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Opinión | Ágora
Nacho Martín Blanco

Nacho Martín Blanco

Diputado del PP en el Congreso de los Diputados

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Suárez como inspiración

Encarnó mejor que nadie los principios, valores y formas que hicieron posible una transición a todas luces modélica como la española

El entonces presidente, Adolfo Suárez, vota a favor de la Constitución. En Madrid, el 31 de octubre de 1978

El entonces presidente, Adolfo Suárez, vota a favor de la Constitución. En Madrid, el 31 de octubre de 1978 / MARIAN ROSADO / EFE

Hace unos días, el 3 de julio, se cumplían cincuenta años de la designación de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno. El acontecimiento pasó casi inadvertido en los medios y apenas tuvo repercusión institucional, más allá del recuerdo encomiástico del presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo. Nada dijo Pedro Sánchez en sufragio de un hombre cuya forma conciliadora de hacer política está en las antípodas del frentismo que caracteriza la del actual presidente del Gobierno.

No es casualidad que quienes se empeñan en devaluar el legado de la Transición, presentándola como una derrota o rendición, menosprecien la memoria de Suárez, que fue -junto con el Rey Juan Carlos y Torcuato Fernández Miranda- su gran hacedor. Suárez encarnó mejor que nadie los principios, valores y formas que hicieron posible una transición a todas luces modélica como la española. Su relación con Felipe González, que a pesar de las discrepancias políticas devino en sincera amistad personal, es fiel trasunto de su grandeza de espíritu.

Para quienes no tuvimos la suerte de vivirle en su esplendor político, pero compartimos con él su amor a España, a la democracia y a la libertad y una concepción conciliadora y constructiva de la política, Suárez personifica la virtud aristotélica de la amistad cívica, esa relación de respeto y solidaridad que se establece entre los ciudadanos de una nación, que la mantiene unida y la hace sostenible en el tiempo. Decía Ortega que los ciudadanos de una nación no conviven por el mero hecho de estar juntos, sino para hacer algo juntos.

Suárez tuvo claro que los españoles debíamos hacer algo juntos, y lo demostró dirigiéndose siempre con respeto a sus adversarios, que no enemigos, compatriotas con quienes supo entenderse por el bien de España. Él sí fue adalid del diálogo, y no otros que le han sucedido llenándose la boca con el vocablo, pero que a la hora de la verdad se han conducido como auténticos mercachifles del poder que anteponen sus intereses personales o partidistas al interés general de España.

Una cosa es estar abierto a dialogar respetuosamente con el adversario político en el marco de la Constitución y las leyes, y otra muy diferente estar dispuesto a mercadear con quien haga falta para alcanzar o mantener el poder. Esto último no es diálogo, sino chalaneo con el patrimonio colectivo de la Nación, que debe estar siempre al servicio del interés general de los españoles. Estos falsos profetas del diálogo están dispuestos a comprar sus intereses particulares pagando el precio de la traición a los principios democráticos y la discordia entre españoles.

Que Sánchez no se haya dignado siquiera mencionar a Suárez en el cincuentenario de su llegada al poder, da la medida del sectarismo cerril que caracteriza al actual inquilino de la Moncloa. Claro que Sánchez tampoco homenajearía a Felipe González ni a ningún otro político -ya sea de izquierdas o de derechas- que no entienda los partidos como agrupaciones de hostilidades comunes y la política como un campo de batalla entre enemigos irreconciliables. La diferencia entre Suárez y Sánchez es la distancia que va de la concordia como 'leitmotiv' al muro como estrategia política.

Concordia, reconciliación, urbanidad y sentido de Estado son las divisas que presidieron la acción de gobierno de Adolfo Suárez, un estadista a la altura de otros que le precedieron como Prim, Cánovas, Canalejas o Maura, gobernantes de ideologías diversas que supieron defender sus ideas con firmeza, pero anteponiendo siempre el interés general a los intereses particulares. Suárez se atrevió a seguir el consejo de su admirado Julián Marías, que abogaba por evitar las fórmulas negativas que necesitan apoyarse en lo que combaten: “no hay que antiser, hay que atreverse a ser”.

Suárez se atrevió a ser, y por ello será siempre inspiración para quienes creemos que otra política es posible y defendemos la convivencia respetuosa entre españoles, para dejar atrás el muro levantado por Sánchez y recuperar la concordia.

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