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Opinión | Televisión
Miqui Otero

Miqui Otero

Escritor

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Grand Prix vs. Mundial de fútbol

Los críticos del programa lo tildan de rancio, pero yo creo que ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos, pasando de la furia testosterónica de Hemingway a la estética aniñada de Wes Anderson

Polinyà vs Cantalejos en 'El Grand Prix'

Polinyà vs Cantalejos en 'El Grand Prix' / RTVE

¿Es más importante el Mundial de fútbol o el Grand Prix? Y, por tanto: ¿tiene más poder Infantino o Ramón García? Bien, en mi casa, donde los críos han decidido que la capital de Francia es Eurodisney y que el verano empieza el primer lunes del programa de la vaquilla (y no con el capricho astronómico del solsticio), no está muy claro.

Hace unas tres vacaciones, mis hijos descubrieron el programa “para el abuelo y el niño”, como reza la canción, ese espacio que mezcla la verbena estival y los videojuegos de plataforma, la charanga de pueblo y el atletismo ateniense. Aquel julio se celebraban Juegos Olímpicos, pero mis hijos lo tenían claro. Ante un retraso de la emisión del programa para retransmitir una final de remo, el crío de seis y la de tres, sus edades entonces, no aguantaron más: “¿Es que no ven que es mucho más importante el Grand Prix que las Olimpiadas?”.

No voy a negar que el Grand Prix tiene a favor la magia del lenguaje, que se vierte en cada disciplina y prueba. No es comparable la literalidad de nombres como tiro con arco, salto de longitud o baloncesto con la capacidad evocadora y poética de Los Ki-Monos, Alicia en el País de las Caidillas, Los pingüinos matemáticos, Hormigas para siempre o, en fin, Baloncesto en pañales. Por no hablar, claro, de Los troncos locos o La patata caliente.

Es el Grand Prix una versión simplificada del parchís, o una versión lúdica e inofensiva de la guerra civil: amarillos contra azules. El hecho de que participen pueblos y no clubes de grandes ciudades espolea una especie de euforia a vida o muerte mientras intentas meter un gol soplando o te abalanzas sobre el resultado de un cálculo disfrazado de pingüino emperador.

Los críticos del programa lo tildan de rancio, pero yo creo que ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos, pasando de la furia testosterónica de Hemingway a la estética aniñada de Wes Anderson. Si en los inicios la vaquilla era un animal real (algo que perturbó a mis niños cuando les puse un Youtube de la primera temporada: lo visionaron con el miedo de que en cualquier momento aparecería un león que se comería en vivo y en directo a un gladiador), ahora es un peluche (se llame María Eugenia o Jorgita). Por otro lado, y aunque sigue llevando el timón un Ramonchu impermeable a las borrascas del paso del tiempo, no lo complementan meras secretarias ligeras de ropa, como solía suceder en el pasado, sino copresentadoras tronchantes como Lalachus o atletas 'slapstick' como Wilbur, el gimnasta mostachudo.

El Grand Prix es nítido y perfecto en su sencillez. “Perfecto como la rueda o el cuchillo”, como dijo Umberto Eco de los libros como formato físico. Hace la gracia universal del tartazo en la cara y la piel de plátano en el suelo, pero con la emoción (una emoción que siempre va más allá del premio y que tiene que ver con otra cosa) de la rifa o el bingo de la fiesta patronal.

Pero, como decía en un inicio, lo que me maravilla es que la palabra tiene, en fin, la última palabra. Hay pruebas deportivas de todo tipo donde prima lo atlético, pero en realidad el programa se decide cada semana en la prueba El Gran Diccionario, donde los concursantes tienen que adivinar si cierto sustantivo o adjetivo es una invención o real. La mezcla de Humor Amarillo y María Moliner es impagable, en estos tiempos resabiados y a la vez necios. Y lo digo sin ironía, porque a mí el calor me despoja de ella. “El olor a crema Nivea es sintoma de civilización”, escribió Roberto Bolaño, recién llegado a Blanes. Lo mismo podría decir del Grand Prix.

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