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Opinión | Arqueología
Jordi Puntí

Jordi Puntí

Escritor. Autor de 'Confeti' y 'Todo Messi. Ejercicios de estilo'.

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Un misterio en Cádiz

Me gusta creer que en ese sarcófago de ella reposa una presencia que añora a ese señor que la buscó incansablemente, por todas partes, y no se le ocurrió mirar bajo sus pies

El rincón natural de Cádiz con 16 kilómetros de playas paradisíacas que ha conquistado a Niña Pastori.

El rincón natural de Cádiz con 16 kilómetros de playas paradisíacas que ha conquistado a Niña Pastori. / Diputación de Cádiz

Pensar hoy en Cádiz, en pleno mes de julio, es sobre todo pensar en sus playas, en los baluartes donde cazar un poco de brisa atlántica, en los jardines y terrazas de la plaza de la Mina, donde las sombras del atardecer invitan a una cerveza helada. Pero, más allá del calor, la ciudad más antigua de Occidente está llena de historia, basta conocer a algún sabio que te lo cuente. Mi suerte, tal vez, fue llegar un mediodía de invierno, invitado por la universidad y con un gran anfitrión —Salvador Catalán—. Salimos a pasear por el centro, bajo una lluvia fina, y entonces, al pasar frente al Museo de Cádiz, me contó la sorprendente historia de Pelayo Quintero.

Este señor, un erudito castellano y arqueólogo aficionado, llegó a Cádiz en 1912. Unos años antes, en 1887, unas excavaciones en el puerto habían encontrado un sarcófago fenicio, de un hombre con barba, tallado en mármol hacía casi 2.500 años. Un objeto magnífico y solitario, pero donde hay un hombre debe haber una mujer, se decía Pelayo Quintero, y con esa idea fija se instaló en Cádiz, se hizo construir una casa y dedicó buena parte de su vida a remover necrópolis fenicias y romanas, buscando a la pareja femenina. Nunca la encontró. Murió en 1946, convencido de que la dama fenicia se hallaba en algún punto de la ciudad, y es como si su obsesión le hubiera sobrevivido: muchos años después, en septiembre de 1980, durante unas obras en la calle Ruiz de Alda —justo donde había estado la casa de Quintero— toparon con un bloque de mármol. Era ella: el sarcófago femenino, ahora ya conocido como la Dama de Cádiz. Había estado todos aquellos años bajo el patio de quien lo había buscado con tanta desesperación, en su jardín, bajo las palmeras.

Hoy, la Dama reposa en el museo junto al sarcófago masculino, a la vista de todos, y los gaditanos sabios deslumbran a los visitantes con su leyenda. Pero a mí me gusta creer que en ese sarcófago de ella reposa todavía un misterio, una presencia que añora a ese señor que la buscó incansablemente, por todas partes, y no se le ocurrió mirar bajo sus pies. Como nos ocurre tan a menudo.

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