
Periodista y escritor
El desamor al prójimo
Los periodistas debemos saber no solo lo que les sucede a los protagonistas de las historias sino que debemos indagar en lo que de veras sucedió y merece ser narrado
Trump afirma que España "se ha redimido por completo" y ha accedido a hacer un gran pago a la OTAN

08/07/2026. Ankara, Turquía. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, observa al presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, durante una sesión de trabajo de la cumbre de líderes de la OTAN. / Ansgar Haase/dpa / Europa Press
Desear que al prójimo le vaya mal es una manera de pasar el tiempo. Pasa en la vida cotidiana, en la calle e incluso en las casas, y así sucesivamente. Y ocurre, por supuesto, en el oficio que cultivamos y queremos, el oficio de periodista.
Nuestro trabajo, ya se sabe, tiene que ver con lo que ocurre, y naturalmente con lo que le sucede a los demás. Para que contemos eso que le pasa a los otros, los periodistas debemos saber no solo lo que les sucede a los protagonistas de las historias sino que debemos indagar, sobre todo, en lo que de veras sucedió y merece ser narrado.
Es muy complejo hallar de pronto la naturaleza real de cualquier cosa pero hay muchos de nosotros que cree (¡que creemos!, nadie está lejos de la posibilidad de narrar aquello que no conocemos del todo), que nos llevamos por la ocurrencia o por el bulo y saltamos a decir cualquier cosa para que los demás aplaudan lo que parece verdad, cuando tan solo es mera ocurrencia.
Contar que alguien cojea de esto o de lo otro, sin saber a ciencia cierta de la naturaleza de lo que creemos saber, está a manos de cualquiera, sobre todo si lo intuye o lo inventa sin que nadie haya llegado aún a desmentirlo. En nuestro caso, el de los periodistas, es muy grave que un redactor (y también un médico o un juez, pongo por caso) se invente o se vanaglorie de saber lo que sucede sin estar seguro de que dispone de una certeza radical, bien trabada.
En este tiempo en que el periodismo y sus sucedáneos se juntan de manera bien peligrosa me acerco con la insistencia al oficio que es mi viejo trabajo. Por razones que el tiempo ha ido haciendo perentorias los periodistas y los que no lo son verdaderamente (son comentaristas, abogados, cualquier cosa que los faculte para contar qué opina de lo que sucede) coinciden en los medios públicos o privados. Sus discusiones generalmente son desiguales, pues unos vienen de saberes de los que periodistas no tenemos tanta idea, mientras que otros, los periodistas, hemos decidido que el oficio ya nos faculta, también, para opinar en lugar de contar.
Este es un hecho interesante del que los periodistas hablamos poco, porque quizá nos dé vergüenza o algo de temor que nos hallen, los que no son periodistas, diciendo cosas de las que de veras no sabemos tanto pero que pueden integrarse en lo que digamos y resulte posible. Así que nosotros también hablamos de que posiblemente ocurrió en lugar de explicar lo que de verdad supimos y comprobamos.
Estos días ha ocurrido un hecho periodístico en el que, por razones que me parecieron milagrosas, todos los tertulianos (así somos: tertulianos, periodistas y no periodistas somos tertulianos) que, casualmente también, o quizá no, eran realmente periodistas que discutían acerca de lo que pasó con la muy sonada diatriba que hubo a cuenta de la visita de Trump a la OTAN. Como se supo en seguida y se comentó como si eso fuera a ser inamovible el tronante presidente de los Estados Unidos dijo, nada más despertarse de su viaje, que España era un país lamentable, cosa que en seguida tomaron como ley de honor los que se consideran más españoles que esos españoles a los que Donald Trump no quieren ni en pintura.
Trump les regaló a aquellos tertulianos que aun no habían escuchado lo que pasó después organizaron un alimento extraordinario, del que bebieron y comieron a placer, animados también por su corresponsal periodístico en la Casa Blanca. Organizaron todos un enorme guirigay para señalar, como hizo también el partido de la oposición, que en efecto esa misma noche debería dejar su cargo al representante español cuyo trono rompió el presidente de los Estados Unidos.
Fue muy pronto cuando este hombre que manda más que Dios en la tierra, o que lo siente así, dio marcha atrás: el desgraciado presidente español no era ya lo que él mismo había dicho, al contrario: todos los que habían estado en este coloquio mundial de la OTAN eran seres angelicales que se habían portado, desde el primero hasta el último, como buenas personas de las que se iba feliz. También el representante español, que esa misma noche había hablado de fútbol con Trump.
Viví el desenlace cuando ya se había acabado el coloquio aplaudido desde Madrid y desde la corresponsalía en Washington. Todos periodistas. A ver ahora dónde colocan todos ellos, tan tronantes, tan españoles, todo lo que les pareció por un rato la defenestración de su tal malquerido compatriota.
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