
Presidente del Comité Editorial de EL PERIÓDICO
La historia de Zapatero y Sánchez: ¿es posible una sustitución en el PSOE?

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En mayo del 2011, Alfredo Pérez Rubalcaba sustituyó a José Luis Rodríguez Zapatero, entonces presidente del Gobierno, como candidato a la presidencia del Gobierno por el PSOE. Fue poco después de un batacazo del partido en las elecciones municipales y autonómicas. Se argumentó en aquel momento por parte de los dos afectados que el entonces presidente estaba «quemado» por los recortes que tuvo que realizar para evitar que España fuera intervenida por los hombres de negro. La pregunta es: ¿estaba más quemado Zapatero de lo que ahora lo está Pedro Sánchez? La respuesta es interesante no para los adversarios del PSOE sino para la militancia y los cuadros de uno de los partidos con más historia de España. En aquel contexto, Zapatero tenía una mayoría parlamentaria precaria (de hecho el PP de Rajoy le dejó tirado con la tijera que pedía Europa y fue Duran Lleida quien le salvó). La situación económica era desastrosa (en muy buena medida porque dos años antes acudió a las urnas negando la crisis del ladrillo y la necesidad de intervenir, un poco al estilo de Sánchez con la amnistía), pero no le acechaban casos significativos de corrupción, ni en su gobierno ni en su entorno personal. Y pese a los malos resultados, los socialistas retenían un poder municipal y autonómico que ahora no tienen. ¿Por qué ahora la hipótesis de una sustitución de este tipo produce tanta extrañeza? El mismísimo Sánchez se permite reírse a carcajadas cuando el Congreso vota en ese sentido.
El PSOE, desaparecido
En primer lugar, para muchos militantes socialistas de base, y algunos cuadros afectos a su persona, Sánchez sigue siendo el mejor activo electoral que tienen al que avala su trayectoria desde que alejó el sorpasso de Podemos hasta el resultado del 2023 que le permitió formar el actual gobierno. En segundo lugar, porque el PSOE no existe. Sánchez, de acuerdo con el espíritu de este tiempo digital, ejerce un hiperliderazgo que no solo es comunicativo. También es organizativo. Todo pasa por sus manos, especialmente tras el fiasco de sus dos secretarios de organización. Se ha visto esta misma semana cuando la pujante Emma López, una de las pocas voces reconocibles del PSOE actual, ha anunciado su intención de presentar alternativa a la mortecina candidatura de Reyes Maroto en el ayuntamiento de Madrid. Fuentes socialistas han expresado su «extrañeza». Eso es porque nadie, excepto Emiliano García Page que ha hecho de ello su principal activo político, se atreve a cuestionar, por ejemplo, que no ofrezca explicaciones de sus relaciones con Ábalos y Cerdán, ni siquiera en los órganos de dirección del partido como se vio este sábado en el comité federal. La mayoría de barones territoriales son exministros de su confianza que le deben lealtad y que sufren en silencio la contradicción de no poder cuestionar a quien les ha colocado donde están. que en muchos de los casos es una vía políticamente muerta. La principal quiebra de confianza en un caso como el de Ábalos es entre Sánchez y la militancia del PSOE. Y eso no se puede arreglar solo alentando la polarización con Vox y el PP. Si no existieran, el problema sería el mismo. Fueron Ábalos, Koldo y Cerdán, las correas de transmisión de la dirección del partido que durante años pusieron y quitaron candidatos, cuadros y cargos. Y lo que la sentencia demuestra es que no lo hicieron pensando en el bien del partido sino en su capacidad de controlar un gasto que luego desviaban. Y Sánchez, incluso en el caso de que no supiera nada, se benefició de ese control para consolidar su hiperliderazgo. Y de eso, no del presunto acoso de la derecha judicial, sí que debe rendir cuentas ante su militancia.
Un partido sin banquillo
Y sin partido no hay banquillo. O no se visibiliza. Porque cuadros sí que tiene el PSOE, algunos inexplicablemente ausentes como Ximo Puig o Miquel Iceta; otros inexplicablemente apartados como Adriana Lastra; y otros explicablemente metidos en otros proyectos que ahora son prioritarios como es el caso de Salvador Illa. La victoria de Sánchez en las primarias del 2017 contra toda la vieja guardia del PSOE le permitió ganar la autoridad moral y el poder interno suficiente (gracias al control férreo de Ábalos) para prescindir de cualquier dirigente sin tener la menor oposición. Se deshizo de la vieja guardia, pero también de todo aquel que no se plegó a sus designios y, sobre todo, a sus volantazos ideológicos. Por eso, a pesar de que su capital político está mucho más menguado que el de Zapatero en el 2011, nadie contempla la hipótesis de sustituirlo antes de las próximas elecciones, sean cuando sean. Esa es la diferencia.
La izquierda necesita que resucite el PSOE porque la sensación de ocaso de Sánchez empieza a ser generalizada. Pero también lo necesita la salud democrática española que debe reconocer a Sánchez lo que ha hecho en Catalunya pero que no puede prescindir de su partido.
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