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Opinión | Modelo productivo
Guillem López Casasnovas

Guillem López Casasnovas

Catedrático de Economía (UPF). Exconsejero del Banco de España.

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Paradojas económicas en el mercado de trabajo

La competencia en costes empuja a buscar siempre a quién puede hacer la tarea cobrando menos. Una tendencia como esta desplaza a dos núcleos de población hacia la inactividad: los mayores de 50 años y los jóvenes

Seis de cada 10 mayores de 55 años emprenden "para ganarse la vida" ante un mercado laboral que les expulsa

Personas a las puertas de las oficinas públicas de empleo para tramitar sus prestaciones o realizar consultas.

Personas a las puertas de las oficinas públicas de empleo para tramitar sus prestaciones o realizar consultas. / Jordi Cotrina

Cuando en economía utilizamos ratios tenemos que estar muy seguros del propósito del indicador para aquello que estamos analizando. Es interesante observar a este respecto lo que pasa con las ratios de ocupación y de paro. Tres señales económicas llegan a la vez. Se crea mucha ocupación, ciertamente, pero a la vez faltan trabajadores, y se mantiene un número elevadísimo de parados. ¿Cómo puede ser todo a la vez?

Ocupación se crea, pero no de la buena (salarios bajos). Hacer crecer una actividad en volumen requiere más, ni que sea de lo mismo, y no necesariamente mejor. Si fuera más productiva, con menos volumen se podría lograr más bienestar. Pero para hacer volumen ‘todavía falta más población’. La competencia en costes empuja a buscar siempre a quien puede hacer la tarea cobrando menos. Una tendencia como esta desplaza a dos núcleos de población hacia la inactividad: los mayores de 50 años, que salen del mercado de trabajo y con los salarios vigentes les resulta muy poco atractivo volver al trabajo, y los jóvenes, que son los que peores contratos de entrada encuentran y con los salarios más bajos. Ambos hechos tienen efectos colaterales que se añaden, como el elevado absentismo de los jóvenes. Los contratos fijos discontinuos tan prevalentes por los empleadores erosionan las lealtades entre empresarios y trabajadores, por los dos lados: formar capital humano sin garantías de continuidad y aprendizaje profesional con escala retributiva que no compensa la prima de formación. Este último efecto hace aumentar la población inactiva, que no consta como parada porque ya ni busca trabajo. Se calculan unos 300.000 más en el Principado, a pesar de tener las mejores cifras de ocupación globales de la península.

A todo esto, posiblemente, no le son ajenos los efectos de las prestaciones de un Estado de bienestar que, con una deriva social determinada, diluye la diferencia entre salarios mínimos y prestaciones sociales diversas, en ausencia de ocupación. Esto puede estar haciendo que alguien piense si le merece la pena el esfuerzo de trabajar por aquel diferencial, a sabiendas, además, que las prestaciones son complementables en una economía informal bastante extendida, mientras no deje rastro en el derecho a meritar las prestaciones públicas. De entrada, observo para los jóvenes hasta 30 años que no trabajan ni estudian un conjunto de subsidios y bonos. En cuanto a las personas de más de 50 años (primero se exigían 55 como mínimo, ¡hoy ya solo 52!), que son un grupo creciente con más de la mitad de la población del país, se ofrece una prestación monetaria como parados de larga duración que no vuelven al mercado de trabajo, con una renta de sustitución creciente con las cargas familiares. Ayudas, además, compatibles con trabajos a tiempo parcial y con una prestación que permite acceder a la pensión futura en ausencia de cotizaciones propias.

En la medida que los salarios medios no han crecido bastante en un modelo de productividades bajas (¡aquí está el problema!), y los salarios mínimos interprofesionales no han hecho justicia a las realidades de cada territorio, los incentivos al trabajo se han diluido

No es extraño, por lo tanto, que, con el resto de cosas iguales, aumente año a año la desocupación de aquellos dos grupos, a la vez que las patronales nos recuerdan que no encuentran otros trabajadores que los inmigrantes llamados. Tan paradójico como que algunas alternativas integradoras de prestaciones, supuestamente mejor formuladas, no encuentran solicitudes de demandantes, que prefieren la miscelánea de pequeños beneficios acumulados de peor control (efecto 'non take up', en el caso de rentas mínimas de reinserción y de mínimo vital) y de más compleja evaluación.

Recapitulación: vamos por partes. Probablemente, nadie que tenga un buen trabajo bien retribuido prefiere estar parado que trabajar. La preocupación social, histórica, por los elevados niveles de paro hispanos ha impulsado todo lo que se ha podido el gasto social. Desde las diferentes administraciones ‘se ha hecho lo que se ha podido’. Y de una manera relativamente poco ordenada, casi caótica, la red de protección social permite comportamientos oportunistas. Posiblemente, fuerza hoy a una reordenación informática que aumente el 'gap' de acceso a las prestaciones, que juega en contra de la población menos 'culturalizada', que suele ser la más necesitada. No es mucho lo que se ha hecho en gasto social, pero en la medida que los salarios medios no han crecido bastante en un modelo de productividades bajas (¡aquí está el problema!) y los salarios mínimos interprofesionales no han hecho justicia a las realidades de cada territorio, los incentivos al trabajo se han diluido. La pérdida de masa muscular de la economía se ha visto compensada por el trabajo de los recién llegados, que aceptan las retribuciones vigentes y trasladan y agravan el problema hacia el futuro.

La visión general aquí descrita admite matices, pero no cambia demasiado el análisis global.

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