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Opinión | Movilidad
Care Santos

Care Santos

Escritora

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Vulnerable

Sé que en cualquier momento, tanto por culpa mía como de otro, tenga la edad que tenga y haga lo que haga, yo puedo ser la próxima

Santa Perpetua de la Mogoda (Valles Occidental) 19.12.2010. Sociedad. Cursos de conduccion segura para motoristas. Dg 101219 JP ex 7372 en la foto: Alumnos de conduccion de motocicletas en el Instituto de Seguridad de Honda foto: Joan Puig

Santa Perpetua de la Mogoda (Valles Occidental) 19.12.2010. Sociedad. Cursos de conduccion segura para motoristas. Dg 101219 JP ex 7372 en la foto: Alumnos de conduccion de motocicletas en el Instituto de Seguridad de Honda foto: Joan Puig / Bcn

10:24 de la mañana de un martes. Voy en moto por la autopista C-32 camino de Barcelona. De pronto, un rótulo luminoso me advierte: «Motorista, eres vulnerable». A continuación, una información sobrecogedora: 30 motoristas han muerto en las carreteras catalanas en lo que llevamos de año. El mensaje me sorprende. Porque es la primera vez que lo veo y por el cambio de focalización que supone: no se centra en la moto, el vehículo, sino en mí, la conductora. Alguien que va sobre un trasto que alcanza la misma velocidad que un coche pero sin airbag ni cinturón de seguridad ni carrocería que absorba o minimice el impacto. El mensaje me da un toque de atención que en realidad significa: un despiste de un solo segundo te puede salir muy caro.

Voy en moto desde los 14 años. Con el tiempo, mis motos han crecido y yo también: empecé con una de 49 centímetros cúbicos y ahora conduzco una 400. Sé que la actual es mi límite. Llevo moto porque me gusta, porque me proporciona una sensación de libertad insuperable y porque —ejem— me ayuda a sentirme joven (algo que obviamente no me pasaba a los 14). Todo eso me compensa de la evidencia de que ir en moto es peligroso. Esto último lo he comprobado por mí misma. Como dice un amigo: «Los motoristas se dividen entre los que se han caído y los que se caerán». Yo pertenezco al primer grupo. Por suerte para mí, no fue grave. Pero sí lo bastante doloroso para que no quiera caerme más. Comprenderán que trate de evitarlo a toda costa y que los años me hayan vuelto algo prudente (aunque no lo bastante como para renunciar a la moto) y también algo paranoica: gran parte del tiempo que paso sobre dos ruedas estoy pensando en un posible accidente. Qué pasaría si ahora me empotrara contra ese autobús, o qué si ese monovolumen invadiera mi carril, y así con cada uno de los vehículos con los que me cruzo. Estoy segura de que ese terror me ha librado de unos cuantos accidentes. Y también que soy muy contradictoria (y puede que temeraria) si a pesar de todo aún voy en moto. Pero los motoristas no solo somos vulnerables, también somos tercos, románticos y un poco incongruentes.

Como también soy adicta a leer estadísticas, me autoengaño recordando algunos datos reales: soy mujer, tengo más de 55 años, casi nunca voy en moto por carreteras ordinarias y suelo usar la moto los días laborables. Todo ello me aleja de la mayor siniestralidad, que afecta a hombres de 20 a 55 años que circulan por carreteras ordinarias durante los fines de semana. Pero todo el mundo puede escaparse de las estadísticas, me digo, volviendo al principio, es decir, al rótulo de la nueva campaña de la DGT y a la vulnerabilidad de la motorista. Sé que en cualquier momento, tanto por culpa mía como de otro, tenga la edad que tenga y haga lo que haga, yo puedo ser la próxima.

Al volver a casa dos horas más tarde, paso debajo de otro rótulo, idéntico al primero, pero distinto. Ahora la información es más sobrecogedora. Los muertos son ya 31. Y esta vez tampoco he sido yo.

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