
Profesor emérito de Esade (URL)
De explotados a prescindibles
Esta tendencia de plantear como problemas personales lo que son desajustes sociales hace que cerremos los ojos ante la pandemia estructural que los provoca

Leonard Beard / 5
A finales del año pasado se publicó un estudio detallado sobre los valores en Catalunya, que es también una ecografía moral. No se trata, sin embargo, de un ensayo ni de una encuesta, sino del 'Informe sobre exclusión y desarrollo social en Catalunya', de la Fundación Foessa. Un informe riguroso, elaborado por instituciones e investigadores de primer nivel que, precisamente por ello, constituye un excelente retrato de los valores de la sociedad catalana. No es momento de resumir sus datos, sino de hacer que los datos nos lean a nosotros. Si el papa Francisco nos alertó sobre la globalización de la indiferencia, este informe pone de relieve la catalanización de la indiferencia.
Se nos repite constantemente que, en nuestro contexto actual, los datos macroeconómicos son bastante buenos. Los que no lo son, nos dice el informe, son las situaciones personales. Lo pone crudamente de manifiesto la tendencia institucional a ir desplazando a las personas sin hogar para que no estropeen la imagen que querríamos vender. El informe muestra por enésima vez, por ejemplo, cómo la falta de vivienda disponible es una pandemia que fabrica exclusión, una verdadera emergencia social, aunque todavía hablamos de ella como una suma de problemas y fracasos personales; problemas y fracasos muy extendidos, sí, pero bajo el principio de sálvese quien pueda.
Esta tendencia de plantear como problemas personales lo que son desajustes sociales hace que estemos convirtiéndonos en una sociedad que reclama cuidados paliativos frente a ciertos excesos, pero que cierra los ojos ante la pandemia estructural que los provoca. Si todas las personas e instituciones que trabajan de manera constante y cotidiana acompañando el dolor de la precariedad y la incertidumbre hicieran aunque solo fuera un día de huelga, el derrumbe del sistema sería colosal. Porque quienes sostienen nuestro agujero negro son las personas e instituciones que han convertido los datos en rostros, sin conseguir, sin embargo, romper el hielo de quienes viven en el confort de la catalanización de la indiferencia mientras a su alrededor se cronifica la vulnerabilidad.
El trabajo ha dejado de ser un mecanismo de inclusión. Se puede tener empleo y no salir de la vulnerabilidad: el trabajo —determinados trabajos— no permite vivir con dignidad
Porque uno de los elementos más impactantes del informe es que pone negro sobre blanco que el trabajo ha dejado de ser un mecanismo de inclusión. Se puede tener empleo —y empleos— y no salir de la vulnerabilidad: el trabajo —determinados trabajos— no permite vivir con dignidad. El trabajo —determinados trabajos— no solo no protege de la vulnerabilidad, ni contribuye a la inclusión social, ni es un componente de emancipación sino que, bajo el nombre de trabajo, consolida la precarización. Quizá convendría que cuando las estadísticas nos hablan de ocupación nos hicieran la radiografía de cuánta de esa ocupación es indisociable de la precarización y la vulnerabilidad.
Quizá ha llegado la hora de decir que, además de ayudar y acompañar a los empobrecidos y excluidos, deberíamos exigirnos no producirlos. Pero eso nos obligaría a convertir la lectura del informe en un ejercicio de discernimiento y no reducirlo a una lectura analítica y estadística. Hacen falta mejores políticas, por supuesto, y también decisiones (y no solo por parte de los gobiernos, sino también por parte de las instituciones, que hablan como si estos retos no fueran con ellas). Necesitamos un discernimiento porque lo que está en juego es tener el valor de mirar de frente y poner nombre a aquello que nos mueve y a nuestras elecciones.
Porque me parece que el cambio de fondo que se está produciendo es que se está modificando uno de los parámetros desde los que pensábamos los retos sociales y de justicia. Asociábamos las demandas de justicia a lo que verbalizaban los explotados (cuya situación generaba reivindicaciones y también una cierta conciencia de nosotros). Mientras que los cambios actuales están propiciando, además, el crecimiento progresivo de los prescindibles. Gente que, en el fondo, no es necesaria; que vive instalada en la precariedad y que puede coexistir con cifras macroeconómicas brillantes y empleos de primer nivel. Gente que no está en condiciones de construir un nosotros. Gente cuya existencia es una molestia de la que alguien debe ocuparse para que no se haga demasiado visible en una sociedad que se está acostumbrando a vivir sobre un número cada vez mayor de prescindibles.
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