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Opinión | Bloglobal

Albert Garrido

Albert Garrido

Periodista

Desgastes acumulados en la Casa Blanca

Cientos de ataúdes se acumulan en la morgue improvisada del puerto de La Guaira.

Lucía Feijoo Viera

1.La reconstrucción de Venezuela ha dejado de ser un concepto político y se ha convertido en una necesidad física acuciante, sepultados bajo los escombros del doble terremoto de La Guaira todos los planes de fututo que pudiera manejar la Casa Blanca, fiscalizadora ineludible del Gobierno de Delcy Rodríguez. La tragedia humana y la ruina extremas han dejado sin efecto el programa de explotación petrolífera y minera diseñado a partir de la irrupción de los marines el 3 de enero en los aposentos de Nicolás Maduro, obligan a afrontar un desafío colosal y parece que la solidaridad internacional y la movilización de recursos en Estados Unidos apenas pueden paliar los efectos a largo plazo de la catástrofe. La degradación del régimen chavista hasta cotas insospechadas ha quedado al descubierto en igual medida que las dimensiones del desafío que debe afrontar con el concurso de Estados Unidos; de nada dispone el Gobierno venezolano para atender a las necesidades más imperiosas y de nada vale el diseño de quienes en Washington desencadenaron la operación Venezuela.

Es seguro que dispone Estados Unidos de medios para domeñar a su voluntad el futuro venezolano, pero es asimismo seguro que si no atiende las necesidades más perentorias, contribuirá a agravar la crisis social hasta el paroxismo. La pretensión de María Corina Machado de sacar provecho político del drama y el silencio de Donald Trump ante los requerimientos de la nobel de la Paz son por demás significativos. Nunca estuvo el presidente dispuesto a abrir un proceso de reconstrucción o restitución efectiva de un régimen democrático en Venezuela y menos lo estará ahora, con la política de las emociones a flor de piel mientras prosigue el recuento de muertos, heridos y bienes fulminados por el terremoto. Al desembarco estadounidense de facto en Venezuela se ha sumado un factor anímico que obliga a replantear la reconstrucción en términos humanitarios antes que políticos y económicos; puede ser incalculable el precio y las consecuencias de no hacerlo así.

Como ha explicado en EL PERIÓDICO Abel Gilbert, la presidenta encargada ha dejado de ser “una simple administradora de la transición tutelada por Estados Unidos”, obligada a tomar decisiones en circunstancias extremas, con escasísimos medios a su alcance y muestras reiteradas de inoperancia de las instituciones. Las cifras aportadas por la ONU elevan la cuantía material de los daños a 6.700 millones de dólares, la deuda exterior alcanza los 240.000 millones y los fondos venezolanos congelados en el extranjero rondan los 6.000 millones. Esa realidad contable puede mejorar con la liberación de las ventas de petróleo por un periodo de tres meses, pero aun así todo parece insuficiente y en Estados Unidos se alzan voces contra el neoimperialismo de Trump -la doctrina Donroe- porque implica fajarse con una crisis que, incluso en el campo republicano, se observa como un elemento más de desgaste del presidente a cuatro meses de las elecciones de mitad de mandato.

2.La escritora Anne Applebaum sostiene en uno de sus últimos artículos: “La Casa Blanca está habitada por personas que no creen en las abstracciones que solemos celebrar el 4 de julio”. Se refiere a la bandera, al himno, a ceremonias que “nos recuerdan nuestros ideales fundacionales”. Tampoco creen en el entorno del presidente que la acción de los tribunales en causas que le atañen afecte a sus posibilidades en la cita electoral de noviembre, pero dos resoluciones de esta semana del Tribunal Supremo cambian tal percepción a juzgar por la reacción en tropel de los abogados de Trump.

El hecho es que un Tribunal Supremo de mayoría conservadora, articulado por Trump durante su primer mandato, lo ha encontrado culpable de abuso sexual en el probador de unos almacenes -debe indemnizar a la víctima, la escritora E. Jean Carroll, con cinco millones de dólares- y ha dejado sin efecto una orden ejecutiva que prohibía la ciudadanía estadounidense por nacimiento a los hijos de migrantes indocumentados y de algunos visitantes extranjeros temporales. El primer caso daña en grado sumo la imagen presidencial, particularmente entre las mujeres; el segundo pone de relieve la bravuconería de Trump al desafiar con una orden ejecutiva el cumplimiento de la 14ª enmienda (julio de 1868) que consagra el birthright citizenship.

Al acogerse sin mentarlo al concepto de ejecutivo unitario pretende el presidente relativizar todas las cautelas diseñadas por los padres fundadores y los 55 delegados de la convención de Filadelfia, que en 1787 redactaron la Constitución, consagrando un sistema de contrapesos (balance of power). Cuando el vicepresidente J.D. Vance aparece en la televisión y niega que la porfía de un medio pudiese hoy desbancar a un presidente -así sucedió con The Washington Post y Richard Nixon en 1974-, y aun salva la figura del implicado, no hace otra cosa que perseverar en la idea de un poder ejecutivo sin límites, en unos canales informativos bajo control… y en una manga ancha que violenta las normas más elementales de la decencia política. Anne Applebaum ve en todo ello el viejo debate sobre el presidente de todos o solo de una parte de los estadounidenses, y el no menos viejo sobre dónde radica el patriotismo y cómo se manifiesta en público. La escritora se adentra en un terreno muy del gusto de grandes segmentos de sociedad estadounidense y concluye que el ejercicio del patriotismo no depende de quién ocupa la Casa Blanca. Es un empeño transversal, por así decirlo.

Si es este uno de los ingredientes esenciales de la campaña de MAGA después del verano, si la pretensión es enmarcar el discurso de los candidatos en proclamas patrióticas para subrayar el fundamentalismo nacionalista de Donald Trump y su equipo, para soslayar la realidad de una economía gastada por la inflación, una guerra perdida y la figura presidencial ante los jueces, se abre un universo de incógnitas. La primera de las cuales es saber cuál es la erosión que ha sufrido el trumpismo desde noviembre de 2024 -el índice de aceptación de Trump oscila entre el 35% y el 37%-; la segunda es atisbar hasta qué punto el núcleo histórico del Partido Republicano está dispuesto a atenerse al discurso patriotero. Valgan como indicio las palabras de un exasesor republicano que estima que la cita de noviembre es muy peligrosa para el partido. Al menos, eso parece.