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Opinión

Madrid

La estrategia de Sánchez con Trump

El presidente español, por el momento, se ha salido con la suya. No quiere emprender la senda de aumento del gasto en defensa y seguridad hasta el 5% del PIB en 2035. Ha ido a Ankara pertrechado de datos, y ha conseguido aplacar al estadounidense.

08/07/2026. Ankara, Turquía. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, observa al presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, durante una sesión de trabajo de la cumbre de líderes de la OTAN.

08/07/2026. Ankara, Turquía. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, observa al presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, durante una sesión de trabajo de la cumbre de líderes de la OTAN. / Ansgar Haase/dpa / Europa Press

Una de las grandes cuestiones geopolíticas de nuestro tiempo es cómo lidiar con el hombre más poderoso del mundo. Donald Trump ha sido calificado de narcisista maligno, de tener los aires de grandeza de un rey y, al mismo tiempo, de buscar únicamente su interés personal. Nadie sabe realmente qué le pasa por la cabeza al presidente de Estados Unidos. Toma decisiones aparentemente impulsivas, como la de atacar Irán a pesar de las advertencias de sus servicios de inteligencia. Otras parecen basadas fundamentalmente en el lucro, como el acuerdo para apoyar a Ucrania a cambio de sus tierras raras o el secuestro de Nicolás Maduro para controlar el petróleo de Venezuela.

¿Cómo se le debe tratar para obtener los mejores resultados? Algunos han decidido que lo que mejor funciona es el halago sin límites. En ese club están el secretario general de la OTAN, Mark Rutte -“¿No tiene problemas de autoestima?”, le ha preguntado un periodista esta semana-; la líder venezolana María Corina Machado; o el presidente de la FIFA, Gianni Infantino. También estuvieron en ese grupo, en menor grado y de forma ocasional, el primer ministro británico, Keir Starmer; la italiana Giorgia Meloni; o el canciller alemán, Friedrich Merz. A casi todos ellos Trump los ha insultado y humillado, y pocos o ninguno han conseguido ventaja alguna con su actitud deferente.

Pedro Sánchez optó por otra vía: la de la confrontación ideológica, por interés electoral, por convicción o por una mezcla de ambas. Fue al choque por la guerra de Israel en Gaza, por la de Estados Unidos e Israel contra Irán y por el gasto en defensa. La estrategia, por el momento, no parece haber salido mal y esta semana ha conseguido un logro muy relevante.

Moncloa preparó con mimo la cumbre de la OTAN celebrada en Ankara. Se armó de datos que demuestran que España ha dado un salto de gigante en gasto en defensa. Desde que el Gobierno progresista llegó al poder en 2018, se ha pasado de apenas un 0,9% del PIB destinado a esa partida al 2,1% actual. Ese porcentaje ni siquiera refleja en toda su magnitud el incremento, porque el PIB ha crecido sostenidamente. Se entiende mejor expresado en euros: se ha pasado de apenas 11.000 millones de euros a 35.000 millones, según los datos distribuidos esta semana a la prensa por el Ejecutivo. No hay otra partida del presupuesto que se haya más que triplicado en este periodo. Y todo ello sin ni siquiera disponer de nuevos presupuestos, solo moviendo partidas de aquí para allá.

Sánchez y su equipo fueron esta semana a la capital turca pertrechados con estos guarismos. Era previsible que Trump cargara contra España en la cumbre. Y así lo hizo, como pocas veces antes: insultó a todos los españoles -“malas personas”- y los amenazó -“corten inmediatamente el comercio y las visitas”-. Pero luego, a puerta cerrada, una vez obtenidos los cortes de vídeo sulfúricos para Fox y TikTok -su nueva obsesión: “Soy el más popular en esa red”-, escuchó durante tres minutos la exposición del presidente español y vio que era buena.

En el avión de vuelta pasó de la ira a la loa y reconoció ante los periodistas el esfuerzo de España. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, empezó a cumplir, por si acaso, la orden de su jefe y ya tiene una lista de productos españoles a los que imponer aranceles, como Trump ya hizo con la aceituna y el aceite de oliva durante su primer mandato.

Pero Sánchez, por el momento, se ha salido con la suya. No quiere emprender la senda de aumento del gasto en defensa y seguridad hasta el 5% del PIB en 2035. Eso supondría, con los datos actuales, cerca de 85.000 millones de euros, una cifra similar al gasto público en sanidad y superior al destinado a educación. Representaría alrededor del 11% del gasto público total actual: aproximadamente uno de cada nueve euros.

Moncloa asegura que para llegar ahí habría que endeudarse o recortar servicios sociales. Otros países, apuntan, ya están bajo la lupa de los mercados internacionales por estar endeudándose demasiado. Francia, Bélgica e Italia ya estaban muy endeudados y el rearme agrava su fragilidad. Italia probablemente jamás alcanzará ese nivel de gasto, como ha reconocido implícitamente Meloni ante las críticas de la oposición. En 2035, prevén, Trump ya no estará. Mejor decir que sí y luego ir viendo.

De momento, un año después de que Sánchez se enfrentara a sus socios de la OTAN y a Trump al dejar por escrito -en un intercambio de cartas con Rutte- que no pretendía cumplir esa senda de gasto, la estrategia le ha funcionado. Ha incrementado drásticamente el gasto en defensa sin enfrentarse a sus socios de la izquierda y, al mismo tiempo, ha conseguido no elevarlo hasta donde le exigía Estados Unidos, sin represalias, por el momento.

¿Durará esta situación? Por ahora, como cuenta Iván Gil esta semana, al desvelar el aumento del gasto, Sánchez ha dado munición a la izquierda de la izquierda para criticarlo por ser, en palabras de Ione Belarra, un “señor de la guerra”.