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Opinión | 610,8 km
Martí Saballs Pons

Martí Saballs Pons

Director de Información Económica de Prensa Ibérica.

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Sánchez no admite adivinanzas

¿Por qué aún no ha dimitido el presidente del Gobierno? Solo se entiende su valorada capacidad de resistencia por una peculiar manera de entender el poder y la justicia

El Congreso exige a Sánchez someterse a una cuestión de confianza con los votos de PP, Vox y Junts

El president del Govern, Pedro Sánchez, ahir a les portes del Congrés. | JESÚS HELLÍN / EUROPA PRESS

El president del Govern, Pedro Sánchez, ahir a les portes del Congrés. | JESÚS HELLÍN / EUROPA PRESS

“La dignidad de las funciones de primer ministro no es compatible con ninguna sospecha sobre su integridad y buena conducta…”. El 7 de noviembre de 2023, el primer ministro portugués, António Costa, dimitía de su cargo tras las investigaciones de corrupción que afectaban a su gobierno y esas eran sus declaraciones. Su jefe de gabinete, Vitor Escária, fue detenido. Posteriormente, puesto en libertad, no ha podido probarse su culpabilidad. Costa es hoy presidente del Consejo Europeo de la UE, una de las patas del entramado burocrático e institucional de nuestra Europa que sirve para colocar a elefantes de la política nacional.

No solo en Portugal. En el Reino Unido, país donde los primeros ministros duran hoy menos que un recambio de fregona, la historia demuestra que cualquier atisbo de duda sobre la dignidad de un gobernante sirve para echarlo a la calle, empezando porque la revolución empieza en el partido político al que pertenece el líder. Austria, Croacia, Malta, Irlanda, República Checa, Eslovaquia o Letonia son algunos de los países donde los jefes de Gobierno han decidido dimitir por sospechas diversas que perjudicaban la gobernabilidad y la imagen del gobierno y el país.

España vuelve a ser distinta. Mariano Rajoy tampoco se fue. Una mayoría parlamentaria lo cesó. ¿Por qué aún no ha dimitido Pedro Sánchez? Solo se entiende su valorada capacidad de resistencia por una peculiar manera de entender el poder y la justicia. Ni siquiera el argumento de que “no se enteraba de nada” le sirve para reconocer su frágil posición, ya vilipendiada incluso por sus, aún, apoyos en la izquierda extrema y el independentismo vascocatalán.

El presidente del Gobierno piensa que juega con varios ases que pueden favorecerlo a medio plazo, a medida que despeje el temporal Ábalos y compañía. A su posicionamiento como líder contra la ola ultraderechista que puede limitar los derechos sociales y la dignidad de los migrantes; el buen comportamiento de la economía española, que sigue manteniendo el liderazgo del crecimiento en la UE y que le sirve para merecer el reconocimiento de la opinión publicada internacional. Por eso, su objetivo declarado de presentar unos Presupuestos Generales del Estado (PGE) que puedan ser finalmente aprobados.

Resulta fútil jugar a las adivinanzas con Pedro Sánchez y su ego. Solo él sabe el límite de su poder y paciencia. Solo él sabe el efecto que sus decisiones tendrán en el futuro próximo del PSOE, que se dirige raudo hacia el abismo electoral de las elecciones municipales y autonómicas de 2027.

España no puede permitirse un PSOE en estado de descomposición; tampoco se puede permitir que entre los ciudadanos crezca la sensación de que el país puede funcionar de maravilla sin necesidad de que la Moncloa o el Congreso de los Diputados hagan sus deberes legislativos, pensando que ya nos basta con los motores que sí funcionan en las comunidades autónomas y los gobiernos municipales. Pedro Sánchez no es António Costa. Maneras distintas de entender la dignidad de la política y las ambiciones.

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