
Catedrático de la UAB y expresidente de la Corporación de Radio y Televisión Española
Las servidumbres voluntarias que debilitan la democracia
En el fondo, todo consiste en renunciar a la libertad de pensar y someterse al designio del Uno

Binyamín Netanyahu y Donald Trump, en una reunión en el Despacho Oval el pasado 29 de septiembre. / AVI OHAYON / DPA / EUROPA PRESS
Hace exactamente 450 años (1576) se publicó un opúsculo que todavía conserva una vigencia inquietante: 'Discurso de la servidumbre voluntaria', de Étienne de La Boétie —subtitulado: 'Contra el Uno'—. Su autor, de apenas veinte años, planteó una pregunta que nunca antes se había formulado tan directamente: ¿por qué obedecemos? No se planteó cómo el poderoso se impone, sino por qué nos sometemos a él por propia voluntad. Es la diferencia entre ser víctimas del poder o cómplices de él. Entre que nos encierren en una jaula, o que seamos nosotros mismos los que nos encerremos en ella pensando que nos protege.
La Boétie no era un revolucionario, al menos no en el sentido que damos hoy a esa palabra; era humanista, amigo de Montaigne, y jurista de vocación. Pero tenía ojos y sensibilidad social, y lo que veía le perturbaba: el tirano, el Uno, no se sostiene nunca por su propia fuerza sino porque se apoya en una red de pequeñas y grandes servidumbres, de complicidades muy bien pagadas, de funcionarios y ciudadanos que, temiendo quedarse sin nada, prefieren estar a su lado. Su tesis era clara: el Uno no tiene más fuerza que la que le damos nosotros. Retirado nuestro consentimiento, su poder se derrumba como un coloso sin base. Acaba la mixtificación y se pierde la fascinación que ejercía.
Cuatro siglos después, el problema sigue siendo parecido. No vivimos en tiranías clásicas, pero en nuestras democracias perviven modalidades de servidumbre que apenas se han actualizado. Son la del 'hooligan' político, que justifica su inmovilidad mental viendo conspiraciones por todas partes. La del militante, que chilla contra la corrupción del campo contrario y calla la del propio. La del tertuliano, que siempre reacciona con el mismo argumentario en cualquier circunstancia. La del intelectual orgánico, que denigra lo que no coincide con su credo. O la del ciudadano, que prefiere mirar a otro lado cuando algo le perturba.
En el fondo, todo consiste en renunciar a la libertad de pensar y someterse al designio del Uno.
No parece que nos hayamos zafado de esta servidumbre. Y en ello —y no en el posible asalto de un totalitarismo exterior— reside la verdadera fragilidad de nuestras democracias. Porque nos hemos acostumbrado a renunciar a nuestro sentido crítico, y a pensar con libertad.
La política contemporánea no ha inventado estas servidumbres, pero las cultiva con eficacia en sociedades cada vez más polarizadas y mediatizadas. Europa y Occidente padecen este virus contagioso y transversal. No hay que mirar solo a un lado del espectro. Tanto la derecha extrema —Le Pen, Abascal, Trump, Netanyahu y algunos nacionalismos irredentos— como ciertos populismos de izquierda —por ejemplo, Maduro, Delcy Rodríguez y Evo Morales en América Latina— comparten la misma sintaxis: se acepta que sólo el Líder sabe lo que el pueblo quiere; que la disidencia es una traición; y que los adversarios son los auténticos enemigos. Pueden variar las caras y las latitudes, pero la arquitectura de la sumisión, no.
El politólogo Claude Lefort lo advirtió: la democracia exige que quien ocupa el poder esté dispuesto a cederlo cuando corresponda y que el ciudadano participe. Pero eso es justo lo que casi ningún populismo tolera, ni dentro de los partidos ni en la esfera pública, ni en el gobierno ni en el Estado. Para ellos, la receta es siempre la misma: aniquilar la duda y potenciar el fanatismo.
¿Qué proponía La Boétie para salir de la trampa de la sumisión voluntaria? No un programa político, sino algo más sencillo y exigente: avanzar al unísono en la igualdad y en la fraternidad. Igualdad, porque asegura las libertades de todos. Y fraternidad, porque promueve relaciones horizontales y recíprocas. Solo avanzando en estas líneas se consolidan las democracias. Mientras los liderazgos abusivos prefieren sociedades divididas, las democracias exigen solidaridad. Y mientras aquellos buscan individuos dóciles, las democracias necesitan personas críticas.
No hay ideal más humano y, a la vez, más subversivo que ese. Como tampoco hay mejor vacuna contra la servidumbre voluntaria y la antidemocracia que negarse a sacrificar la libertad de pensamiento a la prepotencia del Uno.
Hace 450 años, La Boétie nos dejó planteada la pregunta. Hoy, sin embargo, cada uno de nosotros y entre todos, preferimos no responderla, y permanecer en la blanda servidumbre del silencio crítico.
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