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Opinión | Mundial
Miqui Otero

Miqui Otero

Escritor

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Instrucciones para celebrar un gol en España

No es fácil explicar la selección española. El color de la camiseta, que suele unir de forma tan infantil como eficaz a países dramáticamente desmembrados, no funciona igual aquí

Lamine Yamal of Spain celebrates the victory during the FIFA World Cup 2026 Round Of 16 match between Portugal and Spain at Dallas Stadium on July 6, 2026 in Arlington, United States. AFP7 06/07/2026 ONLY FOR USE IN SPAIN. Jose Breton / AFP7 / Europa Press;sport;football;soccer;player;team;FIFA;World Cup;ZSPORT;ZSOCCER;Portugal;Spain;Portugal v Spain: Round of 16 - FIFA World Cup 2026

Lamine Yamal of Spain celebrates the victory during the FIFA World Cup 2026 Round Of 16 match between Portugal and Spain at Dallas Stadium on July 6, 2026 in Arlington, United States. AFP7 06/07/2026 ONLY FOR USE IN SPAIN. Jose Breton / AFP7 / Europa Press;sport;football;soccer;player;team;FIFA;World Cup;ZSPORT;ZSOCCER;Portugal;Spain;Portugal v Spain: Round of 16 - FIFA World Cup 2026 / AFP7 vía Europa Press / AFP7 vía Europa Press

Un par de minutos antes del pitido inicial, mientras abro una bolsa de ganchitos en la cocina, escucho una pregunta (¿retórica?) que llega desde el comedor: “¿Por qué es tan feo el himno de España?”. Me la hace a gritos mi hijo y vuelvo a caer en que las preguntas de los niños, siempre aparentemente sencillas, son las más difíciles de responder.

Le puedo refrescar el ciclo del agua o razonarle por qué en un partido de Qatar contra Suiza voy con el árbitro (“quiero que pierdan los dos”, le dije, e incluso le hablé de responsabilidad fiscal y neutralidad histórica). Sin embargo, no sé si puedo contarle por qué ese himno, que más que un himno es una marcha, no emociona como 'La Marsellesa' que creció en las tabernas (ni como 'In My Life', de los Beatles). Me da igual que se use desde el siglo XVIII, así que le digo una media verdad: “Es que es fea porque la impuso Franco, el enano maligno. Había uno mejor: el Himno de Riego”. El partido va a empezar en cinco segundos, así que ya le hablaré otro día del trienio liberal y la Segunda República. “¡Pónmelo en la pausa de hidratación!”, me reclama el crío, mientras calculo si en tres minutos le puedo presentar a cien mil hijos de San Luis.

No es fácil explicar España y, por tanto, no lo es explicar la selección española. El color de la camiseta, que suele unir de forma tan infantil como eficaz a países dramáticamente desmembrados, no funciona igual aquí. En otros lugares, la discusión es entre progresismo y conservación, entre derecha e izquierda, con subtramas como el papel de las nuevas migraciones en la identidad nacional. El caso español es más poliédrico y no se puede despachar en una pausa hidratante. Tiene que ver con la tradicional tensión entre lo liberal y lo reaccionario, pero también con la realidad plurinacional, el ansia de autodeterminación y el orgullo periférico frente a un centralismo radial y radical. Se dirimen, en una camiseta, cuestiones del pasado colonial, de la monarquía, de la enésima vida zombi del fascismo. Uno escucha viva España, en fin, y piensa en peinetas y en refugios antiaéreos. La izquierda se siente moralmente habilitada para animar señalando que por fin hay jugadores de orígenes africanos en el equipo (algo que otros países han vivido hace dos décadas), mientras la derecha solo no es racista mientras el equipo gana (y no siempre). La rivalidad entre Barça y Madrid sigue en semanas de Mundial por la sencilla razón de que en realidad su simbolismo va mucho más allá de la disputa entre dos clubes. Así, la selección suele ganar con un montón de jugadores catalanes (de nacimiento o adopción) y pocos del Madrid (que, trufado de 'expats', se autopercibe como el verdadero representante del Estado). No es ya que independentistas de Euskadi, Catalunya o Galicia no vayan con España, sino que hay madrileños o merengues que prefieren a Portugal o Brasil (y algunos querrían un Madrid independizado). En España se habla de las banderitas en las botas de los futbolistas o de si se besan el escudo tras marcar gol y no se les valora por su interpretación vocal del himno porque (recordemos) el himno, que es una marcha, ni siquiera tiene letra. O solo la tiene en clave de lo: lo-lo-lo.

Se suele hablar mucho de los catalanes que, a veces a su pesar, acaban celebrando los triunfos de la selección. Aducen que juegan muchos del Barça o que la segunda equipación blanca es estéticamente agraciada. Pero me parece también interesante ese otro catalán que tiene muy claro que va con España, aunque esta no podrá influir en su ánimo jamás tanto como lo hace el Barça. No pondrían una rojigualda en su balcón o su muñeca, pero tienen un amor conflictivo (y por tanto adulto y humano) por la selección, a veces porque su familia vino de otra región o porque les parece bonita su diversidad, opuesta a la imposición cerril y mesetaria.

Mi hijo, el de la pregunta del himno, quería una camiseta de Lamine, pero lo reconduje hacia la albiceleste de Messi para mantener perfil bajo en el cole. Al final, sí acepté comprarle una taza de desayuno de la selección en el Carrefour. Porque quizá lo bueno de la Selección no es que una a toda España, sino que explica como nada su complejidad. Mejor, claro, con disparos a puerta y postes espectaculares que con tiros en el Congreso o palos en las calles.

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