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Opinión | Bloglobal

Albert Garrido

Albert Garrido

Periodista

La necrosis trumpista llega al Mundial

Gianni Infantino muestra la Copa del Mundo a Donald Trump, en la Casa Blanca. | ANNABELLE GORDON / EFE

Gianni Infantino muestra la Copa del Mundo a Donald Trump, en la Casa Blanca. | ANNABELLE GORDON / EFE

El trumpismo necrosa cuanto toca. Llegados al Mundial de fútbol, la necrosis ha alcanzado a la FIFA, dispuesta a enfangarse en un lodazal con la insólita suspensión de la sanción impuesta a Folarin Banoglu, jugador de Estados Unidos castigado con una tarjeta roja en el partido anterior al que su selección jugó con Bélgica y perdió (1-4), con Banoglu en el campo, que no en la grada, que es donde debía estar. En el resultado hay algo de justicia poética, de reparación del agravio, pero el enjuague de Gianni Infantino, el último monaguillo fichado por Donald Trump, es un caso de desvergüenza mayúscula, de manipulación obscena de la competición, de argumentación grotesca en la interpretación del reglamento, de afrenta a todos los jugadores que cumplieron en el pasado las sanciones que les impusieron durante un Mundial. A partir de ahora, y mientras Infantino y su entorno sigan al frente de la FIFA y se pongan al teléfono cuando Trump les llame para que rectifiquen, será inevitable que la sombra de la sospecha, del trapicheo, se cierna sobre cualquier decisión que adopten, con independencia de su importancia y repercusión práctica.

El comunicado difundido por la FIFA para justificar la suspensión por un año de la sanción por un partido a Banoglu -a Trump le pareció injusta- es un compendio de cara dura, retorcimiento del reglamento y desfiguración de la realidad. Las reacciones de la UEFA para desacreditar el desafuero y de la federación belga como parte perjudicada -aunque la FIFA diga que no lo es- dignifican el deporte; al no atender a los agraviados, la organización ensucia el torneo, cruzado por intereses económicos de dimensiones inabarcables. Con el correlato final de que el bochorno podía habérselo ahorrado Infantino habida cuenta de la contundencia de la victoria de Bélgica, algo que ni siquiera Trump pudo evitar.

Ha perdido el fútbol de los grandes nombres una ocasión magnífica para reaccionar en el único sentido posible: denostar la injerencia de Trump e Infantino en el desarrollo de la competición. Entre la posibilidad de que las demás selecciones se plantaran -algo impensable- y no hacer nada cabía teóricamente el recurso a escenificar alguna forma de protesta que movilizase a todos los canales informativos y dejara retratados a los impulsores del atropello. Sin embargo, nada se hizo, nadie se mostró incomodado o sorprendido, o acaso escandalizado por lo sucedido. Todo quedó en una anécdota, quizá en un momento de confusión, pero nada fue más allá, silenciadas o contenidas las opiniones contrarias a la intromisión de la FIFA en mitad del campeonato por más que extramuros del fútbol se habló con razón de escándalo, de insólita interferencia de la política y de la prepotencia del presidente de Estados Unidos para saltarse las reglas del juego del Mundial.

Lo cierto es que la FIFA dejó de sorprender hace mucho tiempo, adaptada en todo y para todo a un principio tan simple como rentable: lo prioritario es hacer caja. La última ocurrencia es la pausa de hidratación, que se aplica incluso en los estadios climatizados, donde la susodicha pausa es innecesaria por razones obvias. En realidad, solo sirve para meter una tanda de publicidad en la retransmisión de los partidos, sea cual sea el clima en los estadios, con lo que, en la práctica, se ha modificado el reglamento sin necesidad de aprobarlo: los partidos en el Mundial tienen cuatro tiempos, cada pausa la ordena el árbitro a su criterio alrededor de los 22-23 minutos de cada parte -una discrecionalidad difícil de justificar-, con la consiguiente ruptura del ritmo competitivo, según los entendidos. Esto es, la pausa de hidratación no es más que una etiqueta encubridora de esa otra realidad, difícil de justificar a ojos de muchos espectadores, sometidos a un bombardeo publicitario permanente. A saber si tal cambio llegará a los demás campeonatos de cualquier rango y veremos pausas de hidratación metidas con calzador en enero -un suponer-, con los futbolistas jugando con guantes y leotardos.

En ese mundo de intereses creados es aún más preocupante el silencio o desintereses de la FIFA por las circunstancias que preceden a la celebración de un Mundial. Basta recordar la multiplicación de informaciones publicadas en todas partes sobre las condiciones de trabajo de los migrantes que participaron en la construcción de los estadios en Catar para el campeonato de 2022. Si algún movimiento de fiscalización o control hubo entonces, fue poco más que simbólico, y la FIFA se dio por satisfecha con la cifra de tres muertos por accidentes laborales en las obras. En 2021, el periódico The Guardian publicó que las muertes pudieron ser 6.500 desde que en 2010 fue concedido al emirato el Mundial de 2022. Finalmente, con la competición en marcha, Hasán al Thawadi, jefe máximo del Mundial, aceptó que entre 400 y 500 trabajadores extranjeros murieron “como resultado del trabajo realizado en proyectos relacionados con el torneo”. Y aquí paz y después gloria.

Así, pecará de inocencia absoluta quien se sorprenda del sometimiento de Gianni Infantino y compañía a los designios de Donald Trump. Es indispensable un saneamiento del marco de referencia moral de un campeonato que moviliza multitudes en todo el mundo para que importe tanto la viabilidad económica y la cuenta de resultados como las condiciones en que se desarrolla, para que no quepa poner en duda, como ahora, que es manifiestamente mejorable el respeto institucional por las normas, el comportamiento de los dirigentes y la aplicación de los reglamentos sin reservas y amiguismos. Y conviene hacerlo en este caso con celeridad y urgencia para no dejar abierta la puerta a una o varias intromisiones de la Casa Blanca en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, el verano de 2028, a meses de la elección presidencial y puede que requerido el candidato que apoye Trump a presentar triunfos patrios de todo tipo, por las buenas o mediante llamada telefónica. Visto lo visto y oído lo oído, toda desconfianza a priori está justificada.