
Vicepresidente del Parlamento Europeo.
Europa se abrasa: nuestras ciudades deben cambiar
Desmantelar la agenda climática no hará desaparecer las olas de calor; solo hará al continente más frágil, más pobre y más expuesto
Catalunya vive el junio más cálido de su historia y registra un nuevo récord de noches cálidas en Barcelona

Debido al cambio climático ya no hay lugar en el planeta a salvo de una ola de calor
Las ciudades europeas fueron diseñadas para un clima que ya no existe. Durante generaciones construimos calles, plazas, edificios e infraestructuras pensando en un clima relativamente estable. Ese supuesto ha desaparecido. Europa se calienta a un ritmo superior al doble de la media mundial y las olas de calor han dejado de ser episodios excepcionales para convertirse en una característica permanente de nuestro tiempo.
Junio de 2026 ha sido una demostración de ello. Europa occidental registró el junio más cálido desde que existen mediciones. Alemania superó los 41 grados. Barcelona alcanzó los 40,9 °C, un récord absoluto. Miles de personas fallecieron de forma prematura en apenas unos días. Detrás de cada récord de temperatura hay hospitales saturados, incendios forestales, pérdidas de productividad, infraestructuras sometidas a estrés y hogares donde simplemente resulta imposible descansar por la noche.
La ciencia hace tiempo que dejó de hablar en condicional. El cambio climático ya no es una amenaza futura. Es el clima en el que vivimos. Y Europa es, además, el continente donde ese cambio se manifiesta con mayor intensidad.
Y, sin embargo, mientras Europa se calienta, una parte de la derecha europea sigue dando la espalda a la evidencia. Quienes hace apenas unos años defendían la transición ecológica se deslizan hoy hacia el fanatismo climático de la extrema derecha. Han convertido la negación de la evidencia científica en un dogma ideológico y el Pacto Verde Europeo en el enemigo a batir. Como todo fanatismo, desprecian la evidencia cuando contradice sus prejuicios. Es una irresponsabilidad histórica. No existe prosperidad posible sobre un continente cada vez más vulnerable al calor extremo. Desmantelar la agenda climática no hará desaparecer las olas de calor; solo hará a Europa más frágil, más pobre y más expuesta.
Por supuesto, Europa debe seguir reduciendo emisiones. Cada tonelada de CO₂ que evitamos limita parte del calentamiento futuro. La descarbonización continúa siendo nuestra principal herramienta. Pero ya no basta.
La gran tarea de la próxima década será otra: adaptar nuestras ciudades a un clima distinto. No hablamos de instalar más aparatos de aire acondicionado. Hablamos de rediseñar el espacio urbano.
Necesitamos edificios capaces de mantenerse frescos mediante rehabilitación energética, ventilación natural y cubiertas vegetales. Calles donde la sombra deje de ser un privilegio y vuelva a formar parte del diseño urbano. Más árboles, pero sobre todo árboles adecuados, con suelo suficiente para crecer y generar sombra. Pavimentos que reflejen el calor en lugar de acumularlo. Suelos permeables que absorban el agua cuando llegan lluvias torrenciales. Corredores verdes que permitan circular el aire. Refugios climáticos accesibles para cualquier persona a pocos minutos de su casa. Tecnología capaz de identificar los barrios más vulnerables antes de que llegue la siguiente ola de calor.
Porque el calor tampoco afecta a todos por igual. Golpea con más fuerza a quien vive en una vivienda mal aislada, trabaja al aire libre o carece de espacios verdes cerca de su hogar. Adaptar las ciudades no consiste únicamente en hacerlas más sostenibles. Consiste en hacerlas más justas.
Barcelona lleva años anticipando parte de esta transformación. Ha hecho del urbanismo innovador una de sus señas de identidad. La recuperación del espacio público, las supermanzanas, los ejes verdes, la ampliación del arbolado o la red de refugios climáticos responden a una intuición que hoy adquiere una nueva dimensión: el urbanismo ya no ordena únicamente la movilidad o el crecimiento urbano; protege la salud de las personas.
Naturalmente, ninguna ciudad dispone de una solución perfecta. Toda transformación genera debates y exige correcciones. Pero Barcelona ha comprendido antes que muchas otras ciudades europeas una idea fundamental: el cambio climático también se combate diseñando mejor el lugar donde vivimos.
Europa debería convertir esa intuición en una política continental. Igual que impulsó el mercado único, Erasmus o NextGenerationEU, hoy necesita liderar una estrategia europea de adaptación urbana. Financiar la rehabilitación térmica de edificios, fijar nuevos estándares para el espacio público, impulsar soluciones basadas en la naturaleza y apoyar a los municipios debe formar parte de la nueva agenda europea.
Porque el desafío ya no consiste únicamente en preservar el planeta. Consiste en preservar las condiciones que hacen posible la vida cotidiana. Las ciudades que construyamos durante los próximos veinte años seguirán en pie a finales de siglo. Diseñarlas con los parámetros del pasado sería condenarlas a la obsolescencia antes de inaugurarlas.
Europa no puede impedir que el próximo verano vuelva a hacer 40 grados. Pero sí puede decidir si quiere afrontarlo con ciudades pensadas para el clima del siglo XX o con ciudades preparadas para el del siglo XXI. Esa será una de las grandes decisiones políticas de nuestro tiempo.
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