Saltar al contenido principalSaltar al pie de página
Opinión | Ágora
Francisco Mira

Francisco Mira

Neurólogo. Director médico de MyBrain Barcelona. Especialista en demencia, alzhéimer y neuromodulación

Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

Más allá del laboratorio: lo que la neuromodulación puede aportar hoy a la vida real de la demencia

Estamos aprendiendo a mirar esta enfermedad como un proceso en el que se puede intervenir de forma más activa en el mundo real

Investigadores logran detectar indicios de alzheimer en una conversación de tan solo cuatro minutos

Un ensayo prueba la utilidad de un biomarcador en sangre para diagnosticar el alzhéimer

Un ensayo prueba la utilidad de un biomarcador en sangre para diagnosticar el alzhéimer

Durante años, hablar de demencia ha sido sinónimo de diagnóstico. Diagnosticar antes, diagnosticar mejor, identificar biomarcadores, detectar señales precoces. Y aunque todo eso era y sigue siendo imprescindible, en consulta, hay una pregunta que llega siempre antes que cualquier marcador: “¿Y ahora qué podemos hacer?”.

Esa pregunta ha empezado a cambiar el centro de gravedad de nuestra conversación clínica. Sin renunciar al rigor diagnóstico, estamos abriendo un espacio cada vez más relevante para el tratamiento farmacológico y no farmacológico; no solo para la cognición, sino para la calidad de vida; no solo para el paciente, sino para su entorno. Dicho de otro modo: estamos aprendiendo a mirar la demencia como un proceso en el que se puede intervenir de forma más activa en el mundo real.

En mi trabajo como neurólogo en MyBrain, hay una idea que ayuda a explicar por qué esta transición tiene sentido: la demencia es, en gran medida, un problema de redes. El cerebro no funciona como un conjunto de “piezas sueltas”, sino como una arquitectura de conexiones. Cuando la neurodegeneración altera nodos y circuitos clave, aparecen síntomas: fallos de memoria, dificultades de lenguaje, pérdida de iniciativa, cambios emocionales, alteraciones conductuales. Lo que vemos es la consecuencia final de una red que empieza a desorganizarse. Si aceptamos esa lógica de redes, entendemos por qué algunas intervenciones pueden tener efecto a pesar de no ser invasivas.

La neuromodulación busca precisamente eso: actuar sobre áreas concretas para influir en circuitos más amplios. En Europa contamos, fundamentalmente, con estas dos herramientas no invasivas: estimulación magnética transcraneal (TMS), que utiliza pulsos magnéticos para modular la actividad cerebral, y la estimulación eléctrica transcraneal (tDCS), que utiliza una corriente eléctrica de baja intensidad. Se trata de técnicas distintas que deben indicarse, protocolizarse y evaluarse con método, especialmente en un contexto tan sensible como el de la demencia. Por eso, cuando hablamos de potencial, conviene hablar también de evidencia real.

Aunque la neuromodulación se ha construido a partir de ensayos clínicos con poblaciones muy seleccionadas (pacientes 'limpios', con perfiles muy concretos y condiciones muy controladas), en consulta nos enfrentamos a un escenario diferente: personas con diagnósticos mixtos, comorbilidades, síntomas superpuestos y trayectorias vitales que no caben en un protocolo estándar.

En este contexto, lo más valioso es poder medir de forma objetiva y longitudinal, con escalas validadas. En la práctica clínica, cuando aplicamos neuromodulación en un entorno real y lo evaluamos con herramientas cognitivas y emocionales reconocidas, observamos patrones que merecen atención. Uno de esos patrones, especialmente relevante, tiene que ver con el tiempo. A menudo esperamos ver un cambio cognitivo rápido, como si el cerebro fuera un interruptor, pero la realidad clínica sugiere otra secuencia: primero puede mejorar el componente emocional, entre el primer y el tercer mes y, más tarde, a partir del cuarto o sexto mes, aparecer cambios en la esfera cognitiva. Esto no es un matiz menor. Cambia por completo la manera en que interpretamos algunos resultados negativos. Quizá no fallaba la técnica, quizá el seguimiento era demasiado corto o el tratamiento demasiado breve para capturar el efecto.

También hay otra idea que conviene poner sobre la mesa: la personalización. En un campo donde cada paciente es una combinación irrepetible de síntomas, historia y entorno, tratar “por diagnóstico” puede quedarse corto. En este sentido, preferimos tratar por síntoma clave: ¿predomina la apatía? ¿hay ansiedad o depresión? ¿qué ocurre con la atención o la fluidez verbal? La neuromodulación no invasiva abre una puerta interesante porque permite diseñar protocolos orientados a objetivos, con fases intensivas, etapas de ajuste y mantenimiento. No se trata solo de 'dar sesiones', sino de integrar una estrategia terapéutica en un plan clínico.

De hecho, en la práctica observamos que determinados perfiles podrían responder mejor, y que algunos indicadores emocionales pueden ayudar a predecir respuestas. Este es un terreno que requiere más investigación, pero plantea una línea clara: la esfera emocional no es un 'extra' en demencia, sino una palanca clínica de primer nivel. Y, cuando mejora, no solo mejora el paciente. Mejora el hogar. Cambia la convivencia. Disminuye la carga del cuidador. A veces, incluso se reduce la necesidad de medicación destinada a controlar síntomas conductuales. Todo eso es salud, en el sentido más completo de la palabra.

A pesar de todo, los datos del mundo real tienen limitaciones y no sustituyen a los ensayos clínicos, ni deben leerse como promesas de curación. Pero sí aportan algo que necesitamos con urgencia: conocimiento aplicable, señales útiles para tomar decisiones en consulta, preguntas mejor formuladas para futuras investigaciones y, sobre todo, una idea de fondo: en demencia, no basta con detectar. Hay que acompañar, intervenir y medir con el tiempo suficiente para comprender qué cambia y cuándo cambia.

Quizá el verdadero avance es este cambio de mentalidad: una combinación equilibrada del “antes” (diagnóstico precoz) y del “después” (tratamiento, seguimiento y vida real). Para que, cuando alguien te pregunta “¿qué podemos hacer?”, esa respuesta sea un plan.