJUE ha tirado a la papelera de la historia todas aquellas hiperventilaciones y llamadas al apocalipsis patrio, y se ha encargado de ridiculizar la histeria que despertó hace menos de tres años: hasta ha sostenido que ni siquiera fue una autoamnistía, sino un paso lógico para lo que ha calificado como "reconciliación nacional", y ha reconocido que aquella decisión sirvió para recoser muchas heridas. La sentencia ha servido también para dejar en evidencia la estrategia de la confrontación, fuera de quien fuera, y se ha convertido en un aval para los que sostuvieron que el despiadado fallo del juez Marchena contra los políticos catalanes fue una venganza injustificable sin ningún fundamento jurídico. Es posible, y hasta probable, que el Supremo intente ahora ganar tiempo a la desesperada con la única finalidad de desviar la atención y tapar así el bofetón que le ha propinado la justicia europea. Pero ninguna táctica dilatoria puede ya esconder lo más trascendente que sugiere el texto del TJUE, y es que el célebre 'procés' catalán nunca debió resolverse en la judicatura, sino en la política. Aquel inoperante gobierno de un tal M. Rajoy delegó en un tribunal lo que en realidad era un asunto estrictamente suyo, y pensó que era mejor que un juez le hiciera el trabajo sucio que él no se atrevía a hacer.

Lo fascinante de esta larga historia, vista ahora en perspectiva, es que toda la derecha que nos explicaba que la única vía de solucionar el enquistado problema nacional era la de la represión ha terminado avergonzada y puesta de cara a la pared por la justicia europea, que le ha enmendado por entero su estrategia fallida de la última década. Efectivamente, a estas alturas del partido, y con todos los misiles mediáticos apuntando a la familia de Sánchez para derrocar el Gobierno como sea, la derecha rabiosa ha perdido todo el interés en Puigdemont, a quien simplemente quieren olvidado en un rincón. Pero el bofetón europeo ha sido tan sonoro que la central lechera madrileña de repente corre el peligro de encontrarse con que el presidente en el exilio vuelva antes de las elecciones, y cambie otra vez por sorpresa el centro de gravedad del debate público. La paradoja es que la vuelta de Puigdemont sería ahora un balón de oxígeno para Pedro Sánchez, que al menos podría huir del nubarrón negro de la corrupción y sacudir el tablero de la política nacional. Guste o no, Puigdemont tiene hoy más capacidad de debilitar a la derecha española que de movilizar al independentismo. Son las increíbles vueltas que llega a dar la imprevisible y delirante política patria. ¿Quién decía que no había partido?

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