
Analista de riesgo geopolítico y director de Geopolitical Insights
¿La soledad internacional de España?
Una vez tras otra en la relación transatlántica, el país pone voz a un malestar más extendido de lo que se admite en público. Hablar primero no es estar solo
Trump dice que Meloni le rogó que se hicieran una foto juntos en el G7 y la italiana le replica: "Ni yo ni Italia suplicamos nunca"

El presidente de EEUU, Donald Trump, saluda al secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en el Despacho Oval de la Casa Blanca. / AARON SCHW / EUROPA PRESS
La semana pasada, en la antesala de la cumbre de Ankara del 7 y 8 de julio, Trump recibió al secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en la Casa Blanca y, otra vez más, aprovechó para repartir reproches: se declaró decepcionado con, adivinen…, España. Pero también con Italia, Francia, Alemania, Reino Unido y "la mayoría de ellos".
Esa crítica estadounidense compartida desmiente el relato que llevamos un año escuchando: el de la soledad internacional de España.
Como todo buen meme, este relato también tuvo su escena fundacional: en la anterior cumbre de la OTAN en La Haya, hace poco más de un año, los aliados sellaron el compromiso de elevar el gasto en Defensa al 5% del PIB para 2035 y Sánchez escenificó su rechazo a asumir esa cifra. La fotografía de familia, con España como excepción, se exhibió como certificado de nuestro aislamiento. El diagnóstico político rápido en medio de reproches cruzados era comprensible pero la conclusión, creo, era errónea: ese 5% era un trampantojo geopolítico que permite a Washington liberarse de sus compromisos de seguridad con Europa si no seguimos acríticamente su línea antiChina. Buena parte de quienes firmaron ese 5% compartían en privado la incomodidad que España expresó en voz alta.
Pero La Haya no es una excepción, sino una dinámica más profunda que aparece cada vez que se tensiona la relación transatlántica.
Ya en mayo de 2024 España reconoció el Estado palestino casi en solitario en Europa, entre acusaciones de ingenuidad; un año después lo hacían Reino Unido, Francia, Canadá y Australia, pese a presiones de Washington y Tel Aviv.
Más recientemente, en febrero y marzo de 2026, la crisis de Irán ha seguido el mismo guión: cuando Estados Unidos e Israel iniciaron la ofensiva, España fue la primera voz europea en decir "no a la guerra" y en negar sus bases para fines ajenos a la Carta de Naciones Unidas. Trump respondió de inmediato, llamándola "socio terrible" y amenazando con cortar el comercio. Pero, en las semanas siguientes, Meloni declaró que Italia no entraría en guerra, Macron descartó combatir, Merz dio un giro de 180 grados y se reconcilió con Sánchez en Bruselas y hasta el finés Stubb y el británico Starmer, atlantistas de manual, concluyeron que Irán "no es mi guerra".
Una vez tras otra en la relación transatlántica España pone voz a un malestar más extendido de lo que se admite en público. Hablar primero no es estar solo.
Y es que el fondo del asunto no es España, sino una mutación en la relación transatlántica que aún no todos hemos terminado de asimilar. Algunos llegaron a vaticinar que con Washington seríamos siempre familia. Pero, tras décadas de relación, quizá en 2018-2019 nuestros intereses estratégicos empezaron a divergir: el objetivo de Estados Unidos es contener a China; el nuestro, proteger el Mercado Único y estabilizar nuestra vecindad. Los poderes medios europeos navegan hoy entre Washington y Pekín y la única plataforma que garantiza su supervivencia se llama Unión Europea. La soberanía, conviene recordarlo, no se mide en porcentajes de gasto ni en cercanía al Despacho Oval, sino en la capacidad de decidir por uno mismo los términos del propio compromiso internacional. Con esa vara, España está lejos de estar sola.
De ahí que la pregunta del titular admita una respuesta serena. España no está sola: está, sencillamente, en el lugar donde Europa entera está llegando, unos antes (Madrid, París) y otros después (Berlín, Roma, Helsinki). Y la verdadera lección de este año no es que convenga hablar el último para no quedar expuesto, sino que la autonomía europea (decidir juntos, y a tiempo, los términos de nuestra propia seguridad) ha dejado de ser una aspiración para convertirse en la única póliza de seguro que de verdad protege.
Queda una pregunta que conviene formular sin rodeos: ¿de verdad cabe esperar que un cambio de signo político en Madrid mejore sustancialmente la relación con Washington? Mi opinión es que, muy probablemente, no. La italiana Meloni y el finés Stubb fueron de los líderes europeos más próximos a Trump y esa sintonía no los ha protegido: a la primera la humilló la semana pasada, asegurando que le había "suplicado" una foto en el G7; el segundo vio cómo su afinidad se evaporaba en cuanto sus intereses dejaron de coincidir con los de la Casa Blanca. No es cuestión de afinidad ideológica, sino de una divergencia estructural de intereses que ningún gobierno español, sea del color que sea, podrá revertir por sí solo.
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