
Doctor Ingeniero industrial y economista
La invasión sutil de los fondos de inversión (II)
La libre circulación de capitales sin mecanismos de regulación puede limitar la capacidad de los estados para definir y aplicar políticas públicas, especialmente en sectores estratégicos

Leonard Beard / 5
El pasado día 10 de mayo publiqué en este mismo diario un artículo titulado La invasión sutil de los fondos, en el que destacaba la fuerte penetración de fondos de inversión internacionales en muchas de las principales empresas españolas y advertía de los posibles efectos negativos sobre la economía del país. Tal y como apuntan autores como Thomas Piketty o Daron Acemoglu, la libre circulación de capitales sin mecanismos de regulación puede limitar la capacidad de los estados para definir y aplicar políticas públicas, especialmente en sectores estratégicos.
Hoy quisiera aterrizar este debate en tres casos concretos que ilustran cómo determinadas dinámicas financieras pueden afectar a sectores industriales avanzados y reducir su competitividad internacional. Evitaré referencias nominales y hablaré de las empresas A, B y C.
A era una empresa familiar fabricante de equipos de telecomunicaciones con una sólida trayectoria en I+D y una clara vocación exportadora. Durante años, invirtió de forma sostenida en tecnología propia y en talento altamente cualificado, lo que le permitió competir con actores globales. Sin embargo, tras la entrada de un fondo de capital privado o 'private equity' en su capital, la estrategia cambió significativamente: se redujeron las inversiones en investigación, se externalizaron áreas clave y se vendieron divisiones para generar liquidez. A corto plazo, los resultados financieros mejoraron, pero a los pocos años la empresa había perdido posicionamiento tecnológico y capacidad de innovación y los socios iniciales fueron excluidos de los órganos de dirección.
La empresa B se dedicaba a la inversión y la gestión de infraestructuras de telecomunicaciones, sector esencial para la competitividad digital del país. Inicialmente, su modelo combinaba rentabilidad con una visión estratégica de largo plazo, asegurando el despliegue de redes y servicios en distintos países europeos. Con la entrada de nuevos inversores tipo 'fondo activista' y la salida del núcleo inicial, se priorizó la rentabilidad inmediata: aumento de dividendos, venta de activos y reducción de costes operativos. Este giro supuso una menor capacidad de inversión futura y una pérdida de control sobre infraestructuras consideradas estratégicas. Salida del equipo directivo inicial y control total por parte de los representantes de los fondos.
Por último, la empresa C ofrecía servicios de consultoría tecnológica y desarrollo de aplicaciones digitales. Con una cultura orientada al conocimiento ya la innovación, había logrado consolidar una posición relevante en proyectos complejos tanto a nivel público como privado. La entrada de un fondo supuso una política agresiva de reducción de costes, con recortes de personal senior y una orientación hacia proyectos de menor valor añadido pero más rentables a corto plazo. El resultado fue una pérdida de talento y capacidad para competir en proyectos internacionales. Mismo final que en los dos casos anteriores.
La cuestión de fondo no es limitar la inversión internacional, que es necesaria, sino establecer marcos que hagan compatibles los intereses financieros con los productivos y sociales del país
Los tres casos comparten un patrón común. En una primera etapa, las empresas crecen con una visión industrial basada en la inversión y posicionamiento a largo plazo. Sin embargo, al incorporar fondos de inversión con estrategias a corto plazo, la empresa se transforma: se pasa de invertir a desinvertir, de construir capacidades a liquidar activos para maximizar la rentabilidad inmediata.
Esta lógica ha sido definida de forma gráfica por un amigo como "ir cortando el jamón": se van vendiendo partes de la empresa para repartir beneficios hasta que solo queda el hueso, momento en el que se venden los restos y se pasa al siguiente objetivo. En un contexto global de competencia tecnológica y geopolítica, los principales países están reforzando sus instrumentos de intervención para proteger a sectores estratégicos y garantizar su autonomía económica. Ignorar esta tendencia puede tener consecuencias nefastas.
La cuestión de fondo no es limitar la inversión internacional, que es necesaria, sino establecer marcos que hagan compatibles los intereses financieros con los productivos y sociales del país, protegiendo a los sectores industriales estratégicos de prácticas contrarias a la viabilidad futura de las empresas de estos sectores. Entre una estrategia industrial basada en la apuesta sostenida a largo plazo y una estrategia financiera en el rendimiento a corto y la minimización de riesgos es necesario fomentar la primera. Los fondos pueden ser un buen acompañante, pero nunca deberían poder controlar y decidir la estrategia de las empresas industriales.
En definitiva, el debate no está entre mercado o intervención, sino sobre qué tipo de economía queremos. Uno que priorice el beneficio inmediato o uno que sea capaz de generar valor sostenido, innovación y empleo de calidad.
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