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Opinión | El Trasluz

Temperatura equivocada

Hay enfermedades que afectan a un órgano concreto; la fiebre, en cambio, afecta al modo en que el mundo encaja consigo mismo

Síntomas de fiebre.

Síntomas de fiebre. / Pexels

La versión onírica de la fiebre es peor que en la real. Soñé que tenía 39 grados y al despertar tardé unos segundos en averiguar en qué lado de la frontera me encontraba. La fiebre real eleva la temperatura del cuerpo; la soñada, la de la realidad. Todo parecía normal en el sueño y, sin embargo, algo estaba desplazado de su sitio la distancia exacta a partir de la cual el mundo empieza a dar miedo. Los termómetros de antes tenían una autoridad que han perdido los digitales. Había que agitarlos para que volvieran en sí. Luego se lo colocaba uno bajo la axila y aguardaba el veredicto mirando el techo. El mercurio trabajaba despacio, con la crueldad de un funcionario. Treinta y siete y medio todavía era negociable. Treinta y ocho ya implicaba cama. A partir de cierta cifra aparecían las persianas entornadas y aquella sensación de que el dormitorio se había separado del resto de la vivienda como una isla sanitaria.

En el sueño ocurría algo extraño: yo no sufría por la fiebre, sino por sus efectos sobre los objetos. Las arrugas de la sábana componían mapas militares. El vaso de agua adquiría un prestigio sobrenatural, como si contuviera una sustancia filosófica capaz de mantener unido el universo unas horas más. Un simple ruido de las tuberías sonaba como un mensaje cifrado.

Cuando éramos niños, la fiebre alteraba el tamaño de las cosas. El pasillo de casa me parecía interminable. La voz de mi madre llegaba desde muy lejos, aunque estuviera en la habitación contigua. El cuerpo devenía una especie de país extranjero en el que uno había despertado sin documentación. Quizá por eso seguimos asociando la fiebre con una experiencia metafísica más que médica. Hay enfermedades que afectan a un órgano concreto; la fiebre, en cambio, afecta al modo en que el mundo encaja consigo mismo. Desperté perfectamente sano, pero con la sospecha de que el sueño había dejado dentro de mí un pequeño residuo térmico, una febrícula mental capaz de sobrevivir varias horas durante la vigilia. Hay días en los que vivimos así: ligeramente febriles, interpretando la realidad desde una temperatura equivocada.

Fuente: La Nueva España