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Opinión | Pantallas e inteligencia artificial

Agnès Marquès

Agnès Marquès

Periodista

Barcelona

¿Ver para creer?

El reto de la próxima generación será aprender a mirar sabiendo que los ojos ya no certifican nada, pero sin permitir que esa sospecha les haga perder el espíritu crítico

Nuestro cerebro arma el lenguaje cotidiano de la misma forma que lo hace la Inteligencia Artificial.

Nuestro cerebro arma el lenguaje cotidiano de la misma forma que lo hace la Inteligencia Artificial. / Universidad de Michigan.

Siempre hemos aplicado aquello de 'ver para creer', como si los ojos fueran el último tribunal de la verdad. "Lo he visto con mis propios ojos", hemos dicho tantas veces, como si el testimonio ocular fuera definitivo porque aquello que ha pasado por los ojos ya es realidad.

Lo era. A veces, con mi hija, hacemos cinco minutos de 'scroll' de vídeos de animales. Gatitos que se entienden con perros que salvan a niños de un atropello, monos con expresión humana y cachorros de felinos peligrosos que te llevarías a casa. Hemos decidido dejar de hacerlo por la sensación creciente de que muchos no son reales, sino hechos con inteligencia artificial. Veo en ella la desilusión cuando dice "esto es IA", cuando lo es, y aún más cuando le digo: "No, este es real". No sé si la tranquilizo o si le complico la mirada.

En sus ojos entreveo un problema profundo. ¿La sospecha ante absolutamente todo nos hace dejar de reaccionar también ante todo? La mirada crítica nos ha parecido siempre un atributo de las personas inteligentes. Pero si damos un paso más y nos sentimos tan desconfiados que ya no creemos nada, ¿nos movilizaremos alguna vez? Vemos una guerra en Instagram, X o TikTok y alguien dice que aquel vídeo está manipulado. Tú no sabes verlo, pero ya dudas. Vemos a un niño sucio y herido caminando por calles destrozadas de Gaza y, antes de conmovernos del todo, buscamos el truco. Por si acaso, dejamos de compartirlo. Necesitamos espíritu crítico, pero no queremos formar parte de un engaño. Sería ingenuo defender el regreso a una confianza infantil en todo lo que circula por las pantallas. Pero también sería peligroso confundir la lucidez con la incapacidad de creer en nada.

¿La sospecha permanente puede hacernos más inofensivos? Si todo puede ser falso, nada nos obliga. Si todo puede ser un montaje, nada nos compromete. Si toda imagen es discutible, toda emoción queda en suspenso. Y así, mientras intentamos no ser engañados, quizá renunciemos a una parte esencial de la vida colectiva como es la capacidad de conmovernos y de indignarnos. Entre la ingenuidad y el cinismo tiene que haber algún lugar habitable. Quizá tendrá que inventarlo la generación de nuestros hijos, que ya no podrá ir por el mundo acreditando que lo ha visto y que se lo cree. Su reto será aprender a mirar sabiendo que los ojos ya no certifican nada, pero sin permitir que esa sospecha los deje ciegos

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