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Periodista
Trump se adentra en una guerra sin fecha de caducidad

Donald Trump restablece el cerco naval a Irán y dice que cobrará 20 % por proteger a buques en el estrecho de Ormuz.
Vuelve la sombra de la incertidumbre máxima en Oriente Próximo con la reanudación de las hostilidades entre Estados Unidos e Irán a partir del pasado fin de semana, cuando se cumplían veinte días de los 60 que se dieron las partes para consolidar la paz después de acordar el alto el fuego. Planea sobre el estrecho de Ormuz el espectro del precio del petróleo de nuevo desbocado, el FMI y el Banco Mundial advierten sobre los riesgos inherentes a la caída récord de las reservas de petróleo y la necesidad de incrementarlas para evitar que se disparen los preciso de la energía. Muchos pilares de la economía se tambaleen o emiten señales de quebranto, incluido el peso que todo ello tiene en los países más vulnerables, menos proveídos de medios para afrontar la crisis. Todo adquiere una vez más el cariz amenazante que siguió al ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán del 28 de febrero.
Es la república de los ayatolás un adversario que propende a una radicalización permanente de la crisis, con la Guardia Revolucionaria al frente de las operaciones. Es Donald Trump el presidente peor dotado para las sutilezas de la diplomacia y la articulación de un modus vivendi realista con Irán, sumergido en la estrategia israelí, en esa necesidad incontestable de Binyamin Netanyahu de alimentar la guerra y desoír sistemáticamente las indicaciones de la Casa Blanca, de secundar sus objetivos inmediatos para salir del laberinto y cantar victoria. El reputado analista Steve Erlanger resalta en The New York Times la “trampa presidencial” en la que ha caído Trump y saca una inquietante conclusión: “Nadie inicia una guerra esperando que dure para siempre. Sin embargo, desde Vietnam, los presidentes estadounidenses se han visto envueltos repetidamente en conflictos que parecen interminables, al menos hasta que el siguiente presidente -o el que sigue a este- decide que el coste y el sufrimiento político no valen la pena, declara la victoria y regresa a casa. En cuanto a Irán, el presidente Trump podría haber caído en la misma trampa”.
Una mezcla de improvisación y gusto por los desplantes ha llevado a Trump a dar por rotas las negociaciones, aunque alguna forma de contacto indirecto se mantiene, después de cantar victoria sin que cupiera dar con tal victoria sobre el terreno. La última ocurrencia de Trump, imponer un peaje a los barcos que pasen por el estrecho a cambio de garantizarles su seguridad, es el último despropósito de una guerra estúpida que solo Israel precisa. Puso el inquilino del Despacho Oval el grito en el cielo cuando Irán empezó a hablar de peajes, y sin embargo él los justifica ahora y añade una prueba más a su desprecio por el derecho internacional, esta vez en el ámbito de las normas que regulan la libertad de navegación. Y demuestra una vez más que carece de un plan concreto para acabar con la guerra y admitir que no ha lugar a presumir de haber vencido, como por lo demás es evidente.
A las encuestas que revelan que crece sin parar la oposición de la opinión pública al sometimiento a la estrategia israelí se añade ahora la última votación en la Cámara de Representantes, donde más de la mitad de los legisladores demócratas apoyaron el miércoles recortar del presupuesto de Asuntos Exteriores 3.300 millones de dólares en ayuda militar y humanitaria destinados a Israel. La propuesta no salió adelante, pero es significativo que la líder de la minoría demócrata, Katherine Clark, la secundara y otros diez demócratas se abstuvieran en un episodio insólito después de décadas de apoyo sin fisuras a Israel. Uno de los promotores de la iniciativa fue el republicano Thomas Massie, aunque a la hora de las votaciones todos los republicanos la rechazaron.
El razonamiento básico de los que votaron a favor fue simple y claro: fue la manera de manifestar su oposición “a las acciones del Gobierno israelí en Gaza, Cisjordania y Líbano”; fue el modo de reclamar un cambio sustancial en la relación de Estados Unidos con Israel. Lo que es tanto como decir que se trató de una iniciativa encaminada a reclamar un cambio en la sujeción de Trump a Netanyahu, versión corregida y aumentada de la que en un primer momento escenificó Joe Biden al inicio de la invasión de Gaza a sangre y fuego. En esa crisis regional de repercusión universal no hay atajos posibles, solo el realismo tiene cabida: la aceptación y el hecho cierto de que el hipotético descabezamiento de la teocracia iraní al principio de la guerra sirvió en bandeja de plata a la facción más radical del régimen ocupar todos los puentes de mando. Se trató de un descomunal error de cálculo que hoy paga con creces Estados Unidos, que no afecta a la dinámica política israelí y que plantea una pregunta sin respuesta a corto plazo: ¿cuánto puede alargarse una guerra en la que la Casa Blanca no quiere ir más allá de las operaciones navales y aéreas en curso para no contabilizar bajas?
El nubarrón de la guerra sin fecha de caducidad está ahí, potencial origen de un inevitable desgaste político con las elecciones de mitad de mandato a menos de cuatro meses vista, la inflación sin corregir, los tipos de interés estancados y las encuestas cada día más amenazantes para la mayoría republicana en la Cámara de Representantes y quizá en el Senado. Avanza la impresión de que a los asesores de Donald Trump empieza a aparecérsele en sus peores pesadillas el recuerdo del coste electoral pagado por Jimmy Carter en 1980 -perdió la presidencia- a raíz del fracaso de la operación destinada a rescatar a los rehenes estadounidenses en poder del ayatolá Jomeini. Carece Irán de las debilidades estructurales de Venezuela, que permitieron el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, y gestiona, en cambio, la cultura del martirio, una abigarrada mezcla de determinación, fanatismo religioso y disciplina militar próxima a cumplir medio siglo. Sin que, por lo demás, exista algo remotamente parecido a una oposición exterior movilizadora, capaz de poner en jaque a un régimen férreo, dispuesto a resistir y contraatacar como sucede ahora, aunque Trump amenace con el apocalipsis.
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