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Opinión | AP-7
Alejandro Giménez Imirizaldu

Alejandro Giménez Imirizaldu

Arquitecto por la ETSAB, profesor de urbanismo de la Universitat Politècnica e investigador del Laboratori d’Urbanisme de Barcelona.

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Asfalto movedizo

La autopista pide más brea, el planeta acciones que dejen de alimentar la demanda del vehículo privado

Dónde y cómo ampliar la AP-7: la urgencia de terceros y cuartos carriles para descongestionar las Terres de l'Ebre, el Vallès y el Penedès

Autopista AP-7 a la altura de Sant Cugat del Vallès.

Autopista AP-7 a la altura de Sant Cugat del Vallès. / Ferran Nadeu / EPC

Operación salida, operación entrada. Nuestra cardiopatía motorizada se ritualiza cada verano con precisión quirúrgica e infinitas horas de pre y posoperatorio. Las retenciones en la AP-7 se han convertido en meme colectivo del colapso recurrente. Las autoridades desempolvan soluciones urgentes: cuatro proyectos de ampliación por valor de 500 millones de euros. Más carriles, más asfalto, más promesas de infinita fluidez.

Lewis Mumford advertía sobre “...la ingenua noción de que el problema puede resolverse aumentando la capacidad de las rutas de circulación existentes, multiplicando las vías de acceso a la ciudad o facilitando más plazas de aparcamiento para vehículos que, para empezar, nunca debían haber sido atraídos al centro urbano. Como el remedio del sastre contra la obesidad —ensanchar las costuras del pantalón y añadir agujeros al cinturón—, eso no va a contener la voracidad que está provocando la acumulación de grasa". 16 de abril de 1955, 'The Roaring Traffic's Boom', 'The New Yorker'.

La política de infraestructuras de una alineación de gobiernos supuestamente ecologistas puede estar sucumbiendo a un mismo complejo; creer que, si añadimos más carriles en Sant Celoni o el Penedès, la soltura aparecerá por generación espontánea. Desatienden el infinito efecto gas del coche y el principio de demanda inducida. La AP-7 pide más brea, el planeta acciones que dejen de alimentar la demanda del vehículo privado.

La discusión política y territorial tiene fondo cultural. Mientras el Corredor Mediterráneo se desdibuja entre promesas incumplidas y los cercanías manifiestan los efectos de una asfixia presupuestaria quincuagenaria, insistimos en convertir las autopistas en moles de dimensiones pantagruélicas. Existe un agravio comparativo que, en Catalunya, se percibe con nitidez: mientras aquí debatimos entre peajes o 'viñetas' para sobrevivir a los atascos, se observan con recelo rescates e inversiones generosas en otras latitudes. La fiscalidad progresiva podría aplicarse también a la movilidad: priorizar el transporte colectivo y la cohesión territorial sobre el subsidio constante a quien insiste en el coche y el camión. Aplicar las ventajas en capacidad, velocidad, eficiencia, impacto ambiental y siniestralidad del tren como medio prioritario para las vacaciones y las mercancías. No habrá playa de Portbou a Algeciras. Vean una foto satélite de España de noche. Falta un buen tren. Mercabarna ensaya una línea vertical de producto fresco hasta Oslo. Dale.

En fin, invirtamos lo que haga falta para parchear el momento, pero ¿y si destinamos una fracción a transformar el modelo para no perpetuar esta apnea? El problema de la AP-7 no radica tanto en el número o la estrechez de sus carriles como en la estrechez de miras de quienes siguen pensando que la única forma de movernos es en coche, de mover cosas, en camión. Esa estenosis cognitiva nos atrapa en terreno movedizo, nos ahoga en un páramo de asfalto en el que cuanto más construimos, más nos hundimos.

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