
Periodista
La bañera de Messi y Lamine
La famosa foto del diario 'Sport' de los dos astros hace 18 años es la mejor tarjeta de visita de una final de dos equipos que simbolizan el triunfo del colectivo sobre la individualidad
El origen de la foto de Messi bañando a Lamine Yamal

Las imágenes más buscadas de Leo Messi con Lamine Yamal. / Joan Monfort - SPORT
La famosa foto de Leo Messi bañando a un Lamine Yamal bebé ha vuelto a dar la vuelta al mundo desde que España y Argentina se clasificaron para la final del Mundial. La imagen se tomó en 2007 y formó parte de un proyecto solidario impulsado por el diario 'Sport' junto al FC Barcelona y UNICEF. La iniciativa consistía en un calendario anual en el que jugadores del primer equipo posaban con niños vinculados a programas sociales. Nadie podía imaginar entonces que aquella escena doméstica acabaría convertida en una de las estampas más poderosas del fútbol contemporáneo.
Los aficionados de todo el mundo siguen asombrados. ¿Qué posibilidades había de que Messi posara junto a un niño que, dieciocho años después, sería la estrella de la selección española contra la que el astro argentino intentaría conquistar otro Mundial? En clave azulgrana, además, la coincidencia resulta todavía más simbólica: dos futbolistas formados en La Masia, con trayectorias que se cruzan en momentos opuestos de sus carreras. Si alguien hubiera escrito un guion con esta idea, probablemente habría sido descartado por inverosímil. Pero el fútbol es una fuente inagotable de historias extraordinarias.
Por supuesto, la foto admite también una lectura social. Aquel pequeño Lamine Yamal formaba parte de un programa de apoyo. Hoy algunos lo presentan como un ejemplo de integración, mientras otros llegan a discutir que sea realmente español —¿o es que Mariano Rajoy solo lo piensa de Francia?—. Sin embargo, su caso no valida por sí solo ningún relato político. Triunfar en el deporte no es la norma, sino la excepción. Ni Lamine Yamal ni otros casos, como el de Nico Williams, representan por sí solos el éxito de una determinada política migratoria. Encarnan, más bien, la victoria del mérito personal en contextos donde el deporte se percibe como una vía de ascenso social.
Es precisamente en los entornos más humildes donde el balón deja de ser únicamente un juego para convertirse en una oportunidad. No se trata de un fenómeno nuevo ni exclusivo de España: ocurre desde hace años en toda Europa. Países como Marruecos lo han comprendido perfectamente y han reforzado sus selecciones con jugadores nacidos o formados en el continente europeo.
La imagen de los dos jugadores conecta con la mejor versión del Barça como institución. Ambos encarnan un modelo basado en la excelencia deportiva, el trabajo de cantera y una vocación universal
La imagen de Lamine Yamal y Messi conecta también con la mejor versión del Barça como institución. Ambos encarnan un modelo basado en la excelencia deportiva, el trabajo de cantera y una vocación universal que trasciende fronteras. La Masia no es solo una fábrica de jugadores, sino un ecosistema capaz de detectar, formar y proyectar a jóvenes promesas sin importar su origen. Que los dos protagonistas de esta historia compartan ese sello convierte la final en algo más que un partido: es también un motivo de orgullo para el barcelonismo y, por extensión, para Catalunya.
En el plano estrictamente deportivo, el duelo entre España y Argentina permite establecer una comparación interesante con otras grandes selecciones. Frente a combinados como Brasil, Francia o Inglaterra, repletos de figuras deslumbrantes, los dos finalistas han construido su éxito a partir de una idea colectiva. Mbappé, Bellingham o Vinicius han quedado fuera no por falta de calidad, sino por la dificultad de articular un sistema capaz de potenciar a todo el equipo.
A Lamine se le reprocha no haber firmado un torneo deslumbrante; a Messi, depender de un bloque que trabaja para él. Pero ahí reside precisamente la clave: ninguno de los dos compite aislado. Tanto España como Argentina funcionan como conjuntos en los que las cualidades individuales se integran en una estructura común, y no al revés.
Existe, además, una diferencia emocional evidente entre ambos contextos. Messi juega arropado por un país entero que lo venera y lo ha convertido en símbolo nacional. Lamine, en cambio, convive con una realidad más compleja: una parte del entorno mediático y social parece aguardar su tropiezo para cuestionarlo. Y, sin embargo, el joven responde con una serenidad poco habitual para su edad.
Esa mirada tranquila, casi ajena al ruido, ya estaba presente en aquella fotografía de 2008, cuando apenas era un bebé y el mejor jugador de la historia lo bañaba sin saber a quién tenía entre manos.
Qué guionista, la vida, que ha querido reunirlos de nuevo, esta vez en el mayor escenario posible. Nueva York como telón de fondo, un Mundial en juego y una imagen convertida ya en leyenda. No es solo una coincidencia extraordinaria: es también una historia sobre el paso del tiempo, la capacidad individual y la imprevisibilidad del fútbol. Y, por tanto, de la vida.
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