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Opinión | OTAN
Andreu Claret

Andreu Claret

Periodista y escritor. Miembro del Comité editorial de EL PERIÓDICO

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¿De qué se ríe Rutte?

¿Qué le produce tanta gracia, en una cumbre que comenzó con Trump repartiendo leña?

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El secretari general de l'OTAN, Mark Rutte

El secretari general de l'OTAN, Mark Rutte / Michael Kappeler/dpa

Caras largas en Ankara. Podría ser el título de la crónica mundana de la última cumbre de la OTAN. Rostros severos. Movimientos lentos de unos líderes que parecen aguantar la respiración para evitar que un suspiro provoque un sobresalto. Incluso Erdogan, el anfitrión. Aunque en su caso se debe probablemente a un síndrome de hiperdivergencia, puesto que tiene razones sobradas para estar contento. Por fin podrá adquirir los anhelados F35. Para atacar a Grecia, otro miembro de la Alianza, si se tercia. O Israel, que ha puesto el grito en el cielo. En el cónclave solo hay un hombre que parece ser feliz. Mark Rutte, el secretario general de la OTAN, que sonríe en todas las instantáneas. Incluso ríe, cuando tiene cerca a Donald Trump. Como si reírle las gracias fuera en su sueldo. Mientras fue primer ministro de Holanda, le llamaban Teflon Mark. Ahora le llaman el Holandés Errante, en recuerdo de aquel legendario barco fantasma condenado a navegar eternamente por los océanos.

¿De qué se ríe Rutte? ¿Qué le produce tanta gracia, en una cumbre que comenzó con Trump repartiendo leña? A España, por supuesto, pero también a Francia, Alemania, el Reino Unido e Italia. A todos los grandes, por no haberse embarcado en la catástrofe de Irán. ¿Le produce risa que el presidente norteamericano haya vuelto a reclamar Groenlandia? ¿O qué hiciera un chiste obsceno sobre Giorgia Meloni? Nunca lo sabremos, porque Rutte ha demostrado algo que creíamos imposible: reír y poner cara de palo. Para él, reírse no es incompatible con masajear a Donald Trump. Es más, puede que esta sea la causa de su risa. La de un hombre convencido de su condición de amansador de fieras. Sin mí, esto se iría al garete. Desde luego, pensar así algo debe estimular el sistema límbico. Lo contrario sería para pegarse un tiro. Algo parecido le sucedía a Elon Musk. Hasta que Trump le cortó la risa. No va a ocurrirle a Rutte. De los 50.000 millones en armas acordados, más de la mitad serán fabricadas en Estados Unidos.

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